Jáiber Ladino Guapacha*
30 años de la publicación de su primera novela, Las horas secretas, bien vale la pena reconocer la producción que ha concebido después, Ana María Jaramillo, escritora nacida en Pereira a finales de la década de los cincuenta. En su obra posterior, ha enriquecido esa mirada sobre la mujer y su proceso creativo, algo que llamó la atención de quienes celebraron la franqueza de una autora que abordaba la realidad nacional desde la intimidad de los amantes y el cuerpo de la mujer.
Pocos años después de esta primera obra, en 1993, vino su colección de cuentos Crímenes domésticos, publicado por Colcultura con el reconocimiento de Premio Nacional de Cuento. En 8 relatos cortos y una “novelita”, Ana María conservó algo de esa narración erótica, en relatos como “El mujerero” quien, a diferencia de su primo el mujeriego, no colecciona anécdotas de alcoba, sino las visiones que vienen después de la satisfacción del deseo: “con el maquillaje corrido, la posición fetal del sueño, la expresión de calma en su boca, sus ligeros y asquerosos ronquiditos, la saliva que se va cargando de un sabor amargo…”
También alimenta el humor en historias como “Mustia de indiferencia”, en la que la novia parece coquetearle a un ladrón más que a su propio novio, por el aburrimiento que vive. El humor también se encuentra al final de “Nunca es demasiado tarde” en el que una esposa minimizada por el esposo termina convirtiéndolo en el combustible de su horno. “Casablanca”, es un juego intertextual con el clásico del celuloide con el que traza una de las líneas que caracteriza a la autora de tiempos más recientes, la que reflexiona sobre las narrativas del amor en nuestro canon.
Entrevistas
Una etapa siguiente en su escritura, plenamente mexicana, estará constituida por la publicación de un libro de entrevistas a escritores veracruzanos: Playas borrascosas, obras de teatro Vendo mi muerte, Bajo otro cielo, y un primer poemario La luciérnaga extraviada, a los que debemos sumar su trabajo como editora en el sello que dirige junto a su esposo, José María Espinasa, Ediciones Sin Nombre.
Ana María vuelve a la narrativa en 2007 con la publicación de Eclipses, Premio de la Secretaría de Cultura de Pereira, en el que profundiza el malestar de las mujeres y el mundo en el que se encuentran sumergidas y frente al que la única respuesta que parecen encontrar es el suicidio.
Casi diez años después, en el 2016, Ana María vuelve a la carga con dos novelas: El sonido de la sal y La dama, el poeta y el ropavejero. Cambalache de enseres y otros recuerdos.
Margarita, la protagonista de El sonido de la sal, acostumbra a ir al parque con Caliche, su perro, y allí los fragmentos de las conversaciones que escucha estimulan su pensamiento, cuestionan su día a día, sus deseos de evadirse, la recurrente pregunta para saber dónde está la vida, pues la rutina parece habérsela quitado.
Como en un juego de espejos, Margarita termina cuestionando a los lectores cuando juzga los planes incompletos, los amores perdidos, los sueños olvidados al amanecer, con un ritmo juguetón pues entre el dato científico de la ubicación geográfica y el decorado mitológico traído a colación, está el reclamo de ser como ese peñasco a la entrada del mar mediterráneo, peleado por españoles y marroquís: “Porque el destino del Perejil se decide en todas partes menos allí mismo, porque allí no pasa nada, no crece nada, nadie lo quiere para nada, salvo para decir que es suyo, nadie lo ama ni tiene gratos recuerdos de él, ni nostalgia por él, ni nadie quiere viajar allí de picnic ni de luna de miel ni siente deseos de ir a pescar ni de asistir a una fiesta en aquel paraje”.
Conversaciones
La dama, el poeta y el ropavejero es una serie de conversaciones que se dan entre estos tres arquetipos propios del amor cortés y sus posibilidades fantásticas: el dragón, el caballero, la torre, los piratas, el pañuelo y el espejo mágico. Sin embargo, las situaciones medievales se amplían con objetos más cercanos a nosotros como los puzles, las primeras obras de García Márquez o las colecciones de boleros en discos compactos. He aquí el punto de encuentro con lo dicho antes, con esa reflexión sobre el amor en la literatura canónica y la cultura popular, el acento melodramático y la profundidad del análisis de los sentimientos. Cada capítulo está titulado con versos memorables de poetas como Borges, Rilke, Quevedo o pensadores como Pascal.
Ana María Jaramillo, estudiosa permanente de Madame Bovary, Ana Karenina, Bella del Señor, El amor y occidente, convierte al lector en un “ropavejero” que va acumulando en su baúl, el libro que se lee, la memoria de los amantes en los objetos que se entregan. Algunos de estos objetos pueden ser asociados a los dispositivos tecnológicos que crean espacios virtuales donde se puede amar por fuera de la torre y el dragón: “Esto que deseo decirte no quiero comunicártelo a través de nadie, ni siquiera del Ropavejero ni del espejo mágico ni del túnel del tiempo ni de la caja mágica de la voz, te lo quiero decir desde mi corazón a tu corazón, así en voz baja y con unas cuantas lágrimas, tragando saliva, tapándome la boca con los dedos temblorosos…”
De esta manera, la recepción que la autora hace de la narrativa que hemos entronizado en el anaquel de los clásicos, llega hasta estos días digitales de las webcam, de las transmisiones en vivo, de las aulas en casa, para reiterarnos que, a pesar de todo el mundo virtual al que podemos acceder, el lenguaje del amor precisa los signos lingüísticos de la piel, del mundo del otro: “hace mucho tiempo que mi mirada está puesta en el horizonte, pero a veces uno pierde el camino de regreso, a veces uno ha quemado las naves, a veces uno vuelve y no encuentra la vieja casa de la infancia y a veces uno busca olvidando que ha encontrado”.
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*Quinchía, Risaralda, 1984. Magíster en Literatura y Licenciado en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Ha publicado cuentos, Las aventuras de la Barranquero y tres novelas: Andago. La línea K, Mapa con abejas y tambor y Trocha y telaraña. Se desempeña como docente en la Institución Educativa Miracampos, área rural del municipio de Quinchía (Rda).










