En América Latina, los gobiernos tienen un desafío importante: cómo enfrentar al crimen organizado en una región con la mayor tasa de homicidios del mundo. Actualmente, se aplican dos enfoques opuestos: el coercitivo y el de negociación. Sin embargo, surge la pregunta de si existe una tercera vía para abordar esta problemática de manera efectiva.
El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se caracteriza por su postura radical, logrando reducir contundentemente los homicidios mediante la suspensión de algunas garantías constitucionales y una política de encarcelamientos masivos.
De igual forma, el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, ha ordenado a las fuerzas de seguridad para que entren en ciudades de bajos recursos, cometido asesinatos indiscriminados y afectando a personas inocentes.
Aunque estos enfoques coercitivos pueden obtener resultados electorales a corto plazo, los grupos criminales se reorganizan y evitan la represión estatal, a menudo con la complicidad de funcionarios públicos.
Por otro lado, en Colombia y México, los presidentes Gustavo Petro y Andrés Manuel López Obrador han adoptado un enfoque de negociación con los grupos del crimen organizado. El objetivo es lograr acuerdos para que estos grupos dejen de cometer homicidios y se desarmen. Sin embargo, también se ha observado que algunos grupos aprovechan estas negociaciones para rearmarse y fortalecerse.
Ante esta situación, se devela necesario un tercer modelo que no sacrifique el Estado de Derecho ni el respeto por los derechos humanos, pero que al mismo tiempo sea efectivo para detener los homicidios y la violencia en general. Para lograr esto, son indispensables tres pilares fundamentales: sistemas de justicia independientes, desarrollo económico y cooperación internacional.
En este sentido, destaca la importancia de la Unión Europea en la lucha contra el crimen organizado en América Latina. La cooperación con la UE se vuelve crucial en un momento en que los Estados Unidos parecen centrarse más en soluciones internas y dan por perdida la batalla contra las drogas. Además, la naturaleza transfronteriza de los grupos del crimen organizado destaca la necesidad de un enfoque global y de cooperación entre países occidentales.



