Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Los biógrafos sostienen que Albert Einstein, el científico más importante del siglo XX, atravesó un periodo religioso y otro científico y que, al final de sus días, conjugó ambas posturas. En una entrevista que data de 1930, Einstein afirma que somos como el que entra a una biblioteca y tiene ante sí, cientos de libros de diferentes lenguas. Percibe que alguien debió de haber sido su autor, pero no sabe cómo, ni quién lo hizo y los idiomas en que fueron escritos… “Un orden misterioso que no comprende y del cual sólo se sospecha”. Eso mismo pasa cuando hablamos de Dios: Vemos un universo que aparenta ser muy organizado y que obedece a ciertas fuerzas y leyes que no comprendemos. Fue ahí cuando se refirió a Baruch Spinoza, el filósofo neerlandés de origen sefardí. Tiempo después, un telegrama dirigido a un rabino ratificó lo dicho: “Creo en el Dios de Spinoza”.
“Ese Dios quien se revela a sí mismo en las armoniosas leyes del universo, no quien se ocupa del destino y el castigo de la humanidad”, agrega Einstein, A partir de allí, comenzó el centenario debate entre las dos visiones teístas: la cósmica o “pan–teísta” y la antropomórfica o monoteísta. Spinoza será el primer filósofo que hablará del alma y el cuerpo como algo indisoluble. La discusión se centrará durante tres siglos en torno a la definición de Dios dada por Spinoza: “Por Dios entiendo un ser infinito, substancia que consta de ilimitados atributos y que expresan una esencia eterna e inacabable”. En sus tratados de filosofía, ética, teología y política, el llamado “Padre de la modernidad filosófica”, comienza a desglosar sus controvertidas tesis que lo llevarán a ser expulsado por hereje tanto de las sinagogas como del mundo eclesial ortodoxo de aquellos tiempos…
Hegel, Nietzsche, Marx, Goethe, Borges, Deleuze, Althusser y Foucault, honraron las ideas del filósofo impenitente, ese pensador de mirada dulce y socarrona considerado “El azote moral del siglo XVII”. Desacralizar, humanizar e historear la Biblia; anteponer la razón a la fe y la ciencia al prejuicio mítico; conjugar unívocamente la ley natural y la ley divina; separar el pensamiento cosmológico del teológico; antropologizar y “telurizar” el alma; darle sentido de causalidad natural a los milagros; humanizar la figura de Jesucristo; racionalizar el pecado y la culpa; poner en duda las bondades del populismo teo–democrático; contradecir la autoridad ideo–política de las iglesias judeo–cristianas… Todo esto llevó al escritor portugués José Rodrigues Dos Santos (“El secreto de Spinoza”, 2023), a valorar el ingrato precio que hay que pagar por promover y/o defender una idea.
“Si puso en jaque la fe de un pueblo y todo un sistema de creencias que, en aquella época, tenían más de mil años (y que aún prevalecen), lo normal es que no le quisieran tanto”, decía el filósofo lusitano. El concepto de libertad es una de sus grandes contribuciones al pensamiento político moderno, lejos del determinismo naturalista al que fue confinado por la filosofía contemplativa y los defensores del libre albedrío. La libertad para él, no es un ideal veleidoso, una prerrogativa caprichosa del individuo, tampoco un atributo concedido por una autoridad trascendente. Es un desiderátum, una idea dubitativa que nace de la comprensión racional del mundo ontológico de la necesidad y la causalidad que determina nuestras acciones. Lejos de rescindir la capacidad de actuar, la libertad depura, redefine y resignifica… No son los demás, somos nosotros los garantes de nuestra propia libertad.
La filosofía no instala en el reino etéreo de la verdad, sino en la incierta dimensión de la realidad.
Supervisor de educación
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