Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Apesadumbra explorar los riscos y acantilados de la escabrosa orogenia política actual. Orientados por la brújula humanista de Robert Green, escritor estadounidense y estratega político (“Las 48 leyes del poder”, 1998; “El arte de la seducción”, 2001 y “33 Estrategias de Guerra”, 2006), escrutamos ese mundo fantasioso colmado de “fakes news”, intrigas, insultos y agresiones. El desenfreno y la absurdidad cargados de vacíos y nimiedades colman la discursividad de innumerables candidatos orlada de fatuos idearios, mesianismos y promesas de campaña. Vemos cómo van tomando forma los axiomas y teoremas de este psicólogo estadounidense. Desde su oficio de hermeneuta y hagiógrafo, con su variado, sutil e irónico breviario de cosmetología política, devela y delinea el banal, fantasmagórico y falsario mundo de la pasarela, el glamour y el cotilleo electorero actual…
Los textos y contextos de Robert Green (“El Maquiavelo contemporáneo”), nos sirven de pretexto para interpretar la actual contienda político-electoral. Impresionar, complacer, fingir y adular; ser flexible, ambivalente, amorfo, misterioso e impredecible; combinar la hipocresía, el temor y la avaricia con la sinceridad, la audacia y la generosidad; manejar el arte de la intriga y la oblicuidad; mantener la confusión y controlar el disenso (“Divide y reinarás”); desconcertar (“Si no los logras convencer, confúndelos”); llamar la atención huyendo del anonimato, pero sin perder el “sentido común”; entusiasmar a los electores apelando a la egolatría que se confabula con la compasión y la gratitud; mostrarse como amigo para espiar los pasos del otro; saber cuándo alejarse (“la escasez de un producto o servicio incrementa su valor”); convertir capitulaciones y alianzas en factores de poder…
Hacer que confluyan la genialidad, el esfuerzo y la perseverancia; encandilar con el fuego fatuo de la imaginería y el fetichismo; ser excéntrico, patético, hiperbólico y dramático; dar un testimonio ejemplarizante de higiene, eficiencia y corrección; aparentar solvencia, veteranía y sobradez (“Lo que no se ve, no cuenta”); no olvidar la exageración gestual, la espectacularidad, el aparente dominio y la grandilocuencia: dejar las “mañas” para los asistentes y los gerentes de campaña; jugar con las fantasías y expectativas de la gente (ser un encantador de serpientes); convertirse en caudillo, ese ser mesiánico en quien hay que tener fe, obedecer y hacer sacrificios; menospreciar lo que no se pueda obtener; desterrar críticos y detractores; manipular principios, fines, valores, sentires y pensares; ser un gran liberal muy conservador (“La necesidad del cambio es hija de la costumbre”).
Aceptar faltas y justificar yerros como algo inofensivo; alejarse del acecho silencioso del enemigo envidioso; utilizar espejos refractarios para que sean los demás los que juzguen las debilidades del otro; desorientar (“Sacar de casillas”) al rival mientras se conserva la calma (“Revolver las aguas para asegurar una buena pesca”) … Los apotegmas de Robert Greene corroboran lo que muchos contemplan desde sus cómodas atalayas: el show electoral no produce ideas, sólo suspicacias e hilaridad y apelan, desde la insoportable levedad de su apatía y plácida observancia, a las sabias e irónicas enseñanzas de los clásicos maestros de la política. Mientras unos festejarán victorias pírricas o lamentarán costosos fracasos, otros darán explicaciones innecesarias u honrarán el triunfo sempiterno e indiscutible del voto de opinión expresado a través de un controversial abstencionismo.
El analfabetismo político perpetúa los viejos vicios enquistados en la ciencia y el arte de gobernar.
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