Un análisis reciente liderado por investigadores de la Florida Atlantic University (FAU) volvió a poner el foco sobre los alimentos ultraprocesados: las personas con mayor proporción de calorías provenientes de estos productos mostraron una probabilidad 47% más alta de reportar eventos cardiovasculares como infarto o accidente cerebrovascular, en comparación con quienes menos los consumían. El trabajo fue publicado en The American Journal of Medicine y se basó en datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Estados Unidos (NHANES) recopilados entre 2021 y 2023.
La investigación analizó a 4.787 adultos (mayores de 18 años). Los participantes reportaron su alimentación en dos días y señalaron si tenían antecedente de infarto o de accidente cerebrovascular. Para el análisis, los autores dividieron a la muestra en cuartiles según el porcentaje de calorías que provenían de ultraprocesados y ajustaron por variables como edad, sexo, raza/etnia, tabaquismo e ingresos. Con esos controles, el grupo con mayor consumo mantuvo el aumento relativo de riesgo frente al grupo con menor consumo.
Qué se considera “ultraprocesado” y por qué preocupa
El término “ultraprocesado” suele referirse a alimentos del grupo 4 de la clasificación NOVA: formulaciones industriales elaboradas mayormente con sustancias extraídas o derivadas de alimentos (aceites, almidones, azúcares, proteínas aisladas) y con uso frecuente de aditivos “cosméticos” (saborizantes, colorantes, edulcorantes, emulsificantes), además de técnicas industriales como extrusión o pre-fritura. En la práctica incluye bebidas azucaradas, snacks empacados, comidas listas para calentar, embutidos y varios productos de panadería industrial.
Más allá de su conveniencia y palatabilidad, el debate sanitario se centra en su perfil nutricional (exceso de sodio, azúcares y grasas, baja densidad de fibra y micronutrientes) y en la posibilidad de que algunos componentes y matrices alimentarias favorezcan inflamación, dislipidemias y alteraciones metabólicas.
Qué dicen otros hallazgos (y qué no dice este estudio)
El trabajo de FAU es observacional y de corte transversal: detecta asociación, no prueba causalidad. Esa cautela también aparece en el resumen científico en PubMed, que señala la necesidad de ensayos clínicos aleatorizados de gran escala, aunque recomienda que, mientras tanto, la práctica clínica aconseje reducir ultraprocesados dentro de cambios de estilo de vida con evidencia probada.
Aun así, el resultado encaja con una línea de evidencia previa. Por ejemplo, el American College of Cardiology había destacado estudios en los que mayores porciones diarias de ultraprocesados se asociaban con incremento del riesgo de enfermedad cardiovascular y mortalidad.
El trasfondo de política pública
FAU, en su comunicado, enmarca estos hallazgos como relevantes para investigación, atención clínica y decisiones de salud pública, particularmente en un contexto en el que los ultraprocesados tienen una presencia alta en la dieta moderna por precio, disponibilidad y marketing.
En paralelo, organismos internacionales y revisiones especializadas han subrayado que reducir ultraprocesados suele ir de la mano con aumentar consumo de alimentos mínimamente procesados (frutas, verduras, legumbres, granos integrales) y mejorar la calidad general de la dieta, lo que complica separar “procesamiento” de “patrón alimentario” como causa única.
Lo práctico, sin caer en alarmismo
Para bajar exposición a ultraprocesados sin convertirlo en una dieta “perfecta”, las guías de salud pública suelen sugerir: priorizar comida fresca o mínimamente procesada, revisar etiquetas (listas largas de ingredientes y muchos aditivos suelen ser una señal), y reemplazar snacks y bebidas azucaradas por alternativas simples (fruta, yogur natural, frutos secos sin sal, agua). El propio artículo científico remarca el rol del consejo clínico para disminuir su consumo como parte de cambios terapéuticos de estilo de vida.



