Después de la dolorosa eliminación en la Copa, al equipo Matecaña solo le queda una vida en la Liga BetPlay. Aunque futbolísticamente parece difícil imaginarlo entre los ocho mejores del campeonato, las matemáticas aún le dan una última esperanza.
El conjunto dirigido por Rafael Dudamel ocupa la decimocuarta posición con 18 puntos, y a falta de cuatro jornadas, el panorama es claro: debe ganar todo lo que queda para alcanzar los 30 puntos que podrían darle un cupo a los cuadrangulares. Sin embargo, la tarea luce titánica para un plantel golpeado en lo anímico y debilitado por los constantes tropiezos deportivos y administrativos.
Si bien en los últimos compromisos se ha notado una leve mejora en la actitud dentro del campo, los resultados siguen sin acompañar. Las responsabilidades están repartidas, pero el principal señalado vuelve a ser Álvaro López Bedoya, máximo directivo del club. La afición ya conoce su historial, falta de planificación, ausencia de un proyecto deportivo serio y reiteradas decepciones. López ha convertido la ilusión de toda una ciudad en una frustración constante.

Los jugadores y el cuerpo técnico tampoco se salvan. Más allá de las dificultades extradeportivas que afectan el entorno, la pasividad de algunos futbolistas en la cancha es alarmante. Se percibe desmotivación, apatía y un evidente desgaste. La caída del proyecto se veía venir desde el segundo semestre de 2024, cuando Suárez tomó el mando y desperdició la base de un semestre anterior exitoso con 44 puntos. Desde entonces, el equipo perdió identidad, quedó fuera de la Liga y sin participación internacional.
Dudamel llegó como un salvavidas en medio del naufragio. Logró recomponer la actitud y darle algo de orden al grupo, pero no le alcanzó para consolidar resultados. Su primer semestre completo debía ser la prueba definitiva, y aunque el club reforzó su nómina a su gusto, el rendimiento solo convenció en el Hernán Ramírez Villegas, donde el equipo se volvió fuerte e imbatible. Fuera de casa, en cambio, mostró su peor versión: temeroso, errático y sin jerarquía.
En la Copa Colombia, incluso ante rivales de menor categoría como Leones y Real Cundinamarca, el conjunto risaraldense sufrió más de la cuenta. La crisis económica se hizo más evidente desde el 5 de septiembre, cuando perdió el clásico ante Once Caldas en Manizales. Desde entonces, los resultados se desplomaron: casi dos meses sin triunfos y un equipo que parecía sin alma.
La victoria ante Millonarios como local encendió una leve chispa de ilusión, pero la derrota posterior en Barranquilla, desperdiciando una ventaja en tres minutos, terminó por apagarla.
Ahora, el conjunto pereirano afronta una misión casi imposible: ganar los cuatro compromisos que restan y rezar por otros resultados. La primera prueba será este viernes ante Águilas Doradas en el Hernán Ramírez Villegas, donde su gente volverá a acompañar con el corazón.



