Mauricio Ramírez Gómez
La muerte de un escritor se asemeja a un naufragio. Con su desaparición sus pertenencias se desperdigan en todas las direcciones. Durante un tiempo, su familia guarda papeles y objetos, hasta que estos carecen ya de sentido y las nuevas generaciones los desechan, pues salvo casos excepcionales, en especial en las regiones, ser escritor es sinónimo todavía de inutilidad y pérdida de la razón. De ese naufragio que acaba por lo regular en olvido, solo se salvan aquellos que consiguen imprimir algún libro que lo sobreviva. Los demás, se convierten en nombres sin sentido, en los periódicos y revistas.
Un ejemplo de este último caso es el poeta Eduardo Martínez Villegas, reconocida figura intelectual de Pereira durante la primera mitad del siglo XX. Fue quizá nuestro primer crítico literario –al menos el primero que se preocupó por comentar las obras de los escritores pereiranos- y a quien la muerte, en una de sus jugadas macabras, alcanzó sin que pudiera publicar al menos un libro.
Según su acta de defunción, Martínez Villegas falleció el 10 de mayo de 1929, a los 38 años, a causa de un infarto. Se desempeñaba como cirujano dentista y tenía su consultorio en la carrera séptima, entre calles 22 y 23, cerca del gabinete del también poeta Julio Cano Montoya, fallecido meses después. De él escribió Lisímaco Salazar: “Martínez Villegas fue un escritor de la época que tronchó la muerte en plena juventud. En prosa fue un hombre que hizo con estilo propio, tanto que yo recuerde, que ganó un concurso en Bucaramanga con un ensayo sobre las Escuelas de la Poesía, especialmente de las nuevas, en las que empezaba a manifestarse su espíritu. Esto lo llevó a hablar de Rubén Darío y de la Escuela Parnasiana, comparando con esto a los compatriotas José Asunción Silva y Guillermo Valencia”. Colaboró en publicaciones nacionales, como El Gráfico, en Bogotá, donde al parecer tenía buenos amigos entre la intelectualidad capitalina.
La obra de don Eduardo está dispersa en los periódicos publicados en Pereira durante las primeras décadas del siglo XX. También es posible encontrar una buena cantidad de notas necrológicas que dan cuenta de su reconocimiento y prestigio. Algunos de estos escritos se encuentran recogidos en un cuaderno de recortes que al parecer reunió su viuda, doña Inés Gómez, quien le sobrevivió cerca de tres décadas. Ese cuaderno continúa a flote, en manos del autor de este artículo, por deferencia del fotógrafo Álvaro Camacho Andrade.
Del álbum de Eduardo Martínez Villegas compartimos dos poemas. En primer lugar, uno que con el título Fantasmagoral publicó en un periódico que no se precisa, con la siguiente nota: “El primer poema futurista escrito y publicado en Pereira”.
Hay sombras errabundas/que cruzan por el camino/en las noches de luna/y ejercen unas raras sugestiones/entre las profundas nerviosidades/de mi alma supersticiosa.
¿Son acaso las sombras/negras de todos los condenados/por los crímenes/que las noches presencian?
Ante los ojos asombrados/de los hombres que sueñan,/que le tienen miedo al ruido/que hacen las sombras/al pisar las hojas de los caminos/cruzan impasibles como si nada fuera.
Sombras que me detienen/y me dan miedo,/y que me asustan/y entonces,/interrogo el misterio de las sombras/que es el mismo misterio de vivir.
Claramente, no se trata de un poema futurista, sino más bien modernista, términos que era muy frecuente que se confundieran, debido al escaso contacto que se tenía con esas escuelas en la época.
Sin embargo, sí resulta más cercano a la estética futurista el poema que Martínez Villegas escribió con motivo del viaje en avión de las jóvenes pereiranas Olga Mejía y Rita Marulanda, cuando este era apenas un invento reciente.
El Avión
Gigante poderoso que el ámbito sereno/recorres invencible cual águila potente;/escrutas el espacio, respiras la corriente/de viento que está libre de miasmas y cieno.
Traspasas las esferas rompiendo, como el trueno,/las nubes encrespadas en medio del ambiente,/y dejas, a tu paso, vibrando entre la gente,/de aplausos sonorosos, el dulce desenfreno.
Viajero del espacio, gigante vigoroso,/del pensamiento vivo, potente y luminoso/ el más sublime símbolo. Gloriosa encarnación/del alma que en cristales convierte cada idea,/echándola hacia el cielo cual ave que aletea/llevándose jirones del mismo corazón.
Eduardo Martínez Villegas es uno de los intelectuales pereiranos más prominentes, al menos durante la primera mitad del siglo XX, y una muestra de que nuestros escritores no estuvieron tan aislados y desconectados del mundo, como a veces se nos antoja pensar. Ojalá haya oportunidad de ver su libro recuperado, para sacar a flote ‘un nuevo barco hundido’ y comprender cada vez mejor nuestro pasado literario.



