Responsable: Área de Comunicación Social- Diócesis de Pereira
Director: Víctor Daniel Ángel Valencia, Pbro.
Evangelio del día
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1, 39-45
En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa
hacia la montaña, a un a ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y
saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura
en su vientre. Se llenó Isabel del
Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién
soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu
saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se
cumplirá».
Palabra del Señor
Meditemos la Palabra
El evangelio de Lucas relata la visita de María a Isabel; una escena
maravillosa; la que es grande quiere compartir con la madre del Bautista
el gozo y la alegría de lo que Dios hace por su pueblo. Vemos a María que
no se queda en el fanal de la “anunciación” de Nazaret y viene a las
montañas de Judea. Es como una visita divina, (como si Dios saliera de su
templo humano) ya que podría llevar ya en su entrañas al que es
“grande, Hijo del Altísimo” y también Mesías porque recibirá el trono de
David. ¡Muchos títulos, sin duda! Es verdad que discuten los especialistas
si el relato permite hacer estas afirmaciones. Podría ser que todavía María
no estuviera embarazada y va a la ciudad desconocida de Judea para
experimentar el “signo” que se le ha dado de la anunciación de su
pariente en su ancianidad. Por eso es más extraño que María vaya a
visitar a Isabel y que no sea al revés. La escena no puede quedar
solamente en una visita histórica a una ciudad de Judá. Sin embargo, esa
visita a su parienta Isabel se convierte en un elogio a María, “la que ha
creído” (he pisteúsasa). Gabriel no había hecho elogio alguno a las
palabras de María en la anunciación: “he aquí la esclava del Señor…”, sino
que se retira sin más en silencio. Entonces esta escena de la visitación
arranca el elogio para la creyente por parte de Isabel e incluso por parte
del niño que ella lleva, Juan el Bautista.
Vemos a María ensalzada por su fe; porque ha creído el misterio
escondido de Dios; porque está dispuesta a prestar su vida entera para
que los hombres no se pierdan; porque puede traer en su seno a Aquél
que salvará a los hombres de sus pecados. Este acontecimiento histórico
y teológico es tan extraordinario para María como para nosotros. Y tan
necesario para unos y para otros como la misma esperanza que ponemos
en nuestras fuerzas. Eso es lo que se nos pide: que esa esperanza
humana la depositemos en Jesús. Pero es verdad que leído en
profundidad este relato tiene como centro a María, aunque sea por lo que
Dios ha hecho en ella. Dios puede hacer muchas cosas, pero los hombres
pueden “pasar” de esas acciones y presencias de Dios. El relato, sin
embargo, quiere mostrarnos el ejemplo de esta muchacha que con todo lo
que se le ha pedido pone su confianza en Dios. Por el término que usa
Lucas en boca de Isabel “he pisteúsasa”, la que ha creído, significa
precisamente eso: una confianza absoluta en Dios. Si no es así, la
salvación de Dios puede pasar a nuestro lado sin darnos cuenta de ello.
María y Dios o Dios es María son la esencia de este relato. No es que
carezca de su dimensión cristológica, pero todavía no es el momento,
para Lucas, de conceder el protagonismo necesario a su hijo Jesús.
Asimismo, el salto en el vientre de Juan también es primeramente por la
“confianza” de María en Dios. Eso es lo que la hace, pues, la “hija de
Sión” del profeta Sofonías.
Porque hoy también hay una "hija de Sión" y una presencia de Dios en
nuestro mundo: Es la comunión de los servidores, de las personas
audaces, de los profetas sin nombre, de los que hacen la paz y de los que
sufren por la justicia. Una hija o comunidad que supera los límites de
cualquier Iglesia determinada y configurada como perfecta. Son como la
prolongación de María de Nazaret ante la necesidad que Dios tiene de los
hombres para estar cercano a cada uno de nosotros. De ahí que en el
Cuarto Domingo de Adviento la liturgia expone el misterio de Dios a
nuestra devoción. Y debemos aprender, no a soportar el misterio, sino a
amarlo, porque ese misterio divino es la encarnación. Ello significa que la
vida se realiza en conexiones mayores de las que el hombre puede
disponer y comprender. La vida tiene cosas más profundas para que el
hombre pueda gobernarlas, comprenderlas o producirlas a su antojo. Y es
que todo lo que nosotros creemos que es lo último, en realidad es lo
penúltimo; así nos sucede casi siempre. Y por eso es tan necesaria la fe.
De ahí que, con toda razón, este Domingo propone como clave de
vivencias la fe; fe en la encarnación, en que Dios siempre esta a nuestro
lado, en que debe existir un mundo mejor que este. Y esa fe se nos
propone en María de Nazaret, para que advirtamos que el hombre que
quiere ser como un dios, se perderá; pero quien acepte al Dios verdadero,
vivirá con El para siempre.
El Cuarto Domingo de Adviento es la puerta a la Navidad. Y esa puerta la
abre la figura estelar del Adviento: María. Ella se entrega al misterio de
Dios para que ese misterio sea humano, accesible, sin dejar de ser divino
y de ser misterio. Y por eso María es el símbolo de una alegría recóndita.
En la anunciación, acontecimiento que el evangelio de hoy presupone,
encontramos la hora estelar de la historia de la humanidad. Pero es una
hora estelar que acontece en el misterio silencioso de Nazaret, la ciudad
que nunca había aparecido en toda la historia de Israel. Es en ese
momento cuando se conoce por primera vez que existe esa ciudad, y allí
hay una mujer llamada María, donde se llega Dios, de puntillas, para
encarnarse, para hacerse hombre como nosotros, para ser no solamente
el Hijo eterno del Padre, sino hijo de María y hermano de todos nosotros.
Este evangelio, en verso, suena así:
Dios, a los ojos humanos,
presenta cosas extrañas:
Convierte en madre a una “Virgen”
y a una marginada “anciana”.
Movida por el amor,
La “Virgen” va a la montaña.
Allí se encuentra a la “anciana”
tranquila , en su propia casa.
Son María e Isabel.
Más que primas, son “hermanas”.
Quieren compartir el gozo
de sentirse “embarazadas”.
La visita de María
llena la casa de gracia.
Isabel siente que el niño
salta alegre en sus entrañas.
Las “dos madres” se estremecen
en un canto de alabanza.
Dan gracias al Dios que mira
la humildad de “dos esclavas”.
Dios se acerca a nuestra puerta
y repica con la aldaba.
Sólo los pobres y humildes
responden a su llamada.
Pronto será Navidad.
Jesús buscará “posada”.
¡Ven, Señor! Ven a nacer
en nuestra humilde morada.
(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)



