Jacques Delors. La educación, utopía necesaria

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

El mundo de lo educativo se apresta a conmemorar los 30 años de la publicación del “Informe a la Unesco”, condensado en el texto “La Educación encierra un tesoro”, bajo el liderazgo del escritor español Federico Mayor Zaragoza (su director) y el humanista francés Jacques Delors, padre de la Unión Europea. Destacamos en el día del educador, su célebre y profundo prefacio (“La educación o la utopía necesaria”) y “Los cuatro pilares de la educación” (Aprender a ser, conocer, hacer y convivir), postulado que ha sido convertido en dogma y doctrina. Su texto aun forma parte del catecismo pedagógico que pregona la fe en un sistema educativo caquéxico y moribundo. Frente a la crisis estructural que agobia al planeta gris, su marco praxiológico, hasta hoy incomprendido, sigue exhortando a la acción integral y reflexiva, crítica y creativa, transformacional y decidida…

Delors afirma que “Frente a los numerosos desafíos del porvenir, la educación constituye un instrumento indispensable para que la humanidad pueda progresar hacia los ideales de paz, libertad y justicia social”. Al releer este libro, ratificamos nuestra convicción sobre la educación, ésta como factor funcional de crecimiento personal y social, lejos de ser un recetario de pócimas milagrosas. Más bien, es una vía arteria que nos conducirá al desarrollo integral (bio–psico–social) del ser humano. Con ella se harán realidad nuestros imaginarios de equidad, justicia, inclusión, democracia, inter–generacionalidad, diálogo y libertad, componentes esenciales de una verdadera política educativa que dejará de estar relegada a la última categoría de las prioridades gubernamentales para enfrentar una realidad signada por la febrilidad ruidosa y enajenante del progreso científico–tecnológico.

 

En un mundo indiferente ante las dolorosas brechas económicas y socio-culturales, angustiosas y desesperantes, se tornará imperioso que, autores y actores del drama que viven sus comunidades, se responsabilicen y comprometan frente a ese, su destino común. ¿Cómo aprender a convivir en “la aldea glocal” si mostramos a diario la incapacidad de pertenecer a nuestras comunidades por razones de historia, nación, región y/o vecindad? Para ello, debemos afrontar y trascender tensiones vitales que, sin ser nuevas, están en el centro de la problémica social y cultural del siglo XXI: tensión entre lo mundial y lo local; entre lo universal y lo singular; entre tradición y modernidad; entre largo y corto plazo. Otras tensiones podrían ser: entre competencia y cooperación, espiritualidad y materialidad, tecnocracia y humanismo, intereses y necesidades, falsedad y veracidad…

La educación debe tener como misión visional permitir que todos, sin excepción alguna, logren desarrollar sus talentos y capacidades críticas y creativas. Esto implica que cada agente educativo tenga que auto–valorarse, comprenderse a sí mismo en esta suerte de viaje interior que será jalonado por el conocimiento–acción, la meditación y el ejercicio crítico; se responsabilizará de él mismo al realizar su proyecto personal de vida desde la auto–regulación y el auto–cuidado. Sólo así, se valorará al otro; se comprenderá su mundo particular y contingente; surgirá la empatía y el compromiso solidario con sus afanes y desvelos; sólo así, se deconstruirán y resignificarán aspectos éticos y socio–culturales propios de una educación liberadora. Allí, el compromiso asuntivo, decidido y participativo con su historia personal, glocal y social, será el eje transversal de este programa de vida.

Mes del educador. Tributo al maestro.

Supervisor de educación.

gonzalohvallejo@gmail.com

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