¿Está en juego la relación con EE. UU. si Colombia firma la Ruta de la Seda con China?

Todo apunta a que este miércoles, en el marco del IV Foro Celac-China en Pekín, el presidente Gustavo Petro sellará con su firma la entrada de Colombia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, también conocida como la Nueva Ruta de la Seda. Esta decisión, aunque esperada, ha generado un fuerte debate nacional e internacional sobre su impacto geopolítico, económico y, especialmente, sobre las relaciones bilaterales entre Colombia y su principal socio comercial: Estados Unidos.

El presidente Petro ha sido enfático: “Colombia es un país libre, soberano e independiente”, sentenció desde Asia, defendiendo lo que él considera una diversificación necesaria de las relaciones internacionales del país. Sin embargo, la lectura desde Washington no parece tan pragmática.

La Ruta de la Seda es el ambicioso megaproyecto global de infraestructuras liderado por China, con el que busca consolidar rutas comerciales terrestres y marítimas, expandiendo su influencia económica y política. Más de 140 países ya forman parte de esta iniciativa, incluidos 20 de América Latina.

Para Carlos Ronderos, presidente de la Cámara Colombo-China, la adhesión de Colombia “es una declaración de amistad que puede atraer más inversión asiática, que actualmente es marginal”. Pero los detractores del acuerdo temen que esta “amistad” provoque un enfriamiento con Washington, que ya ha lanzado señales de advertencia.

Reacciones desde Estados Unidos

La más llamativa vino de Mauricio Claver-Carone, exfuncionario del Departamento de Estado para América Latina durante la administración Trump, quien señaló que este acercamiento con China “es una gran oportunidad para las rosas de Ecuador y el café de Centroamérica”. Una frase corta, pero con un mensaje claro: si Colombia se alinea con Pekín, Washington podría abrir las puertas comerciales a sus competidores en la región, afectando sectores sensibles de exportación como el café y las flores.

Esta advertencia no es menor. En 2024, el intercambio comercial entre Colombia y EE. UU. alcanzó los 36.700 millones de dólares, con un superávit para el país norteamericano. Las cifras con China, en contraste, muestran un déficit abrumador para Colombia: 2.377 millones de dólares exportados frente a 15.936 millones importados.

“Falta reciprocidad con China”, advierte María Claudia Lacouture, directora de la Cámara de Comercio Colombo-Americana. Según ella, el Gobierno tiene derecho a buscar nuevos socios, pero “debe hacerlo con una visión estratégica, midiendo las consecuencias”.

¿Equilibrio o confrontación?

El mismo presidente Petro ha reconocido el desequilibrio comercial con China, asegurando que exigirá una relación más equitativa. “No quiero que China sea productora de pobreza en Colombia”, dijo antes de su reunión con Xi Jinping. Aun así, expertos como Geoff Ramsey, del Atlantic Council, advierten que firmar la Ruta de la Seda puede ser “una manera perfecta de empeorar las tensiones diplomáticas” con EE. UU., especialmente con una administración republicana centrada en contener la influencia china en el hemisferio.

A nivel regional, el gesto de Petro también se inscribe en una tendencia más amplia: América Latina está reconfigurando sus alianzas geopolíticas, navegando entre dos gigantes que compiten por influencia económica y estratégica. El problema, según analistas, es que en este nuevo ajedrez global, un paso hacia un lado puede interpretarse como una traición por el otro.

Para Óscar Palma, profesor de la Universidad del Rosario, Colombia no debería verse obligada a elegir entre China y Estados Unidos. “No tendría por qué tratarse de un juego de suma cero. Colombia puede y debe construir relaciones sólidas con ambos”.

Pero esa visión idealista choca con la realidad geopolítica. Las tensiones entre Pekín y Washington siguen siendo altas, pese a la tregua comercial anunciada esta semana, que incluye una reducción temporal de aranceles. En ese contexto, cada movimiento cuenta, y la decisión de Petro será leída con lupa desde la Casa Blanca.

La firma de la Ruta de la Seda por parte de Colombia no es simplemente un acuerdo económico: es una jugada geopolítica que redefine el lugar del país en el mapa internacional. Mientras el Gobierno insiste en que se trata de un acto soberano de apertura y diversificación, desde EE. UU. lo interpretan como un alineamiento con su principal rival estratégico.

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