A finales del siglo XVI Alfonso, un joven portugu?s apasionado por la navegaci?n, zarpa hacia ?frica, donde se ve inmerso en el negocio de retener negros y venderlos como esclavos en el Nuevo Mundo a nombre de la Corona española. Benkos y Ngolo, dos negros capturados en ese viaje y vendidos en Cartagena de Indias, logran escapar de sus amos en 1600 y establecerse en un palenque en La Matuna por varios años. M?s de un siglo despu?s, Xaviera Londo?o de Casta?eda, una criolla de la alta sociedad antioque?a, conoce la historia de Benkos y Ngolo a trav?s de Nicolasa, quien le ha servido desde su matrimonio, y toma una decisi?n que marcar? la vida de sus esclavos despu?s de su muerte. Estas son algunas de las voces desde las que Elena Peroni, autora de El puente de los suspiros, aborda episodios de la esclavitud y la libertad en Colombia en esta novela hist?rica que tiene un desenlace esperanzador.
Nicolasa
Rionegro, Antioquia, 1767
Todos los esclavos revoloteaban preocupados por la casa buscando a do?a Xaviera. Parec?a que hasta las gallinas y los perros con su ir y venir también quer?an encontrarla metida entre el patio y los trapos donde cada noche se agazapaban los chandosos. El desorden era notorio, al igual que la mugre. Sus moradores nos hab?amos habituado a ellos. A los visitantes, que eran pocos, esto les llamaba profundamente la atenci?n.
La noche anterior, como todos los d?as, el ama se hab?a sentado en su mecedora en un rinc?n junto al fuego de la especie de cocina que hab?an montado en la estancia. Agarraba con las manos huesudas y arrugadas su taza de porcelana despicada por el uso y los años para calentarse un poco. En peque?os sorbos se tomaba el chocolate negro que tanto le gustaba. Ten?a la mirada perdida en un lugar desconocido de las m?ltiples sombras que jugaban en la pared, proyectadas por el vel?n que sagradamente encend?a ante el bulto de la Virgen ya tiznada por el holl?n. Estaba, ese d?a, especialmente callada y meditabunda.
Cuando me le acerqu? para peinarle un poco las canas, ella me rechaz? con brusquedad:
?D?jame en paz ?orden?.
Parec?a que cuando le entraba la pensadera se le alborotaban las canas amarillentas que ya hab?an acaparado su cabeza. Luego esper? a que empezara a alejarme y con gran esfuerzo dej? su silla, y antes de la hora acostumbrada se encerr? en el cuarto y ya nadie más supo de ella. Hasta que, al d?a siguiente, y ya habiendo tocado las siete en las campanas de la iglesia, nos preocupamos las negras porque no hab?a salido. Matilde y yo entramos despu?s de golpear la puerta y no escuchar respuesta alguna. Solo hasta abrir los postigos de la ventana vimos que no estaba en el jerg?n y con voz confundida y chillona Matilde divulg? la noticia por la casa. Yo, que tanto la conoc?a, sin decirle nada a nadie me puse la ruana y sal? a buscarla. No le comentó a ninguno porque llamar?a la atenci?n en el pueblo que varios salieran haciendo bulla por los caminos a esa hora de la mañana, y no eran momentos para que el ama se hiciera notar, sobre todo sabiendo lo que estaba en juego, no solo para ella sino también, y principalmente, para todos sus esclavos.
Venteaba fuerte, seguro que se desatar?a un aguacero como ven?a ocurriendo en los ?ltimos d?as. Mir? con preocupaci?n los nubarrones negros que se acercaban por el oriente. Esos son los que caen, pens?, acelerando el paso. Segu?a mi instinto sin dudar. Me cercior? de que nadie me viera y enfil? hacia el Aventadero. Me detuve un par de veces a tomar aire y descansar, que yo tampoco era joven. Supuse que no estar?a lejos despu?s de una hora de paso r?pido. El sol trataba de asomarse t?midamente. Solo por un momento me pregunt? qu? pasar?a si me encontraba a do?a Xaviera muerta en cualquiera de esos parajes. No, todav?a no pod?a morirse. Ella sab?a que el apego a la vida era su actual lucha y esa pelea la ten?a que librar ella y solo ella. Aceler? el paso y un rato despu?s, bajo una llovizna casi imperceptible, vi un bulto bajo un grupo de ?rboles junto al r?o. Al gritar el nombre de mi ama vi que algo se mov?a, entonces corr? hacia ella. La encontr? ligeramente morada por el fr?o. A duras penas llevaba puesto un rebozo sobre sus ropajes y hab?a andado hasta allí a pie limpio. Me preocup? por su expresi?n ida y esa mirada perdida y fija en el agua del r?o que en aquella curva formaba un remolino. Me sent? en una piedra que estaba justo al frente de ella, para que nuestros ojos se pudieran encontrar y, como despert?ndola de un sue?o, la llam? por su nombre.
Do?a Xaviera fue volviendo en s? a medida que yo la frotaba para que entrara en calor. Luego, como si hubiera recuperado la cordura y con voz recia, habl?:
?Nicolasa, no me mires como si estuviera loca. Ahora no lo estoy, aunque a ratos desvar?e. Quise salir a caminar descalza porque me gusta sentir el roc?o bajo la planta de los pies. ?Sabes? A veces me duelen mucho los pies. Es como si distinguiera cada una de las coyunturas y ellas me gritaran de forma ensordecedora que estoy vieja y cansada de vivir. Por eso las saco a pasear y piso el roc?o. Tengo la creencia de que me alivia, o por lo menos silencia los dolores, aunque ponga a hablar a los vecinos y me se?alen como una loca.
?Las manos también me duelen, como me duelen las arrugas de la cara, no por vanidad, que solo Dios sabe que nunca la tuve, sino porque de alguna forma las arrugas me recuerdan mis preocupaciones. Muchas se las debo al padre Jim?nez, s?, al mismo, el cura de Marinilla, al que tu difunto Manuel le herrara las monturas. No son años estos para tanta preocupaci?n y todo porque a Ignacio se le ocurri? meterlo de apoderado en nuestro testamento. Dame el brazo y me apoyo en ti. Regresemos a la casa, que a eso viniste?.
La ayud? a levantarse. Tra?a la ropa del d?a anterior. Posiblemente no se hab?a ni puesto anoche el camis?n, lo que de alguna manera la hab?a protegido del fr?o al amanecer. Ol?a mal. Con frecuencia no alcanzaba a hacer sus necesidades en la bacinilla.
Tanto que se mofaba de ser propietaria de bacinillas de plata, para hacer sus necesidades en la ropa, pens?.
Acto seguido me quit? la ruana y se la puse. Luego me desamarr? las alpargatas y as?, hincada, se las puse a do?a Xaviera, que protest? como lo har?a un ni?o, pero nada pudo hacer ante mi decisi?n y con firmeza le fui alzando cada pie para pon?rselas mientras le dec?a:
??Que yo tengo toditico el pie en un callo, ama, y usted en cambio mire no más c?mo se ampoll? toda!
Fue largo el recorrido de regreso. Caminamos con lentitud. La anciana apoyada en m?, y yo haciendo grandes esfuerzos para sostenerla en ese camino empedrado e irregular. Guard? silencio mientras el ama continu? hablando:
?Hace fr?o hoy. Gracias por tus cuidados, negra. Cuando a este valle le da por ventear es como si se vinieran los soplidos del Arma con ganas de tumbarnos. Pero si no lo han hecho los doctores que vinieron los d?as pasados, enviados por el cura, menos me tumbar? ese r?o, que es casi m?o de tanto verlo, y quererlo, y tocarlo con los cascos de mis caballos y la tierra que me pertenece. ?Se puede querer un r?o, verdad Nicolasa? Esta tierra me conoce y yo a ella. Al fin y al cabo, aqu? nac?. Solo mis dos hermanos mayores nacieron en la Villa de Medell?n, los tres menores aqu? abrimos los ojos, viendo este valle de San Nicol?s y este r?o. Cuando recib? la parte que me correspond?a como dote no era sino un pedazo, y con Ignacio fuimos adquiriendo más y más. Cincuenta y un años de matrimonio no son pocos para vivir con el mismo hombre ?hizo una pausa, sus ojos se pusieron vidriosos. Se guard? las l?grimas y, como queriendo sacudir sus recuerdos, neg? en silencio con la cabeza y, tras una pausa, continu??:
?Fui afortunada al casarme con mi capit?n. Lo am? con la cabeza y con el coraz?n igual que ?l me am?. Nunca me fue infiel, aunque no le haya dado hijos. Porque fui yo la est?ril, ?sabes? Aunque todos pensaran que fue ?l por ser d?bil de salud, que siempre lo fue, era yo la que no pod?a concebir, ese problema era de mi familia. Y si no, ?a cuenta de qu? Catalina mi hermana tampoco fue madre?
?No me consider? nunca una mujer lo suficientemente agraciada para ser elegida por el mejor partido de la ciudad, y sin embargo creo que me cas? con el mejor hombre del mundo, bueno, para m?. Me dej? hacer lo que quise, he sido due?a y se?ora de nuestra fortuna, me acolit? mi espl?ndida cuadra de caballos y aprob? el manejo que le di a mis fincas, hasta me secund? en aquello del testamento, ?y ahora vienen a decir que es locura m?a! ?esa ?ltima frase la dijo con enojo; hab?a vuelto la indignaci?n que le robaba el sentido y que surg?a una y otra vez al tocar el tema. Luego, volviendo a los recuerdos, retom? el hilo de sus pensamientos con una sonrisa evocadora?:
?Pero la verdad, eso de los pretendientes me tuvo siempre sin cuidado. Sab?a que era diferente a las demás se?oritas de la sociedad de Medell?n, y me gustaba. Creo que porque sent?a que hab?a algo especial que estaba dentro de m?. No sabr?a decir qu?, y si alguien me oye, podráa interpretarlo como presunci?n o que estoy loca. Yo misma a veces me hago esos reproches. La modestia, esa virtud que tanto nos inculcan a las f?minas y que de alguna manera nos castra la inteligencia, puede llegar a generarme conflictos en mi interior, sobre todo cuando me recuerda socarronamente el pecado de la soberbia. Entonces se me vuelven todo un zaperoco estas ideas que brotan del alma, que brincan a la cabeza, que se escurren por mi boca en palabras, que recojo con avidez por mis o?dos y que saboreo con el profuso est?mulo de mi saliva. Creo que nadie entiende esto que digo porque suelto las palabras a la velocidad que las dicta mi mente, sin colarlas ni aguarlas con las mieles del decoro. Es que s? que en el fondo soy demasiado apasionada para retener el torrente de sentimientos y por eso iba de aqu? para allí todo el d?a, como un caballo desbocado, y me dec?an mis padres que caminara más lento, que terminara las cosas y que aprendiera a ser suave y dulce, a hablar despacio y a controlar mis impulsos.
??Sabes? Les preocupaba que no consiguiera con qui?n casarme, porque seg?n ellos a qui?n le iba a interesar una jovencita como yo, tan inquieta y desali?ada, y que además no mostraba la más m?nima cualidad para hacerse monja. Por mi hermana no se preocuparon. Ella se comportaba como correspond?a a su edad y dignidad, era toda una dama. Se educ? bien en las artes de dirigir una casa, bordar, tocar el piano y pintar. Sobre todo, manejaba las dotes de coqueter?a suficientes para atraer las miradas masculinas que le interesaban. De hecho, tuvo varios pretendientes de d?nde escoger. ?Catalina s? conseguir? buen marido y será una buena esposa?, aseguraban en los salones cuando cre?an que yo pod?a escucharlos.
?Los salones. Para m? eran, y a?n son, invitaciones interminables de elogios mutuos sobre las prendas de vestir, peinados y cotilleo. Cuando no es juego de cartas es costura, adivinanzas y declamaciones de versos almibarados con que todas derraman l?grimas y suspiros. No puedo con las visitas en las que hay que mantenerse en una pose todo el tiempo, sobre todo por la inactividad que engendra ese tipo de vida social. Toda una tarde sosteniendo la conversaci?n vana y el pocillo sobre la mano es inaguantable. Llamaba tanto la atenci?n en esos c?rculos dando vueltas de aqu? para allí, bostezando y mirando, que mi madre muchas veces me dispensaba y sacaba la disculpa de que ten?a catarro o cualquier otra enfermedad menor, cuid?ndose de no exagerar la nota porque si a todo lo que ya era se le sumaba la pincelada de la enfermedad, tendráan que haberle pagado al convento para que me recibieran. ?Qui?n eres t?, negra, para que te cuente todas estas cosas??.
Solt? una carcajada mientras contestaba:
?Su negra, do?a Xaviera. ?Ya va a decir que no se acuerda de que fui parte de su dote cuando se cas??
El ama me mir? fijamente, como queriendo buscar algo que le trajera recuerdos.
??Que te hered? hace más de cinco lustros? Entonces conoces a mis hermanos. Antonio, el mayor, luego Sancho, y a m? me corresponde el tercer lugar; de cuarto naci? Juan, y por ?ltimo Catalina. ?Los has visto, Dominga? Hace d?as no vienen por ac?. Parezco tonta al hacerte esas preguntas. Si t? has sido mi negra desde hace tantos años, ?no habr?as de conocerlos? ?Qu? te estaba contando? Me crie con mis hermanos hombres. Eso debi? influir en mi forma de ser y ver la vida. Creo que llegu? a pensar más como ellos y a interesarme en lo que a ellos les interesaba. Pap? lo sab?a y me invitaba a la hora del cigarro y me dejaba opinar. Era allí donde realmente yo escuchaba. Porque, aunque no s? leer ni escribir, a raz?n de que aqu? en la provincia de Antioquia solo hay cuatro escuelas de primeras letras para se?oritas y a distancias considerables, a lo que se sum? que para mis padres ese era oficio de los hombres, s? me gust? aprender sobre las tierras, las finanzas, lo que dec?a el presidente, los negocios y las ?rdenes de su majestad con respecto a la Colonia. Vamos, negra, pap? me debe estar buscando y no lo quiero preocupar.
?Su padre muri? hace años, amita. Venga, sigamos un tantico sin conversar para que nos rinda. Los demás negros de la casa estar?n afanados porque usted y yo no aparecemos.



