Padre Pacho
Existe una percepción extendida que pretende hacernos creer que Dios nace cuando el ser humano comienza a temer a la muerte; que la fe no es más que un consuelo fabricado frente a la nada; y que la religión termina convirtiéndose, con el paso del tiempo, en un sistema de control. Esta lectura, aunque puede resultar lúcida al denunciar los ídolos del poder y las manipulaciones históricas de lo religioso, se queda corta desde una reflexión bíblica más profunda. Confunde la proyección humana de dioses hechos a medida del miedo con la revelación del Dios vivo, que no surge del temor del hombre, sino que irrumpe libremente en la historia, se da a conocer por iniciativa propia y llama al ser humano no a la sumisión, sino a una relación viva, liberadora y transformadora.
La Escritura no niega que el ser humano tema a la muerte ni que busque desesperadamente sentido; por el contrario, reconoce esa angustia como un rasgo constitutivo de la condición humana. Sin embargo, afirma algo radicalmente distinto: Dios no emerge como una proyección del miedo, sino que se revela libremente en el entramado de la historia, incluso, y sobre todo, cuando esa revelación resulta incómoda, exigente y profundamente desestabilizadora.
El ser humano, a lo largo de la historia, ha fabricado dioses para explicar lo incomprensible, calmar sus temores y legitimar estructuras de poder. Sin embargo, es la propia Biblia la primera en desenmascarar esos ídolos. De hecho, una parte esencial de la tradición bíblica consiste precisamente en desmontar las imágenes falsas de Dios, porque no brotan de su revelación, sino del deseo humano de control y dominio.
La afirmación de que la ciencia “reduce” o desplaza a Dios revela, en el fondo, una comprensión equivocada tanto de la fe como del conocimiento científico. El Dios de la Biblia nunca fue una explicación de los fenómenos naturales ni un recurso provisional para suplir la ignorancia humana. No compite con las causas físicas porque no ocupa ese plano.
Por eso, cuando la ciencia avanza, no elimina a Dios; lo que realmente desmonta son los falsos dioses explicativos construidos para llenar vacíos de comprensión. Dios no responde al “cómo” del mundo, propio del método científico, sino al “para qué” y, sobre todo, al “con quién” de la existencia humana: el sentido, la relación y la vocación profunda de la vida.

