Alberto Rivera
El libro es un Un retrato ?ntimo y humano Gustavo Tatis Guerra recuerda que a sus trece años de edad, viviendo en el Sin?, entre Sahag?n y Monter?a, la novela Cien años de soledad, ejerci? una fascinaci?n enorme en su esp?ritu, porque muchas cosas que se contaban allí, eran vividas entre su familia y en el barrio, especialmente historias de la Guerra de los Mil? D?as o de las guerras civiles del siglo XIX. Se sinti? identificado al leerlo, no solo por las historias que narraba, sino por la manera natural y embrujadora como Gabriel Garc?a M?rquez las contaba.
Luego, vendr?a su estrecha relaci?n con la familia Garc?a M?rquez que se da por la amistad de sus abuelos maternos con Gabriel Eligio Garc?a Mart?nez, padre de Gabo. Esa fue la llave de entrada que condujo a Tatis a conocer en 1978 al premio Nobel de Literatura.?
Los encuentros que se dieron con Garc?a M?rquez eran para hablar de todo menos de literatura, y esta fue la clave que ayud? a Tatis a explorar la figura del hombre más allí del escritor: ?La de un hombre Caribe, con un gran sentido del humor y? una timidez para las multitudes que conjuraba con su magia y su desparpajo para contar historias?.?
?La flor amarilla del prestidigitador? se convierte en el retrato más intimo y humano de Garc?a M?rquez que en 17 cap?tulos revela detalles sobre c?mo la genialidad del escritor se erigi? en el seno de su familia.
?Cu?l fue la semilla que germin? en este libro, d?nde empez? todo?
Fue una semilla en el tiempo. Era un ni?o de solo trece o catorce años cuando empec? a leer Cien años de soledad,y tuve el deslumbramiento de que ese mundo contado, era tan cercano a nosotros en Sahag?n y Monter?a, donde pas? mi infancia y algunos años de mi juventud. As? que hubo una semilla emotiva y personal como lector, y otra fue conocer, siendo estudiante del colegio Andr?s Rodr?guez en Sahag?n, a uno de los amigos de Garc?a M?rquez, y personajes de Cien años de soledad: Germ?n Vargas Cantillo. Durante una mañana le pregunt? c?mo eran como seres humanos tranto Garc?a M?rquez como ?lvaro Cepeda Samudio.
Dos años despu?s,? mi familia se fue a vivir a Cartagena, en 1980, y allí conoc? a Gabriel Eligio Garc?a Mart?nez, padre del escritor, mientras cobraba la pensi?n de mi abuela materna de Sinc?, que result? ser amiga, vecina y contempor?nea suya.
Fue el padre del escritor quien me acogi? en su familia y me complaci? en mi deseo de conocer a su hijo, el genio de Macondo. Eso ocurri? en Arjona, en 1980. y Garc?a M?rquez, al saber que ven?a guiado por su padre, también ,me acogi? en su casa y me invit? a almorzar junto a Mercedes y sus suegros.
En 1982 siendo periodista de RCN fui temprano a entrevistar a la familia, con motivo del Premio Nobel de Literatura. Habl? con sus padres y hermanos. Diez años despu?s, como periodista de El Universal fui a hacer la cr?nica del barco franc?s Melqu?ades, con motivo de los quinientos años de la llegada a Col?n a Am?rica, y a su vez, era un homenaje al escritor.
Recorriendo el barco me encontr? con Garc?a M?rquez y le pregunt? si se acordaba de m? y me dijo con gracia: T? eres el muchacho impertinente que me visit? en Arjona. Ese d?a le ped? que me concediera la primera entrevista y me dijo ?Te espero el Jueves Santo a las 4 de la tarde en la casa de mi madre en Manga?.
Fui y aquello fue el comienzo de una conversaci?n que tard? casi cuatro horas y continu? en otro Jueves Santo? y en próximos encuentros que parec?an casuales, pero estaban tejidos con la l?gica del tiempo y de los instantes sagrados. Al salir, me puso la mano en el hombro y me dijo: Tatis, te he dado bastante material para un libro. Publiqu? ese año la entrevista, y ?l me llam? d?as despu?s para decirme: ?Te sali? muy bien?. Es el primer cap?tulo de La flor amarilla del prestidigitador.
?C?mo hacer un retrato ?ntimo y humano de Gabo cuando era todo surreal a su alrededor, es decir, su obra, sus actividades, en fin…?
No considero su vida surreal, sino de una intensidad humana y cotidiana m?gica pero al pie de la tierra. No ca? en la trampa de ser veloz para escribir el libro o el retrato humano, sino prudente, discreto, en el sigilo de la observaci?n y la curiosidad sin infidencias.
Al profundizar en su retrato, descubr? que no hay una sola palabra suya, una imagen suya, por muy desmesurada en sus prodigios, que no pueda se?alarse con el dedo en la realidad. Garc?a M?rquez era un investigador insaciable de la realidad y de los seres humanos.
Toda su magia proviene de esa capacidad implacable para sumergirse a fondo en la realidad y no en la irrealidad. El conocimiento de la realidad te lleva a los matices impredecibles de la ficci?n. La realidad siempre le saldr? ganando a la ficci?n. Toda existencia tarde o temprano, entra en los predios de la ficci?n, consciente o inconscientemente.
?Al final de todo, cu?l es su papel en esta obra… periodista, reportero, amigo, lector de una vida, admirador de Gabo?
Soy un amanuense de esa realidad que me toc? contar. Y el protagonista era Garc?a M?rquez y su realidad más cercana, la de su tribu. Fui prudente cuando la madre me dijo: Te cuento esto y lo cuentas despu?s que yo muera. Y la madre del escritor vivi? hasta sus 97 años. As? que secretos y confesiones guardadas tuvieron que esperar mucho tiempo para que las palabras se atemperaran como el vino. Me cuid? con rigor y guantes de seda, de no personalizar estos encuentros, le cort? las alas al ego y al embrujo de estar frente a uno de mis grandes ?dolos de infancia y juventud. En todo este retrato hay un periodista ante todo, que hilvan? en el tiempo, hilo a hilo, el inmenso y matizado tapiz de la memoria.
?Qui?n era mejor, Gabo en persona o Gabo en sus libros?
No puede concebirse el Garc?a M?rquez, genio literario, del Garc?a M?rquez de carne y hueso, el ser humano, del artista genial que crea el universo de Macondo. Es como im?n y limadura, energ?as supremas de la naturaleza humana y del ser, que vivieron para desarrollar un arte: el arte de contar historias.
Garc?a M?rquez era además un buen narrador oral, hered? de sus abuelos maternos de la Guajira: Tranquilina Iguar?n y Nicol?s M?rquez Mej?a, el coronel, la tradici?n de contar historias, un arte oral que heredamos de los africanos, pero también lo hered? de su padre y sus ancestros sucre?os: Gabriel Eligio Garc?a Mart?nez, de Sinc?, quien era un excelente contador de historias, un violinista, un home?pata, telegrafista errante en Sucre, C?rdoba, Bol?var y el Magdalena Grande, y gran conocedor de plantas medicinales.
Antes de ser telegrafista de Aracataca, ya lo hab?a sido en Sucre y C?rdoba. Tuve el privilegio de escucharle contar historias a ?l y a su esposa, la madre del escritor, Luisa Santiaga M?rquez, ten?a una manera certera y sorprendente de responder, que recuerda la manera de hablar de ?rsula Iguar?n.
En sus encuentros con Garc?a M?rquez hablaban de todo menos de literatura. ?C?mo era posible esa situaci?n?
Lo que no quer?a ?l, era academizar o racionalizar la literatura, le parec?a inc?modo sentarse a hablar de literatura, y al decir: No vayamos a hablar de literatura, hab?a que entenderlo: hablemos de la vida que es la mejor manera de tocar la literatura.
Pero siempre est?bamos en el l?mite de la tentaci?n, bordeando el esp?ritu de las palabras, de manera elusiva, como quien entra al para?so y pasando bajo las ramas del ?rbol del bien y del mal. Y en esencia, lo que habl?bamos ten?a que ver, por supuesto, con la vida, la materia prima de todas las ficciones.
Ante la figura de Gabo, uno se pregunta c?mo es su familia, c?mo se compart?a en casa con un escritor de semejante dimensi?n…
Garc?a M?rquez vivi? desde los ocho años, una tremenda soledad familiar,? cuando muri? su figura tutelar: el abuelo materno Nicol?s M?rquez Mejia, quien le contaba historias de las guerras civiles del siglo XIX, como veterano de la Guerra de los Mil D?as y le compart?a su tormentosa experiencia de llevar sobre sus hombros, a su muerto, Medardo Pacheco, figura que modela a Prudencio Aguilar. Garc?a M?rquez que vivi? la gran soledad familiar al separarse de Aracataca en 1937, con la muerte del abuelo, otras otras formas de soledad al integrarse al seno de su propia familia en la que nacen hermanos cada año.
Fueron once en total con do?a Luisa Santiaga M?rquez. El escritor era el mayor,? y su madre acog?a a los hijos que Gabriel Eligio ten?a fuera del matrimonio. Complet? cinco más. En total, el telegrafista de Aracataca y de Sinc?, tuvo 16 hijos.
Tanto sus ancestros sucre?os como sus ancestros guajiros, son un retrato de la diversidad cultural del Caribe, con sus supersticiones heredadas, con sus mitos y leyendas, y con la vieja y saludable costumbre de sentarse a recordar el pasado en el Rinc?n Guapo de la casa.
?En sus di?logos con Gabo, el qu? anhelaba ser, o llegar a ser, qu? se le pudo quedar en el tintero?
Todo retrato es siempre una aproximaci?n a una existencia fecunda y compleja como la de Garc?a M?rquez, con 87 años intensos y bien vividos, que llevaban el peso de memorias de más de doscientos años. Garc?a M?rquez era ya un viejo de siete años con la memoria de las guerras civiles del siglo antepasado. Nunca quiso responderme su visi?n de la muerte, pero me dijo: El problema de la muerte es que es para siempre. Luego, complet? esa respuesta a una periodista española: quisiera que la muerte tuviera un agujero para asomarme a ver la vida.
En esa b?squeda sobre el personaje, qu? fue lo más complejo de conocer o relatar de su vida?
Lo más completo de relatar es lo más ?ntimo de la vida de un genio. Hice varios retratos de facetas poco estudiadas de Garc?a M?rquez, la del hombre generoso con su familia, con sus semejantes y con su pueblo. Hizo demasiado por Aracataca, intervino para que el pueblo tuviera acueducto y en más de tres ocasiones se robaron el dinero, puso a Colombia y a su pueblo en la ?rbita del planeta, nos ense?o a triunfar,? a sentirnos orgullosos de nuestros ancestros,? liberaba presos pol?ticos, era secreto guardi?n de paz y de derechos humanos,? les propuso a los grupos guerrilleros del pa?s que se desarmaran y se convirtieran en grupos pol?ticos, que batallaran con ideas y no con armas; prestaba servicios hospitalarios a toda su familia en momentos cruciales. Garc?a M?rquez dec?a que nunca deb?a hacerse p?blico lo que se hac?a en privado, en cuanto a actos de solidaridad. Otra faceta desconocida era la del tenista que jugaba temprano para estar sano y enfrentar enfermedades. Otra, la del pedagogo y formador de generaciones de periodistas en el mundo. La del amante de la másica popular, el vallenato, la cumbia, el bolero, y la másica cl?sica. La del ser que consideraba la amistad como otra forma del arte.
?Por qu? el t?tulo del libro?
Porque el color amarillo estuvo presente en los momentos de gloria y duelo en la vida de Garc?a M?rquez. Flores amarillas para conjurar ?la pava? o las desarmon?as ambientales, sociales y humanas. Esa flor amarilla estuvo en la entrega del Premio Nobel, estuvo siempre en su escritorio, lo acompa?? siempre en su escritura de más de medio siglo, y lo acompa???más allí de la muerte en sus funerales y en los actos de celebraci?n de su vida y de su obra. Prestidigitador porque ?l siempre quiso ser un ilusionista, un mago de feria, un mago. Y lo fue con las palabras y con las realidades que nombraba.
?Qu? lecciones para la vida le deja la obra?
Much?simas. Una es la visi?n de nuestra historia, de nuestros mitos, de nuestras leyendas, de nuestras? realidades sociales, políticas y culturales. Leer Cien años de soledad es entrar en la historia de nuestra regi?n y nuestra naci?n, y entrar en la historia del mundo, a su vez. Leer El amor en los tiempos del c?lera, es entrar en la intimidad del coraz?n caribe y en los amores que fluyen al pie del mar Caribe en Cartagena. Leerlo es reencontrarnos con la esencia de nuestra tierra y nuestro esp?ritu. All? las estirpes condenadas a cien años de soledad, tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra cuando pasen de la soledad a la solidaridad.



