« Los colombianos estamos marcados por esos paisajes montañosos, por las llanuras, por los litorales tórridos, por esa flora y esa fauna inigualables ». Nacida en Calarcá (Quindío).
Jahir Camilo Cediel Rincón
Gloria Cecilia Díaz es una autora colombiana nacida el 21 de septiembre de 1951 en Calarcá, Quindío. Ha publicado un sinnúmero de obras enfocadas al público infantil y juvenil, contando con cuentos, novelas y poemas en su trayectoria.
La autora ha obtenido distintos premios nacionales e internacionales, incluyendo el Premio Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil en el año 2006.
A propósito de la primera edición de la novela juvenil “El sol de los venados”, publicada por Panamericana Editorial en 2024, aprovechamos a charlar con la autora acerca de este lanzamiento junto al de hace algunos años “Eliador y el viaje de regreso” publicado por la misma editorial.
Entre el tiempo de la infancia, de los relatos de los mayores y la exuberancia natural del paisaje colombiano, la autora señala que sus mayores influencias provienen del territorio y se extienden más allá de sus límites.
¿Por qué eligió la literatura infantil y juvenil y decidió trabajar con los géneros del cuento, la novela y poesía?
No elegí nada, las cosas me cayeron encima. Hace muchísimos años María Candelaria Posada me conoció y decretó que yo podía escribir cuentos para niños. En ese caso particular, se trataba de cuentos didácticos muy breves. No sé si fue por desafío o por no decepcionar a esa mujer tan inteligente y encantadora que comencé a escribir cuentecitos sobre cuanto tema me asignaban. Tampoco elegí escribir novela y poesía para los pequeños, simplemente empecé a hacerlo. Es posible que los hechos más trascendentales de nuestra existencia no seamos nosotros quienes los decidimos, nos llegan, es todo.
En sus libros encuentro una elegante sugerencia a Colombia, sobre todo en los conocimientos ancestrales, las costumbres, la tradición oral, los mitos, las leyendas, etc. A pesar de haber vivido la mayor parte de su vida en Francia, ¿cuál es la relación de su literatura con estas narraciones?, ¿cuál podría ser su relación con la literatura colombiana en general?
Todos los seres humanos, vivamos donde vivamos, tenemos raíces. Y estas raíces se anclan en nosotros desde el vientre materno. Es posible que sea una de las razones por las cuales la infancia es tan importante en la vida, en ella reside el germen de todo. Tuve una abuela y un abuelo contadores de cuentos. Mi abuela fumaba tabaco y nos leía el porvenir en la ceniza y también en las tazas de chocolate. Creía en las brujas y en los aparecidos. La exuberancia de Colombia no está solamente en su paisaje sino también en todas esas creencias que siempre han circulado en el campesinado y en el pueblo en general. Esa riqueza se ve también en la artesanía, en la música y en toda expresión artística. En un zoom con niños colombianos, estos me preguntaron si Colombia me hacía falta, les dije que no. La protesta fue general. Les expliqué que no me hacía falta simplemente porque Colombia estaba en mí. Por eso la nostalgia me es un sentimiento ajeno.
Considero que en ambas novelas hay pequeños fragmentos que sugieren la violencia del país, ¿cómo cree que esta ha influenciado su vida y su obra?
Siendo muy pequeña, oía a los mayores hablar de asesinatos y de hechos violentos. En los años ochenta y noventa cuando iba de vacaciones a Colombia sentía mucho temor, es más, estaba en Bogotá cuando asesinaron a Luis Carlos Galán y en estas últimas vacaciones me tocó palpar la zozobra que causaba en la gente el atentado funesto que sufrió Miguel Uribe. Sin embargo, nunca he escrito nada movida por todos esos hechos violentos que ha vivido el país. Si aparecen en mis libros es porque fueron reales o por una razón u otra entran en la narración. Aunque se viva lejos no es fácil sustraerse a la situación política o social que atraviesan los colombianos. Y a pesar de todo soy optimista, creo que el país avanza, y es gracias a su gente. Hace ya varios años que dejamos de ser los detentadores de la violencia ante el mundo. Vivimos una época en la que desgraciadamente la violencia estalla en el planeta entero.
¿Cómo surge ese tono poético que se involucra con lo narrativo? , ¿cual puede ser su origen, sea temporal o de influencias?
Todo comenzó en la infancia al oír los relatos de mis abuelos, luego al aprender los primeros poemas en la escuela y esto fue una revelación, el descubrimiento de una felicidad nueva. Había un buey que reflexionaba, un zagal que se robaba un nido, una niña que no quería ser reina sino enfermera para cuidar a su amigo herido. Los repetí una y otra vez y, al igual que al leer los cuentos de Andersen, no lo comprendía todo, la emoción se apoderaba de mí. A esa edad, seis, siete años, se definió ya un camino, supe que esa felicidad me acompañaría siempre, supe que la poesía me abría mil mundos, supe que ella sería mi aliada, mi compañera, mi sostén, supe que jamás estaría sola. Esto puede explicar el tono poético que usted encuentra en mis libros. La naturaleza es poesía y es difícil ser indiferente a esa exuberancia de nuestro territorio. Soy una gran lectora de poesía, paso de García Lorca a Emily Dickinson, de Piedad Bonnett a Fernando Pessoa. Me encanta el hermetismo poético, me encanta incursionar en esos universos estremecedores.
¿Hay una influencia que le haya marcado especialmente para la creación de estas novelas juveniles?
Volvemos de nuevo a la infancia. Es cierto, las dos novelas vienen de esa etapa de mi vida. Aclaro que nunca viví al lado de un río, pero los ríos fueron muy importantes en mi infancia porque mi padre adoraba hacer esos paseos campestres que incluian almuerzo en la ribera con toda la tribu en vestido de baño. Aparte de las influencias conscientes están las inconscientes, aquellas generadas por las lecturas, por los viajes, por los encuentros o los desencuentros, por la observación de lo que me rodea. Se ha dicho que tengo una predilección por la “ruralidad”, no es así, se trata simplemente de la omnipresencia de la naturaleza en cualquier lugar del país donde uno se encuentre. Pasé mi niñez y mi adolescencia con Los Andes frente a mi. Cuando uno visita los pueblos de Colombia, la naturaleza está al alcance de la mano. Creo que todos los colombianos estamos marcados por esos paisajes montañosos, por las llanuras sin fin, por los litorales tórridos, por esa flora y esa fauna inigualables.



