El balance de la biodiversidad al cierre de 2025 es el acta de defunción de linajes evolutivos que tardaron millones de años en formarse. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), un total de 44 especies fueron declaradas oficialmente extintas este año. Este grupo, que incluye animales, hongos y plantas, se suma a una lista negra que ha crecido de forma alarmante: en el último lustro, 310 especies han pasado a la categoría de “Extinta”.
La tragedia global tiene rostros específicos. El zarapito fino (Numenius tenuirostris), un ave migratoria que durante siglos fue el vínculo alado entre los cielos de Eurasia y el norte de África, ya no volverá a surcar el horizonte. Su desaparición deja un vacío en los ecosistemas de humedales que dependían de su presencia. En los océanos, la pérdida se siente con el Conus lugubris, un pequeño caracol marino de Cabo Verde. Aunque su picadura venenosa resultaba molesta para los humanos, los científicos subrayan que su papel en la cadena trófica submarina era vital.
El panorama es especialmente sombrío para los mamíferos. La musaraña de la Isla de Navidad (Crocidura trichiura), un diminuto insectívoro de apenas 15 centímetros, fue declarada extinta tras décadas de infructuosa búsqueda. A ella se suman tres especies de bandicuts en Australia, marsupiales omnívoros que sobrevivieron a condiciones climáticas extremas durante milenios, pero que sucumbieron ante la fragmentación de su hábitat y la introducción de depredadores por parte del hombre.
Colombia: crisis silenciosa
Como país megadiverso, Colombia no es ajena a esta hemorragia biológica. La reciente Resolución 0126 de 2024 del Ministerio de Ambiente ha encendido todas las alarmas al elevar a 2.104 el número de especies silvestres bajo amenaza. Esto representa un incremento del 62% respecto a los datos de 2017. Lo más preocupante es el salto en la categoría de “Peligro Crítico” (CR), que aumentó un 156%, pasando de 182 a 466 especies que hoy están a un paso de la desaparición definitiva.
Uno de los casos más dolorosos en la historia reciente del país es el del Zambullidor Andino (Podiceps andinus). Esta ave, endémica de la Cordillera Oriental, habitaba principalmente el Lago de Tota y los humedales de la Sabana de Bogotá. Su extinción es un caso de estudio sobre cómo la actividad humana aniquila la vida: la desecación de humedales para la agricultura de cebolla, el uso excesivo de fertilizantes y la introducción de la trucha arcoíris —que competía por alimento y depredaba a los polluelos— borraron al zambullidor del mapa.
En las profundidades del mismo Lago de Tota, el Pez Graso o Runcho (Rhizosomichthys totae) ha corrido una suerte similar. Este bagre único, que poseía anillos de grasa bajo su piel para sobrevivir en aguas gélidas y oscuras, no ha sido visto vivo desde 1957. En 2024, una expedición científica utilizó tecnología de ADN ambiental (analizando rastros genéticos en el agua) y no encontró rastro alguno de la especie, lo que refuerza la teoría de que la competencia con el pez Capitán de la Sabana y la trucha acabó con su existencia.
El luto de la flora y los “centinelas” del bosque
La extinción no solo afecta a lo que se mueve. La flora colombiana sufre una pérdida silenciosa de árboles y plantas descritas originalmente por la Expedición Botánica de José Celestino Mutis. Especies como la Casearia quinduensis (nativa del Quindío) y el Pradosia mutisii (un árbol andino) han sido declaradas oficialmente extintas. Estos gigantes desaparecieron debido a la transformación total de los bosques nublados en pastizales y monocultivos durante los siglos XIX y XX.
Además, por primera vez, se ha dado visibilidad a los hongos y líquenes. La Resolución de 2024 incluyó 82 especies de este grupo bajo amenaza. Estos organismos son los “ingenieros” del suelo, encargados de descomponer la materia orgánica. Su vulnerabilidad es un indicador directo de la mala calidad del aire y la contaminación química de la tierra en Colombia.
| Grupo Biológico en Riesgo (Colombia) | Cantidad de Especies (2024) | Ejemplos Críticos |
| Anfibios | 287 | Ranas Arlequín (Atelopus) |
| Aves | 139 | Colibríes y Loros de montaña |
| Peces de agua dulce | 113 | Bagre rayado del Magdalena |
| Mamíferos | 75 | Jaguar y Oso de Anteojos |
| Orquídeas | 253 | Especies epífitas de los Andes |
¿Por qué los estamos perdiendo?
Catherine Numa, coordinadora del Programa de Especies de la UICN, es enfática: “La tasa de extinción es hoy mucho mayor y los patrones son claros”. En el contexto colombiano, estos motores actúan de forma combinada:
- Especies Invasoras: La trucha arcoíris en los ríos andinos y el hipopótamo en el Magdalena están alterando la arquitectura de los ecosistemas, desplazando a las especies nativas que no tienen defensas contra estos intrusos.
- El Hongo Quítrido: Una enfermedad emergente que afecta la piel de los anfibios, impidiéndoles respirar. En Colombia, ha llevado al borde de la extinción a 48 especies de ranas arlequín.
- Extinción de Cumbre: El cambio climático empuja a las especies hacia arriba de las montañas buscando frío. Sin embargo, para los frailejones y colibríes que ya viven en los páramos, ya no hay más espacio hacia donde subir. Se quedan sin hogar en la cima.
La esperanza de las especies “Lázaro”
En la última década, se han registrado redescubrimientos de especies que se daban por perdidas. El caso más reciente es el de la rana Atelopus monohernandezii, que reapareció en Santander en 2024 tras 41 años de ausencia. Asimismo, el colibrí ala de sable de Santa Marta, que no se veía desde hace 64 años, fue hallado nuevamente gracias al trabajo conjunto con comunidades indígenas.
La pérdida de una sola especie es la pérdida de una solución potencial para la medicina, de un controlador de plagas natural o de un regulador del agua que bebemos. La extinción es irreversible, pero nuestra capacidad de frenarla todavía no lo es.



