Crímenes sin castigo (III). Los rostros de la impunidad

La historia ha dejado registradas las ejecuciones aplicadas a reyes, dictadores y militares. El zar Nicolás II, el último emperador Romanov de Rusia, fue fusilado en 1918 a la edad de 50 años, con su familia, por un escuadrón militar húngaro simpatizante de los soviets. Benito Mussolini (“El Duce”), cabeza visible del fascismo italiano, fue ejecutado junto a su amante Clara Petacci en 1945, por una patrulla de partisanos comunistas en la frontera con Suiza cuando intentaba escapar, luego de la estruendosa derrota del Eje Berlín–Roma–Tokio, al final de la II Guerra Mundial. Nicolae Ceaucescu, jefe del partido y autócrata de la República Socialista Rumana, estableció una cruel dictadura de 12 años (1967–1989) caracterizada por su exacerbado nacionalismo, represión desmedida, odioso culto a la personalidad, corrupción flagrante y una ruptura abierta con la Europa occidental. 

Una corte militar lo condenó a muerte junto con su esposa luego de la rebelión popular de Timisoara (1989) y haber sido apresados cuando intentaban escapar. Sadam Hussein fue un político y dictador iraquí que gobernó su país entre los años 1979–2003. Como líder de una facción sunita, reprimió con dureza a kurdos y chiitas y consolidó su poder durante la guerra entre Irán e Irak (1980–1988) y la Guerra del Golfo (1990–1991). Se calculan en más de 250.000 personas, las víctimas de su régimen. Paradójicamente, su activismo bélico fue debilitando su fuerza política en el golfo pérsico. En 2003, una coalición EE.UU.–OTAN, invadió Irak (“Operación Amanecer Rojo”), argumentando una posesión de armas de destrucción masiva (nunca las encontraron) y el hecho de mantener vínculos dolosos con Al–Qaeda. Un tribunal militar enjuició a Hussein por crímenes contra la humanidad

En 2006, Hussein fue declarado culpable del asesinato de 148 chiitas iraquíes en 1982 y condenado a la horca. En ese infamante álbum que produce vergüenza, dolor e indignación, descolló la figura siniestra del militar y político libio Muamar el Gadaffi quien gobernó con sevicia a su país durante 42 años (1969–2011). Gadaffi sintetizó los ideales del “Panarabismo”, cuyo forjador fue el líder egipcio Gamal Abdel Nasser. Ungido por su pueblo como “Líder, hermano y guía de la revolución”, impulsó la “yamahiriya” (“Tercera Teoría Universal”), discurso demagógico e incoherente que pretendía con sus imaginarios bélicos y posturas revolucionarias, navegar sobre el mar de petróleo libio y ser una “esperanza para el Tercer Mundo”, tesis peregrina sustentada con postulados geopolíticos neocoloniales: “Un Estado nacional–socialista, pro–soviético, panislámico y panafricano”.

Gadaffi fue ajusticiado por un grupo de milicianos del Consejo Nacional de Transición CNT (2011), luego de haber sido derrocado. Ha sido larga la lista de gobernantes, políticos y militares que sojuzgaron vilmente a sus coterráneos, muchas veces con la complacencia de éstos, otras, con la resignación estoica de sus opositores. Entre clamores de reparación y no repetición; entornos y contextos colmados de impunidad; tumbas, paredones y monumentos; cultos, silencios y olvidos, el siglo XX pasará a la historia como la centuria más violenta, oprobiosa y cruenta que haya vivido la humanidad. 120 millones de personas murieron víctimas de regímenes totalitarios que enarbolaron en nombre de la verdad, la justicia y la libertad, falaces estandartes nacionalistas, populistas y redentores. “Contra la injusticia y la impunidad, ¡Ni perdón ni olvido!”, rugía el dramaturgo alemán Bertolt Bretch. 

Historiador Universidad del Quindío. Especialista en Historia Contemporánea.

gonzalohvallejo@gmail.com

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