Pilar Salcedo Jiménez
Desde niña encontró en los colores una forma de entender el mundo. Hoy, a sus 22 años, Sofía une el arte y el ambientalismo para retratar aves, enseñar sobre el territorio y sembrar conciencia ecológica.
Sofía Mesa Murillo encontró desde niña una forma de mirar el mundo distinta, en su natal La Virginia,donde el calor se mezcla con el verde del paisaje y el canto de las aves acompaña la cotidianidad.
Hoy, con apenas 22 años, sus pinceles no solo retratan pájaros: cuentan historias de territorio, conciencia ambiental y amor por la vida que habita en silencio.

Desde los seis o siete años, cuando en la escuela comenzó a descubrir los colores y sus combinaciones, la pintura se volvió parte natural de su vida.
Mandalas, cuadernos llenos de dibujos y, más adelante, encargos de compañeros que le pedían ayuda con trabajos de artística marcaron ese camino inicial. Hoy, sus obras se distribuyen a nivel nacional.
Estudió en el Liceo Gabriela Mistral de La Virginia, un lugar donde su talento no solo fue reconocido, sino alentado: allí dejó huella con murales que aún permanecen, uno de ellos realizado durante el Festival Nacional de Muralismo en 2023.

Aunque el arte siempre estuvo presente, hace cinco años su obra tomó un rumbo más claro: la fauna y la flora se convirtieron en protagonistas.
Como líder ambiental, Sofía empezó a recorrer el territorio, a observar con detenimiento los colores de las aves, especialmente de los machos, cuyas plumas vivas y llamativas despertaron su curiosidad.
Primero fueron bocetos rápidos en una libreta, hechos con lapicero; luego, el salto a los cuadros. El barranquero —Momotus momota— fue uno de los primeros en quedar plasmado, un ave cercana, propia del paisaje cafetero, que terminó de sellar la unión entre sus dos pasiones.

“Esa simbiosis entre arte y ambiente no fue inmediata ni fácil. Muchas veces me dijeron que debía escoger: o el arte o el trabajo ambiental”, cuenta Sofía.
Pero decidió no renunciar a ninguno. Mientras avanza en su licenciatura en Artes Visuales, encontró la manera de convertir sus pinturas en herramientas de pedagogía: cada obra viene acompañada de información sobre la especie retratada, su comportamiento, su hábitat, su importancia. Pintar, para ella, también es enseñar.
Sus materiales hablan de coherencia con su discurso. Trabaja principalmente con acrílico sobre madera MDF reciclada, piezas que antes eran desechos de talleres y hoy se transforman en portavasos, cuadros y objetos con nueva vida. Así, incluso el soporte de sus obras se convierte en un mensaje ambiental.
Aunque las aves son recurrentes, Sofía no se limita. Ha pintado desde palomas y azulejos —esas especies comunes que muchos pasan por alto— hasta medusas, siempre a partir del gusto de quien se acerca a su trabajo. Para ella, también lo cotidiano merece ser valorado y protegido.
Libélulas de la SerraníaEse compromiso se extiende a su labor colectiva. Hace parte de la Red de Jóvenes de Ambiente de Risaralda, un voluntariado que recorre municipios como Pereira, Dosquebradas, La Virginia, Apía, Balboa y Marsella, promoviendo el cuidado del territorio a través de charlas, salidas pedagógicas y talleres. Allí creó el semillero “Libélulas de la Serranía”, un espacio donde niños y jóvenes aprenden a conocer la flora, preservarla y transformarla en arte.
“Todo se hace de manera voluntaria, sin grandes recursos, con rifas, ventas y esfuerzo propio. Pero también con la convicción de que el cambio empieza en lo pequeño: en una pintura, en una charla, en la mirada atenta a un ave que cruza el cielo”, afirma.
Sofía sigue pintando pájaros, pero también conciencia. Porque en cada trazo hay una invitación a cuidar lo que somos y el territorio que habitamos. Usted puede conocer más de su obra en: @colores_deleje
Dato de interés
Sofía utiliza la pintura como una forma de educar y sensibilizar sobre la fauna y la flora del territorio, especialmente las aves del paisaje cafetero.



