Por Andrés García
Debo comenzar diciendo que hace mucho no veo televisión. Mi adicción a los libros y a los podcast por YouTube, donde autores, protagonistas de la historia, hombres y mujeres que han influido en el curso de la humanidad, me tientan permanentemente y – por tanto – mi interés por este medio audiovisual ha cedido terreno. Ahora bien, cuando enciendo mi televisor en casa, en tanto carga el internet y me presto a buscar la entrevista o conferencia de mi apetencia, indefectiblemente la señal de uno de los canales nacionales transmite en ese momento un reality donde – al parecer – se reúnen personas reconocidas, bajo un lente que los observa y graba las 24 horas del día.
Contra mi voluntad es imposible no ver y escuchar – durante esos eternos minutos que transcurren en tanto la señal que busco llega – lo que allí sucede y peor aún lo que sus participantes se dicen entre sí. Primero, honestamente, no encuentro qué los hace famosos. A ninguno lo conozco y si soy honesto no me interesaría conocer, luego de escuchar esa sarta de improperios que la mayoría se profesan durante la mal denominada convivencia que se promueve. No sé si es así todo el tiempo. Insisto, no veo el programa pero cada vez que enciendo mi televisor para buscar en internet el contenido de mi interés, me encuentro con un enfrentamiento permanente entre sus protagonistas, lo cuál me lleva a preguntarme ¿Qué están viendo los colombianos, qué están viendo nuestros jóvenes y adolescentes, cuál es el modelo de país que estamos promoviendo, construyendo o, peor aún, deconstruyendo?
Pareciese que el rating lo justificase todo. Un joven o una joven envalentonados, cuyo único mérito es lucir bien físicamente, completamente ácrata, profiere descalificativos en forma continua frente a su compañero (a) de al lado, en razón a su manera de pensar, actuar, género, color de piel u orientación sexual. Con sorna, socarronería y mordacidad, el ambiente en el estudio se agita y la conclusión es una pantomima que raya con el absurdo, la provocación, el irrespeto, la vulgaridad escénica, la ostentosidad como modelo, lo superfluo como mecanismo y la banalidad como resultado.
Los medios de comunicación deberían cumplir una labor pedagógica y que mejor que hacerlo con entretenimiento de calidad. Muchas producciones colombianas nos enseñaron a conocer nuestro país, nos entretuvieron y nos formaron sin la necesidad de promover la burla como mecanismo de integración social. Promover la idiotez es alimentar esa otra nación sedienta de contenido virulento, ponzoñoso, moldeador de pensamiento, dictaminador de patrones de conducta que infortunadamente luego se ven reflejados en los círculos más próximos como los colegios, lugares de trabajo, la calle. ¿No es acaso lo que diariamente observamos en todas las esferas, una agresión absurda de unos con otros?
Alguien dirá: “Esa es nuestra sociedad y el medio solo refleja la realidad”. Yo le respondo: “Esa es la sociedad que estamos creando a partir de modelos de barro socarrones, donde lo facilista, lo chabacano y lo superfluo se impone y difunde como ejemplo”. “La televisión moldea nuestra percepción y comportamiento”, Marshall McLuhan. Secretario de Cultura de Risaralda.


La acracia, más allá o más acá de la anarquía, asusta sólo a incautos. Por otra parte, en esta columna, por cualquier motivo se cita la orientación sexual; no se sabe el porqué.