Un encuentro que podría generar más que chispas

Por Julián Cárdenas Correa

 

En pocos días, Gustavo Petro se reunirá con Donald Trump. El encuentro promete chispas, no solo por el contraste ideológico entre ambos, sino por el temperamento explosivo que comparten. Pero más allá del anecdotario y de la gesticulación política, la pregunta de fondo es otra: ¿cómo se enfrenta a un líder como Trump sin terminar humillado?

Muchos tenemos en la memoria el encuentro Trump-Volodímir Zelenski, el cual fue más que tensionante y terminó siendo, más que desencuentro diplomático, un intento de humillación política por parte de Trump.

Ahora bien. La reunión Petro-Trump también promete posible intento de sometimiento y, seguramente, posiciones defensivas que pueden desembocar en hostilidad…extrema para el país.

Francis Fukuyama, liberal clásico, crítico del autoritarismo y poco sospechoso de simpatías trumpistas, lo dijo con una franqueza brutal hace pocos días: “Trump es un matón que quiere dominar a todos a su alrededor. Intentar apaciguarlo con concesiones es una tontería. Él desprecia la debilidad.” Y remató, dirigiéndose a Europa: “No retrocedan. Halagar a Trump ha fracasado y debe terminar.”

El mensaje no es menor. Fukuyama no habla desde la derecha populista ni desde la izquierda antiamericana. Habla desde el realismo político. Y ese realismo debería ser leído con atención en la Casa de Nariño.

Si el mensaje o la sugerencia de Fukuyama es del tipo de consejos que le llegan a Petro, ¿esto envalentonará al colombiano y la reunión podría terminar en un desencuentro con consecuencias hostiles para el futuro inmediato de Colombia? No es poco lo que estará en juego en esos minutos…y para rematar ¡con traductor¡

Trump no negocia como estadista; negocia como depredador. Identifica rápidamente quién necesita la foto, quién busca legitimidad, quién llega a la mesa con complejo de inferioridad moral. Y actúa en consecuencia. Por eso, los líderes que han intentado “caerle bien”, contemporizar o suavizar posiciones, han terminado peor que aquellos que marcaron límites claros desde el inicio.

Aquí es donde Petro enfrenta su mayor riesgo. Su historial de discursos incendiarios contra Estados Unidos, el “imperialismo” y el “capitalismo fósil” lo deja en una posición frágil: no puede fingir neutralidad, pero tampoco puede darse el lujo de confrontar sin respaldo. Si llega a Washington buscando reconciliación apresurada o validación personal, Trump lo olerá. Y, como advierte Fukuyama, la debilidad no genera respeto: genera desprecio.

La paradoja es evidente. Petro se ha presentado como un líder que desafía al poder global, pero en la práctica Colombia depende más que nunca de Estados Unidos: cooperación en seguridad, comercio, inversión, narcotráfico y financiamiento internacional. Trump lo sabe. Y usará esa asimetría sin complejos.

La pregunta, entonces, no es si Petro debe ser sumiso o beligerante. La pregunta es si será institucional o personalista. Trump castiga a los líderes que convierten la diplomacia en psicodrama ideológico. Respeta a quienes hablan poco, fijan líneas rojas claras y no piden indulgencia.

Fukuyama ofrece una lección incómoda para la izquierda latinoamericana: el apaciguamiento moral no funciona frente a un matón político. Tampoco el discurso victimista. En ese escenario, la única moneda válida es la firmeza serena, respaldada por intereses concretos, no por consignas.

Si Petro confunde el escenario con una tribuna, perderá. Si cree que la simpatía personal o la retórica ambiental bastarán, será utilizado. Y si llega buscando “quedar bien”, terminará quedando mal.

Con Trump no gana el más elocuente, sino el que menos se arrodilla, pero tampoco gana quien pretenda una altura superior. Está difícil el escenario.

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