En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga:
“Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:
“Amigo, sube más arriba”.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Y dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».
Palabra de Dios
Reflexionemos juntos
Una sociedad ególatra
Muchos autores nos advierten de que una sociedad como la nuestra, estructurada en torno al consumo y la competencia, ha devenido en personalidades hedonistas y ególatras, obsesionados por aquello que entienden como el éxito personal.
Parece fuera del tiempo la persecución de causas comunitarias o simplemente colectivas, en las que dejando de lado el puro interés individual, podamos caminar juntos hacia el bien común.
En defensa del tiempo presente, sin embargo, podríamos afirmar que algo de esto ha debido estar presente en toda época en el corazón del ser humano.
Es a esta realidad a la que hoy el Señor viene a contraponer nuevamente la dinámica del Reino.
La advertencia contra búsqueda del poder o la notoriedad nace de la misma lógica que en otros pasajes del Evangelio le ha llevado a decir “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.” (Marcos 9, 35).
Porque es precisamente en el servicio y la entrega desinteresada, que hoy la palabra traduce como humildad y amor gratuito, donde encontramos el camino que nos conduce al núcleo de la vivencia evangélica.
w Llamados a la humildad
La humildad cristiana no puede entenderse únicamente como una virtud moral. No se trata, desde luego, de la negación de sí mismo. Menos aún, de la renuncia a explorar las potencialidades que como seres humanos albergamos.
Ser humilde, desde la mirada del Reino, tiene que ver más bien con el vaciarnos de nosotros mismos, para llenarnos de Dios. Esto es, con la escucha atenta a la voluntad del Padre, que en tantas ocasiones poco tiene que ver con lo que nuestra propia voluntad nos sugiere. El seguimiento evangélico se nos presenta siempre con esa gran dosis de “Kénosis” personal que hoy el Señor nos invita a vivir.
En palabras del Papa Francisco:
“También para nosotros, la humildad es el punto de partida, siempre, es el comienzo de nuestra fe. Es esencial ser pobre de espíritu, es decir, necesitado de Dios. El que está lleno de sí mismo no da espacio a Dios,… pero el que permanece humilde permite al Señor realizar grandes cosas.”
Desde este punto de vista, la humildad solamente se entiende como virtud en la medida en que se convierte en un camino para abrirse al amor gratuito. Volviendo a la imagen de la sociedad narcisista, se trata de restar espacio al Yo individual, para abrirnos al Nosotros en el que reconocemos la alteridad de Dios y de los hermanos.



