Aquí los pequeños tributos no son más que tributos a sus amigos de letras que le han hablado al oído en noches de soledad, de lluvia, de desesperación.
Juan Carlos Acevedo
La trayectoria literaria de Marta Cecilia Ortiz Quijano suma cerca de tres décadas y más de cuatro libros publicados, sumando la imprescindible antología que preparó para Escarabajo Editorial en 2022 bajo el título Luz al vórtice de las palabras. Cartografía poética de mujeres colombianas, cada uno de sus libros más esta recopilación la hacen muchas poetas a la vez.
Ortiz Quijano permitirá en su nuevo libro La brevedad de los días (Colección de poesía Pigmalión. Grupo Editorial Sial Pigmalión) que otros sujetos poéticos tomen su voz y puedan hablarnos desde la muerte, la familia, el amor y la mujer que es y pocos conocemos. No como unos heterónimos, no sino como alguien capaz de ver y expresar el mundo que pasa frente a ella.
El lector pensará con justa razón que ella como en el poema “Yo” del autor argentino Jorge Luis Borges que un hombre es todos los hombres, así Martha es todas las mujeres que discurren en los poemas de su nuevo libro.
Aquí el “yo” ella lo emplea desde la experiencia para decirnos que hay un mundo que se derrumba bajo los símbolos de la muerte y nos derrumbamos con él. No hay autoreferencia, la autora de estos poemas nos exige ir más allá. Ella construye una autobiografía a la manera de un espejo roto donde nos podemos mirar en cada fragmento.
Ver pasar
La parte del libro titulada El estallido de los gorriones nos refleja desde la violencia política, social, intrafamiliar que nuestro territorio está cansado de ver pasar, pero que, a manera de poéticas testimoniales, la autora se empeña en no dejarlas en las manos del olvido. Sería peligroso olvidar que la guerra, los feminicidios, los asesinatos siguen ocurriendo.
En el segundo entre título Álbum de familia, todo su linaje es invocado y quiere ser protegida de por él. Ante la incertidumbre de los días. No sólo es el espejo de la muerte donde la poeta quiere que nos veamos. Aquí llega la memoria y una Martha Cecilia indefensa ante la vida misma busca en su sangre, en la raíz familiar, quien cubra su orfandad. Una nueva voz, no la de la muerte sino la del tiempo llega en estos poemas.
En el segmento Los destellos del relámpago vuelve a asumir un nuevo “yo” que deja ver esta vez una poética intimista donde cada línea muestra fragilidad, cansancio y desesperación de una mujer cuyo interior está lleno de secretos y ruidos y oscuridad.
Al buscar respuestas entabla diálogos con Pessoa o Pizarnik, Gómez Jattin y Lilith, y muchas más, serán las voces que la reafirman en el último aparte del libro que parece bajo el título de A los otros. Aquí los pequeños tributos no son más que tributos a sus amigos de letras que le han hablado al oído en noches de soledad, de lluvia, de desesperación.
Texto en prosa
Mención aparte tendría el texto en prosa que da título a una especie de “bonus” en el libro Las mujeres que me habitan, una prosa testimonial, autorreferencial, aguda y dolorosa que nos da una visión más certera de los “yo” que habitan a Martha Cecilia Ortiz Quijano.
Esos “yo” plurales no le permiten ser indiferente ante su propia vida, ante la vida de afuera la que ocurre lejos de su ventana, de su gata Frida, de sus letras y que la hiere y la amenaza y le hace decir que en la brevedad de los días: “allá adentro, donde nadie la daña, escribe poemas bajo la luz de una lámpara”.
Algo les aseguro lectores: al final todos pensaremos, a la manera de Borges, – No sé cuál de todas las Martha escribió estas páginas.
*Ortiz Quijano, Martha Cecilia. La brevedad de los días. Grupo Editorial Sial Pigmalión. Colección de poesía 171. Madrid, España, Páginas 93. 2024.
ANIMAL INSOMNE
La vida es esto que muere.
María Mercedes Carranza
Este animal insomne que soy yo
muere en la tiniebla.
A las 3:00 de la madrugada
resucita
como el crucificado en la hora más alta.
Arden los sueños
cuando la vorágine llega
a la cúspide del aturdimiento
a la vigilia, al borde del miedo
al abandono
a la soledad en un poema.
LA CASA DE LA MEMORIA
El poeta vuelve a su casa de infancia,
aquella con olor a geranios.
Se esconde de nuevo
en la buhardilla de los recuerdos
el único lugar en el que se siente a salvo.
Yo también he regresado,
a buscar las cosas olvidadas:
los viejos juguetes,
esa muñeca con la que jamás jugué,
las canicas de colores de mi hermano,
la vieja cuerda con que saltaba
queriendo alcanzar el cielo, felicidad.
He caminado con sigilo en esa vieja casa
como un fantasma que añora el regreso de antiguos días.
¡Tantas tardes que pasé
en el patio viendo el caminar lento de las hormigas,
trepando el palo de mango sembrado por la abuela
tantos octubres de cosechas!
Hoy, el árbol ya no existe
como tampoco esa niña de coletas
y pantaloncitos cortos.
La que dañó sus zapatos
de tanto jugar a la rayuela los viernes.
Tampoco quedan los amigos de aquellos años.
¡Nada queda!
—El poeta siempre solicita el espacio de su propia infancia—,
lugar donde el tiempo es ilusión
LA BREVEDAD DE LOS DÍAS
El mundo allá afuera parece venirse abajo
vientos de últimos días dicen las noticias.
Y acá adentro, donde nada me daña
escribo este poema
bajo la luz de una lámpara.
Entrada en el monte
le huyo a la gran ciudad,
al bullicio de los carros y la gente.
No encuentro de otra
sino escribir y contar las horas
en esta brevedad de los días.
Me he tenido que asir
con todas mis fuerzas a mis raíces
como única salvación,
aferrarme a la tierra,
el viento de la vida que sopla,
única verdad posible,
a mi familia y a los que amo
ante los estallidos de tantas guerras.
RAÚL AL LÍMITE
A Raúl Gómez Jattin
No sé cuál fue tu último pensamiento
antes de dejar esta tierra, Raúl.
Nuestros caminos nunca se cruzaron.
En el minuto que le robo a la noche,
—te escribo—.
El filo de tu lápiz, igual que tus palabras
tus ojos de tempestades fueron la flecha,
la sombra del viento, tu figura ligera,
sin ataduras ni condena.
Te imagino en una mecedora elevando tu corazón insurrecto.
Ningún hospital logró encarcelar tus versos,
tus pies más allá de la comarca,
desde la aldea
hasta los confines de tu locura.
En ese río Sinú de tus amores dejaste
tus soledades cada día,
ese río: luna y reflejo.
En tu reino de poeta, entre la penumbra
te imagino
bailar con los zancudos.
En la hora del sueño Lola, tu madre,
acaricia tu cara de niño huérfano.
De tus bolsillos rotos no cayeron monedas
poemas, en esa mañana de mayo.
Las granadillas se hicieron estrellas
la dicha, real.
Mundos inventados en el ayer
donde la muerte y las guerras
no existían.



