n Diego Firmiano
Son tres novelas como en una caja china: La que escribe con maestría Jorge Franco Ramos, la que narra desde el dolor el crítico cultural Sergio Cuéllar, y la que redacta Anderson Posada a modo de catarsis. Literalmente, las tres son una, y convergen en «El vacío en el que flotas» (2023), una novela sobre pérdidas y reivindicaciones, y la manera de cómo la vida se impone y recomienza aún en contra de todo. El nuevo libro del autor antioqueño luego de cinco años de silencio, a partir de El cielo a tiros (2018), el eje central, comparado con sus trabajos previos, no es la violencia directa y cruda como en «Mala noche» (1997), o «Rosario Tijeras» (1999) o «El mundo de afuera» (2014), sino las consecuencias de esta, donde una familia se desbarajusta por el extravío de su hijo en una explosión y otra intenta recomponerse gracias a ese mismo suceso.
Un tema sensible en Colombia donde los niños han sido víctimas al igual que las familias, pues la violencia ha tenido sus etapas, ya que si antes su crudeza apuntaba a lo individual (la muerte de un político, un narcotraficante o un líder), ahora el impacto se visibiliza en lo colectivo, lo social, creando nuevas realidades, tal como Jorge Franco lo dibuja en su nueva novela editada por Alfaguara. Un planteamiento doloroso que, sinceramente, no es desconocido y es de doble naturaleza: el terrorismo que no acaba y las víctimas que siempre están; El bum de ellos y el ay de nosotros; el qué hacer luego del disparo o el estallido súbito y estridente.
Porque el sufrimiento, la muerte o desaparición de un niño, suscita el problema del mal en su forma más incontrovertible. Y a causa de esta realidad tan a flor de piel es que vemos que los personajes de «El vacío en el que flotas» tienen rostros sin luz y sonrisas sin brillo, como los de Sergio Cuéllar y Celmira Medina, quienes inundados por el dolor y la culpa de haber perdido a Richard «Richi» en un zambombazo, desean recordar insistentemente cada segundo del evento para desentrañar lo sucedido y así salir de la zozobra de saber si él murió, se perdió, fue raptado, o simplemente quedó hecho fragmentos por la bomba.
Y por otro lado también percibimos cuerpos sin música como el de Uriel Posada, un personaje que de día trabaja en un restaurante de alta gama (Truco) y de noche se convierte en la diva Kiki Boreal, o el de Anderson Posada, un joven que crece a la vera de su «padre» (eso luego se verá) mientras escribe una mono novela inspirado por el alcohol y de aparente éxito editorial, intentando entender su pasado para recuperar su identidad más íntima en el presente. Dilemas constantes de los cuatro personajes que, narrados en paralelo por el autor, nos mantienen en vilo y nos dejan experimentar rabia, tristeza, desesperación, sed de justicia y la esperanza de encontrar un final feliz para aquellas almas.
No tenemos duda que Jorge Franco Ramos, con su nuevo libro, desea llegar hasta la médula suave del corazón lector para romper la coraza dura de los sentimientos humanos. Porque todos los personajes principales (Sergio Cuéllar, Celmira Medina, Uriel y Anderson Posada) como los secundarios (Boris Tinoco, y otros) flotan en el vacío de la cotidianidad, y semejantes a seres parados en arena movediza, se hunden cada vez más. Unos por acomodarse a la vida siguiendo sus lineamientos canallas y los demás tratando de entender los giros bruscos de un destino que insiste en arrojar a los buenos al caos y al dolor. Vivir, para ellos, y para todo mortal, implica construirse de la nada, recrear la existencia, elegir la felicidad, el amor, el sexo, incluso hasta adorar dioses extraños y personales.
Y he aquí la crudeza y el tacto narrativo de esta novela, porque la sombra también es hija de la luz, y solo quienes han pasado por una tragedia personal o colectiva han sentido la verdad en Colombia, y nadie, ninguno de nosotros, lastimosamente, puede eliminar el aire de aquellas épocas incorporado a nuestra sangre a causa del terrorismo histórico. Es el caso de la bomba que estalla en «El vacío en el que flotas», que podría ser el atentado en 1988 al edificio Mónaco de Pablo Escobar en Medellín, la destrucción del Club el Nogal, o el bombazo del Parque de la 93 en Bogotá, o cualquier otra detonación que deje ruinas materiales y humanas. Pocos olvidan algo así, y ese es el látigo personal que nos ha sido dado como nación, junto con el don narrativo otorgado a narradores de la talla de Jorge Franco y otros (Gustavo Bolívar, Alonso Salazar Jaramillo, Mario Mendoza, etc.) que nos recuerdan las heridas de manera artística.
Tiempos aquellos como escuelas de dolor en el cual aprendimos el valor de la vida, y escenario literario donde también aprenden los personajes ideados por Jorge Franco Ramos, cuya mayor tragedia es, irónicamente, el haber quedado vivos en medio de tantos muertos y desaparecidos, porque solo el superviviente tiene razón, y tenerla es conservar, en contra de la voluntad, la otra cara de la verdad: el dolor. En el país del realismo mágico; de las esmeraldas y el café; de los paisajes exuberantes y la economía; de pájaros y elefantes; la existencia demuestra siempre ser tan fantasiosa como las novelas mismas. Experiencias dolorosas en la realidad o en la ficción que demuestran que es más fácil reconstruir los hechos que soportar las pérdidas personales o colectivas.
«El vacío en el que flotas» es esa cámara que registra la tragedia de una época y el drama puntual de dos familias, aclarando, eso sí, que no estamos frente a un trabajo literario de «no ficción», ni siquiera «crónica» o «narración testimonial», sino ante una historia ficcionada, y como tal, podemos ver un lado ignorado de la violencia: las secuelas internas en la psiquis de las víctimas. Todos los elementos están ajustados en esta novela para mostrarnos esa realidad. Y así entonces, si la vida dibujada por Jorge Franco en su obra es una línea que avanza en una serie de curvas, la muerte es la caída perpendicular sobre esta recta. Por eso los lectores sentipensantes somos testigos de un debilitamiento de la memoria y del instinto de autoconservación de los personajes, porque Celmira Medina, madre de «Richi», empieza una nueva vida a partir del caos, y Sergio Cuéllar intenta escribir como una justificación infructuosa por «comprender» la tragedia y no derrumbarse del todo como su esposa.
¿Cómo procesar, entonces, todo esto? Pensemos intratextualmente (dentro de la novela) en la escritura como un oficio sanador, como una medicina del alma para los tres novelistas mencionados al inicio, porque en «El vacío en el que flotas» se cuestiona severamente si sirve o no escribir, si es un mero acto de vanidad o catarsis o, por el contrario, es necesario el dolor como material escritural o solo basta la imaginación. Y si Sergio Cuéllar no puede concluir su novela, pero Anderson Posada sí, significa que los papeles se invierten, pues el primero tiene todo el material de hilatura (la desaparición de su hijo «Richi»), y el segundo apenas juega con la memoria y una remembranza difusa, cuyo fin es saber quién es él mismo.
Finalmente, no basta con disfrutar la literatura como una colección de impresiones o la recreación de mundos exteriores, es necesario comprender lo mucho del autor y de la época que existe en una narración cualquiera y lo percibido a través de la lectura es apenas la punta de iceberg. Con este nuevo título emitido por Alfaguara es fundamental tener ojos para «ver» dónde está Jorge Franco acá, y en qué lugar se esconde allá; en qué momentos escribe con dolor y rapidez, y en cuál otro con una imaginación pura, ya que hay algo claro en materia estilística: no hay novela literaria que no sea más íntima que la conciencia misma. Salud.
*diegofirmiano.wordpress.com



