Gilberto Trujillo
En esta maraña que es nuestro Estatuto Tributario se puede afirmar que no hay contabilidad perfecta. Cosotas, cosas y cositas se entremezclan para crear una “tormenta perfecta” en la que siempre la DIAN intenta imponer su posición dominante. En un ejemplo de actualidad, basta ver la discusión entre dicha entidad y Reficar por un IVA que asciende a la bobada de 17.000 millones de pesos. Y si eso pasa por allá, imagínense lo que pasa por acá. En columnas pasadas comenté que el ente fiscalizador estaba cerrando el círculo, y parece que ya lo cerró. Tal afirmación tiene asidero en los oficios que les están llegando a los contribuyentes para que comprueben sus costos y deducciones declarados en la medida que el MUISCA está cruzando la facturación electrónica, las nóminas electrónicas y los documentos soporte entre sus bases de datos y lo antes dicho. Aquellas épocas en que los contadores llevaban ocho o diez contabilidades se acabaron. Ahora, escasamente pueden con dos o tres, no solo por lo expresado, sino por la aplicación de las famosas NIIF que son tremendo camello. Muchas empresas menosprecian la labor de estos profesionales y no alcanzan a entender la magnitud de sus responsabilidades; algunos gerentes, incluso -cuando se les presentan los estados financieros y el resultado del impuesto a pagar- los tildan de “empleados de la DIAN” trato despreciable que cambia 1800 cuando les llega el comunicado arriba citado; y ahí, sí, lloremos juntos y ayúdeme, mi doctor. La política tradicional era ir revisando las declaraciones próximas a vencerse, pero, bajo los nuevos lineamientos, se exigen información y pruebas de las presentadas el año pasado. Un nuevo desgaste administrativo para los contribuyentes, pero al fin y al cabo son las atribuciones de ella. Si se cae la Emergencia Económica, pues peor lo que se nos viene. Y a todas estas … ¿Dónde está “Papá Pitufo”?

