El octavo estudio de percepción de jóvenes realizado por la Universidad del Rosario y Cifras & Conceptos, publicado en octubre, reveló una paradoja: las universidades son las instituciones en que más confían los jóvenes, pero es la instancia a la que menos acuden cuando tienen problemas emocionales.
Y es que, según la Organización Mundial de la Salud OMS, (Salud mental del adolescente, noviembre/2021), en el mundo, la mitad de “los trastornos mentales” comienzan a los 14 años y dos de cada diez casos no se diagnostican, ni son tratados. Y “trastornos emocionales” como la depresión y la ansiedad, integran el top diez de los que más afectan a los jóvenes, de allí se derivan otros de conducta o comportamiento, alimentarios, etcétera.
Luego ante un problema creciente, hay una comprensión insuficiente. Imperan las creencias y percepciones que consideran a esta generación como ‘frágil’. Aunque en realidad confluyen varios factores culturales y socio-económicos que han empujado a la juventud a padecer mayores vulnerabilidades. Esto es importante porque entender las causas y disponer de información más clara influye en el diagnóstico y por ende puede dar lugar a un cambio en las “conductas de afrontamiento”, búsqueda de ayuda o respuesta emocional.
En este orden, un nivel a resolver con urgencia es el de las creencias causales de quienes en algún eslabón debemos intervenir en la atención de la salud mental de la población juvenil. Al respecto, el estudio exploratorio de Diego, Soraya E. Castro-de, & Vicente-Colomina, Aida de. (2019), expone información relevante sobre la atribución causal y las creencias sobre los trastornos mentales en población general y sicólogos. Referencia importante porque luego de varias reuniones institucionales con las autoridades educativas y de salud, foros y tertulias universitarias; son latentes las carencias comprensivas que tenemos sobre el tema, como son deficientes las políticas de las autoridades encargadas de diseñar y orientar.
El trabajo cita varios estudios que han demostrado el interés de evaluar las creencias que tienen los profesionales sanitarios, en la medida en que estas afectan las actitudes y el trato hacia los pacientes, y hasta ocasionan comportamientos estigmatizantes, trayendo como consecuencia el rechazo de los pacientes a la búsqueda de ayuda, además influye en las convicciones de estos y sus familias sobre los problemas. Vendría bien un trabajo similar para evaluar las creencias que tenemos los profesionales del sector educativo y determinar si pueden estar influyendo en que los jóvenes no busquen ayuda en las instituciones que más valoran y en las que conviven buena parte del tiempo.
Ya en varias universidades estamos revisando los modelos pedagógicos y los PEI, advirtiendo la envergadura y la importancia del tema. A contramano, el apoyo gubernamental es casi nulo, tanto en formación, como en recursos. Cave señalar, con el presupuesto asignado vía bienestar universitario, las universidades reman en barcos de papel ante una marea emocional creciente, se requiere entonces que el Estado actúe mediante programas de salud pública y recursos de destinación específica.

