Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 27-38
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que
os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que
tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman,
¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a
los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores
prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será
grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y
desagradecidos.
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados;
no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os
verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida que
midiereis se os medirá a vosotros».
PALABRA DEL SEÑOR
GLORIA A TI SEÑOR JESÚS
Este mini-catecismo radical fue muy valorado en el cristianismo primitivo, hasta el s. II. Se
recoge en el Evangelio O (de ahí lo toma Mateo y Lucas), y algo también en el Evangelio de
Tomás y en Didajé. Se ha dicho que la "regla de oro" es como el elemento práctico que
encadena estos dichos, aunque no sea lo más original ya que tiene buenas raíces judías: no
hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti. Lucas, no obstante, propondrá como fuerza
determinante el "sed misericordiosos como Dios es misericordioso". Algunos especialistas
intuyen que estas palabras eran como catecismo de los profetas itinerantes. No es el momento
de discusiones intrincadas para reconstruir el tenor original de las palabras, de Jesús, tal como
fueron vividas e interpretadas en los dos primeros siglos. Desde luego aquí se refleja mucho
de lo que Jesús pedía a quien le seguía. Su mensaje del reino de Dios implicaba renuncia al
odio, a la violencia y a todo lo que Dios no acepta.
Se trata, junto con las bienaventuranzas, del centro del mensaje evangélico en su identidad
más absolutamente cristiana, en exigencia más radical, en cuanto expresa lo que es la raíz del
evangelio. Y la raíz es aquello que da vida a una planta; que recoge el "humus de la tierra".
Frecuentemente, cuando se habla de radical se piensa en lo que es muy difícil o heroico. Si
fuera así el cristianismo, entonces estaríamos llamados casi todos a una experiencia de
fracaso. Por el contrario, en las exigencias radicales y utópicas del sermón es cuando el
cristiano sabe y experimenta qué camino ha elegido verdaderamente. Y no es lo importante la
dificultad de llevar todo esto a la praxis, sino saber identificarse con el proyecto de Jesús, que
es el proyecto de Dios.
Por eso mismo, el amor, incluso a los enemigos; el renunciar a la violencia cuando existen
razones subjetivas e incluso objetivas para tomar disposiciones de ese tipo es una forma de
poner de manifiesto que el proyecto de evangelio se enraíza en algo fundamental. Nadie ha
podido proponer algo tan utópico, tan desmesurado, como lo que Jesús les propone a hombres
y mujeres que tenían razones para odiar y para emprender un camino de violencia. La
sociedad estaba dominada por el Imperio de Roma, y unas cuantas familias se apoyaban en
ello para dominar entre el pueblo. La pobreza era una situación de hecho; las leyes se
imponían en razón de fuerzas misteriosas y poderosas, de tradiciones, de castas y grupos. El
mensaje de Jesús no debería haber sido precisamente de amor y perdón, sino de revolución
violenta. Y no es que Jesús no pretendiera una verdadera revolución; su mensaje sobre el
reino de Dios podía sonar en tonos de violencia para muchos. Pero ¿cómo es posible que
Jesús pida a las gentes que amen a los enemigos? Porque el Reino se apoya en la revolución
del amor; así es como el amor del Reino no es romanticismo; así es como el Reino es radical;
así es como el evangelio no es una ideología del momento, sino mensaje que perdura hasta
nuestros días. Jesús quería algo impresionante, y no precisamente irrealizable a pesar de la
condición humana. Es posible que durante mucho tiempo se haya pensado que la práctica del
sermón de la montaña o del llano no es posible llevarla a cabo en este mundo y se considere
que su utopía nos excusa de realizarlo. Pero utopía no quiere decir irrealizable, quiere decir
que está fuera de la forma común en que nos comportamos los hombres.
El amor a los enemigos y la renuncia a la violencia para hacer justicia es lo que Dios hace día
y noche con nosotros. Por eso Dios no tiene enemigos, porque ama sin medida, porque es
misericordioso (hace salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos añade
Mateo en este caso para ilustrar su comportamiento). La diferencia con Mateo es que Lucas
no propone "ser perfectos" (que, en el fondo, tiene un matiz jurídico, propio de la mentalidad
demasiado arraigada en preceptos y normas), sino ser misericordiosos: esa es la forma o el
talante para amar incluso a los enemigos y renunciar a la venganza, a la violencia, a la
impiedad. Ser cristiano, pues, seguidor de Jesús, exige de nosotros no precisamente una
heroicidad, como muchas veces se ha planteado; exige de nosotros, como algo radical, ser
misericordiosos. Así, pues, la propuesta lucana tiene su propia estrategia: ¿cómo amar a los
enemigos? ¿cómo renunciar a la venganza dé quien mi enemigo y me ofende y me hace
injusticia? No es cuestión que se imponga porque sí todo esto como precepto. En la
pedagogía de Lucas se expresa así: ser cristiano, seguidor de Jesús significa ser capaz de
amar incluso a los enemigos, requiere la praxis de "llegar a ser, hacerse, misericordioso,
como lo es Dios".
Este evangelio, en verso, suena así:
Hoy nos recuerdas, Señor,
amar a los enemigos,
hacer el bien, bendecir,
rezar por los vengativos.
Son mandatos “imposibles”
para el corazón herido,
pues nuestra sangre reclama
venganza, rencor, castigo.
Sólo, si llenos de fe,
contamos, Señor, contigo,
pondremos la otra mejilla,
prestaremos el vestido..
Tú nos hablaste de un Padre
bondadoso y compasivo.
Tú quieres que te imitemos
siguiendo tu mismo estilo.
Concédenos los regalos
de amar a fondo perdido,
prestar, sin esperar nada,
perdonar hasta el olvido.
Que, en el corazón sembremos
rosas de amor y cariño,
pues todos somos hermanos,
todos “hijos del Altísimo”.
Al comulgar hoy, Señor,
Con tu pan y con tu vino,
Como Tú, queremos dar
La vida por los amigos.
(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)



