Padre Pacho
Ser sacerdote no es simplemente desempeñar una función religiosa. Es vivir en permanente disponibilidad. Es ser predicador cuando se espera claridad; consejero cuando se espera sabiduría; amigo cuando se necesita consuelo; reconciliador cuando hay heridas; formador cuando hay búsquedas; guía cuando hay oscuridad. Y, al mismo tiempo, ser el primero en llegar y el último en irse, atender lo visible y lo invisible, sostener lo espiritual y lo humano.
Pero quizá lo más profundo no es la lista de responsabilidades, sino la experiencia interior que insinúa: la soledad. Un sacerdote puede estar rodeado de personas y, sin embargo, cargar silenciosamente sus propias luchas. Escucha problemas todos los días, pero pocas veces alguien le pregunta cómo está su corazón. Acompaña lágrimas, pero no siempre tiene un espacio donde derramar las suyas.
Sin embargo, existe algo muy humano y doloroso: saber que personas a quienes ama pueden traicionarlo o criticarlo. El ministerio sacerdotal no lo exime de la herida; al contrario, lo expone más; amar implica riesgo; servir implica desgaste; entregarse implica perder algo de sí.
Vivimos en una cultura donde se exige mucho y se agradece poco. Donde se juzga rápido: “La misa no me llena”, “El sermón es muy largo”. Pero pocas veces se percibe el tiempo de oración, de preparación, de estudio, de lucha interior que hay detrás de cada homilía. Pocas veces se comprende el cansancio emocional de acompañar enfermos, matrimonios en crisis, jóvenes desorientados, familias rotas.
Así como el sacerdote está llamado a velar por las almas, la comunidad está llamada a velar por su pastor. El ministerio no es un camino solitario por diseño divino; es una comunión. Jeremías lo expresa bellamente: “Os daré pastores según mi corazón”. Eso significa que, el sacerdote no se pertenece a sí mismo, pero tampoco puede ser reducido a una máquina espiritual. Es un hombre con corazón, límites, historia y necesidad de afecto.
Hay una verdad silenciosa en todo esto: el sacerdote no es fuerte por sí mismo; su fortaleza nace de la gracia, pero la gracia no anula su fragilidad. Y precisamente ahí está su grandeza: en seguir sirviendo aun cuando se siente cansado; en seguir creyendo cuando otros dudan; en seguir amando cuando no siempre es comprendido. Tal vez esta reflexión nos invita a una pregunta sencilla pero profunda: ¿Soy parte de la carga o parte del consuelo de mis pastores?

