La paradoja del oro

FABIÁN HENAO OCAMPO

Hace unos años, a un amigo le robaron una cadena de oro en la plaza central de Santa Rosa de Cabal. Era una cadena estilo Gucci que más que una joya de 18 quilates parecía una sarta de ganchos; pero él la apreciaba tanto que, al día siguiente recorrió todas las prenderías de la zona, hasta que la encontró. Esperó a que saliera a la venta nuevamente, pidió un préstamo bancario y volvió a comprarla. Esta fidelidad al metal no es casualidad, en Colombia el mercado del oro es un escenario de libre competencia, pero cargado de matices que involucran el bolsillo y los sentimientos.

Aunque muchos creen que el Banco de la República “impone” el valor del metal, la realidad es que el emisor es solo un actor más que publica un precio de referencia basado en el mercado internacional. Sin embargo, el ahorrador común se enfrenta a una brecha desconcertante: mientras que en una joyería el gramo puede costar hasta 500 mil pesos al comprarlo, al intentar venderlo el precio cae drásticamente a unos 300 mil pesos o menos. Esta diferencia no es un capricho; es el resultado de márgenes de comercialización, costos de fundición, impuestos, el trabajo artesanal y el riesgo que asume el intermediario ante las constantes olas de cambio en los mercados.

Esta escalada tiene un punto de quiebre histórico: la pandemia de 2020. Desde entonces, el precio se disparó a niveles nunca vistos, impulsado por una incertidumbre global que se convirtió en nuestra nueva realidad. Casi todo subió de precio, pero el oro dio un salto definitivo: pasó de los 180 mil pesos a los 300 mil en un abrir y cerrar de ojos, y desde entonces, se niega a bajar. Es el refugio preferido cuando el papel moneda flaquea.

El oro es el metal precioso por excelencia, aquel que representa la belleza por dentro y por fuera. Es el único que no se oxida, no se corroe y mantiene sus propiedades físicas a través de los siglos. En un mundo de cambios constantes, el oro permanece inmutable y funciona como un cheque al portador en cualquier rincón del planeta. Aunque la diferencia entre compra y venta sea un trago amargo, su respaldo sigue siendo el atractivo final. Eso sí hay que estar alerta para no ser estafado;  una cosa es el oro verdadero y otra muy distinta el oropel; una cosa es el brillo eterno del metal que representa la sinceridad  y otra el destello fugaz de un pedazo de lata brillante que es capaz de engañar a cualquiera.

 

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