Las tensiones diplomáticas entre Estados Unidos y Colombia se han agudizado tras el reciente anuncio de la adhesión oficial del gobierno colombiano a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, también conocida como la Ruta de la Seda. La reacción de Washington no se hizo esperar: la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado informó que se opondrá “firmemente” a que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y otras instituciones financieras internacionales otorguen financiamiento a empresas estatales chinas con operaciones en Colombia.
“Estos proyectos ponen en peligro la seguridad de la región. El dinero de los contribuyentes estadounidenses no debe ser utilizado por organizaciones multilaterales para subsidiar a empresas chinas en nuestro hemisferio”, advirtió el organismo en un comunicado, en lo que representa la primera represalia concreta de Estados Unidos por la decisión del presidente Gustavo Petro.
Infraestructura en la mira
El anuncio impacta directamente a proyectos clave de infraestructura en Colombia, como la construcción de la primera línea del metro de Bogotá. Esta obra —financiada en parte por un préstamo de 600 millones de dólares del BID— está a cargo de la empresa Metro Línea 1 S.A.S., integrada por China Harbour Engineering Company Limited (85 %) y Xi’An Metro Company Limited (15 %). Además, la segunda línea del metro también cuenta con respaldo del BID por 415 millones de dólares.
Aunque parte del financiamiento proviene también de otras entidades como el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF) y el Banco Europeo de Inversiones (BEI), la decisión de Washington de frenar su apoyo podría ralentizar los desembolsos, encarecer el crédito o incluso poner en entredicho la viabilidad financiera de futuros tramos del proyecto.
Malestar en Washington
Un portavoz del Departamento de Estado calificó como “decepcionante y contraproducente” la adhesión de Colombia a la iniciativa china y advirtió que Petro “corre el riesgo de alejar aún más a Colombia de sus socios tradicionales en América Latina”. Según la administración Biden, unirse a la Ruta de la Seda abre la puerta a lo que denominan “acciones malignas” del Partido Comunista Chino, entre ellas “trampas de deuda” y “menoscabo de la soberanía”.
La medida anunciada por Estados Unidos no solo aplicará a Colombia, sino también a otros países latinoamericanos que han firmado acuerdos con la Ruta de la Seda, entre ellos Ecuador, Chile, Argentina, Uruguay, Venezuela y Perú, sumando 21 países de la región.
El nuevo eje Pekín-Bogotá
La decisión de Colombia se formalizó el 14 de mayo durante una reunión en Pekín entre los presidentes Gustavo Petro y Xi Jinping. Allí se firmó un acuerdo de cooperación económica que sella la entrada del país sudamericano a la Ruta de la Seda, una ambiciosa estrategia global impulsada por China desde 2013 para ampliar su red comercial e influencia política en Asia, África, Europa y América Latina.
Durante el encuentro, Petro abogó por un “diálogo entre civilizaciones libre de autoritarismos e imperialismo”, y recalcó su intención de cambiar la dinámica comercial entre ambos países. “Queremos dialogar de tú a tú, no como arrodillados”, declaró en su cuenta de X (antes Twitter), señalando que Colombia enfrenta un déficit comercial anual de aproximadamente 14.000 millones de dólares con China.
¿Un punto de inflexión en la política exterior colombiana?
La adhesión a la Ruta de la Seda representa un viraje significativo en la política exterior colombiana, tradicionalmente aliada de Estados Unidos. Aunque el presidente Petro ha aclarado que se trata de un “acuerdo de intención” y que la implementación dependerá de futuros gobiernos, la contundente respuesta estadounidense marca un posible punto de inflexión en las relaciones bilaterales.
Analistas advierten que Colombia se encuentra en una encrucijada geopolítica: por un lado, la oportunidad de diversificar sus fuentes de inversión y desarrollo; por otro, el riesgo de deteriorar sus históricas relaciones con Washington y de convertirse en un nuevo escenario de competencia estratégica entre las dos mayores potencias del mundo.
Mientras tanto, los ojos del continente están puestos en Bogotá. Lo que suceda en los próximos meses podría redefinir no solo el rumbo económico de Colombia, sino también el equilibrio de fuerzas en América Latina.



