Así se llama una película de 1.983 dirigida por Nicholas Meyer que narra lo ocurrido en una pequeña ciudad de Estados Unidos el día después de un ataque nuclear. Solo hay desesperanza y caos. Sobre las guerras se ha escrito mucho, pero sobre la reconstrucción muy poco y por eso no se discute sobre la necesidad de reajustar los valores que soportan las sociedades o, en el mejor de los casos, de suspenderlos para recomponer el tejido social destruido por la violencia. Cuando se revisa el “día después” con fundamento en los hechos históricos en vez recurrir a teorías morales es posible entender lo que está pasando en Venezuela o porqué en Colombia tenemos un guerrillero como presidente. Allí los secuestradores, violadores y saqueadores están dando lecciones de moral y son los encargados de la restauración de la democracia. Eso, que no sería entendible bajo parámetros legales y morales diseñados para situaciones normales, lo es y siempre lo ha sido al final de los conflictos donde todo se relativiza. Sin un poco de amnesia Francia no habría soportado la vergüenza de su papel en la segunda guerra mundial, Alemania no sería el faro económico de Europa, ni Europa estaría dando lecciones de derechos humanos a los Africanos. Uno puede protestar contra el relativismo moral en tiempos normales, pero en épocas de crisis lo único que importa es sobrevivir. Por aquí le dicen a eso “tragar sapos” y es lo que toca cuando debamos escoger por quién votar.
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