Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Dicen los que creen conocerte que, a veces, tienes una manera inc?moda de decir la verdad y emplazas al otro, tu disc?pulo que te interpela, a escuchar los argumentos que se congelan en el tiempo y sobreviven en el proceloso mundo de tus angustias ma?aneras. Te rebelas contra el imperio de la mentira que proscribi? la altivez de tus sue?os y tratas de darle una apariencia consistente al e?lico ?mpetu de tus deseos reprimidos y s?lo compartidos con el discente microcosmos de tu aula, sublime estancia libertaria.? Colocas la certeza en el laberinto minot?urico de la duda donde no hay D?dalos ni Ariadnas, ni engañosas promesas paternales, s?lo la incertidumbre que vigila y orienta tu salida por los sinuosos vericuetos donde llena de acertijos vigila modesta y afable la sabidur?a.
Necesitas creer en algo, t? que un d?a la vida te forz? a dudar de todo y, para hacerlo, no te queda más recurso que refugiarte en las d?biles se?ales de un faro que orienta entre la espesa bruma, el tempestuoso viaje de la err?til nave de tus guilladuras. Desaf?as con tus criterios y en sordo clamor, al estridente chirriar de los prejuicios y con tu voz de rapsoda y tu estampa de insurgente guerrero, nos haces entender que la cometa vuela más alto cuando el viento no est? a su favor. Proclamas desde la obligada serenidad de tus d?as, que las decisiones y los veredictos se toman despu?s de haber escuchado a los tres actores del conflicto: al que dice tener la verdad, al que lo controvierte y a ?se, tu yo que, desde la profundidad de tu conciencia cr?tica, te torna en implacable juez.
Acompa?as en su ansiosa b?squeda discipular a aquel que busca al fauno dormido del conocimiento que pl?cido se recrea en el campo donde germinan la sabidur?a y el afecto y participas con ?l de la vendimia espiritual y amorosa de la vida. Dejas el aula oscura, fr?a y tediosa, abandonas el tablero y el cuaderno en los que se consignan los mentirosos sofismas del hero?smo y la oprobiosa historia de tu patria y convocas a tus compa?eros desde el patio de la indolente escuela, a mirar la noche estrellada y a compartir, de pronto, con un lucero, los misterios insondables del infinito. Ense?as que hay que sospechar de lo que es cre?do por todos ya que tiene inmensas probabilidades de ser falso y a descubrir en la prodigalidad dubitativa del ser, el alienante conjuro de los dogmas.
Invitas a tus acuciosos estudiantes a tener más criterios que memoria y a creer en las enormes bondades de la utop?a, aquella que descubre en el horizonte, no un fin al cual llegar sino una posibilidad de caminar. Exhortas a trav?s del testimonio del ejemplo que, a pesar del dolor y el sufrimiento que embargan a nuestra gente, ellos se reconocen en la fuerza extraordinaria y bella de tus palabras compasivas y redentoras. Es a trav?s de ellas que reafirmas en el diario trascurrir de tu c?tedra humanista, el adagio eternal que analogiza el luchar, el ser y el vivir. Predicas desde tu ejercicio socr?tico y consuetudinario que lo menos que podemos hacer en servicio de alguien, buscando para ?l la paz y el bien, es comprenderlo desde la receptividad, la empat?a y la vivencia.
Preconizas a los tuyos que la verdadera dignidad de alguien consiste en hacer que el otro sea tan grande como ellos. Desde?as los vicios de la formalidad, la falsa modestia y la acci?n hip?crita y falaz. De tu testimonio irreverente y sincero aprendemos que la verdad y la libertad viven en el exilio interior, lejos de la feliz orfandad de las ceremonias. Encuentras siempre ese alguien de quien aprender y entiendes que la tolerancia no consiste es apologizar la permisividad, sino en reivindicar la unidad indisoluble del respeto y la diferencia en el ?mbito de la otredad. Aceptas lo que a diario te ense?an cr?ticamente tus pupilos y reconoces, a su vez, que el verdadero sabio avanza, atento sobre la espesa selva humana escuchando las palabras de aquellos que no tienen voz.
En la liturgia cotidiana de los signos, las palabras y las letras, tu hier?tica figura, resiliente como el acero que se derrite y se moldea en la fragua, ?gil como el viento y simple como el agua, semeja el ?lamo solitario en la frondosa llanura que hunde sus ra?ces en el suelo arcilloso desafiando al huracanado viento del prejuicio y el deber con su carga torrencial de imperativos categ?ricos. Anuncias en tu did?ctico evangelio lleno de imaginarios y esperanzas, la inminente llegada del amor, la convivencia y la paz y plantas el estandarte de la libertad en los campos donde s?lo florece el verde oliva del odio, la violencia y el rencor. Esculpes tu rostro en los trastazos propios de la vida cotidiana escribiendo en tu ajironada bit?cora pedag?gica los avatares de tu legendaria traves?a.
Utilizas el cincel y el percutor de tus nobles idearios para burilar en tus disc?pulos que asisten a tu c?tedra de arte, libertad y vida, las rudas l?neas que cinglaron tu imagen rebelde y trashumante. Exhortas a tus inquietos tripulantes, aprendices de viaje, a que enarbolen en sus naves, cual indomables Teseos, las velas blancas que la fr?gil barca de sus ilusiones hondea sobre las trepidantes olas de sus vidas. Repruebas el dolo y el mal y cuestionas a quienes los hacen, pero tu mayor condena recae sobre aquellos que se tornan c?mplices, silenciosos secuaces que pudiendo evitarlo lo contemplan y lo aceptan. Reconoces tus yerros y desde la pedagog?a trascendente del error tomas conciencia de que la indiferente soberbia ultraja y traiciona tus principios e ideales.
Reconoces que la angustia eslabona los d?as y encadena el deber y los sue?os labran el terreno de tu irreprimible libertad interior. Ense?as a escalar las inasibles cumbres y a dialogar con la niebla buscando el resplandor del sol. Al descender, intentas explicar el inefable espect?culo de tus luchas emprendidas. Predicas que el mundo es un desierto donde no es posible subsistir sin que se tengan provisiones. Expones con claridad meridiana que basta con hacer una lectura r?pida de nuestra vida para comprender que todo lo que se persigue s?lo se consigue arriesgando a veces lo que más se estima. Crees a veces que la vida en sociedad es una farsa que fue inventada por algunos hombres y mujeres a quienes les era más f?cil soportar a los demás que tolerarse a s? mismos.
Tus condisc?pulos aprendieron más de tus temores y errores que de tus sublimes virtudes dej?ndoles en claro que sus valores no son más que una toma de decisi?n sobre la forma como quieren pensar y vivir su existencia. Recuerdas en tus noches de insomnio y pesadumbre a todos los que aprovechando alg?n cuarto de poder que les ha dado la vida, lo han utilizado para incluir en sus agendas ignominiosas y siniestras, al educador que s?lo es due?o de su praxis divergente y libertaria? Hoy te recuerdan tus alumnos, insigne juglar. Ellos siguen intentando aprender deletreando el abecedario de tus verdades. Nunca pediste nada a cambio, s?lo este suspiro que ahora les sobra y a trav?s del cual se escapa la nostalgia puesta en alguien que siempre formar? parte de sus valiosos recuerdos.
*(Texto que será le?do el próximo jueves 25 de abril en el recinto del Concejo Municipal de Pereira donde el autor será condecorado por más de 40 años de servicios educativos).



