Niebla tenue en mi atardecer
Por: Jorge Mario Marín Pérez
jmarin61@estudiantes.areandina.edu.co
Transcurre mi vida tan rápida y tan efímera que pensar en un lugar “feliz” me produce agobio. Felicidad y tristeza. Más que emociones o estados de mi mente, son formas de ser, un cúmulo de personalidades que varían según no sé qué, ni tampoco dependiendo de qué. Toda mi vida me he sentido acorralado por las dos, sin importar el lugar, sin importan la presencia, sin importar el momento, sin importar la falta de tacto que tienen consigo mismas.
Es como si una no pudiera vivir sin la otra, ya que, para la existencia de una, equivale a la aceptación de la existencia de la otra, son como un complemento. Pero claro que he encontrado lugares en los que he hallado la satisfacción que siempre queremos encontrar, aunque creo que no es por el lugar. Tal vez un olor, aroma, conversación, silencio o alguna sensación en particular que genera tanta inmensidad en mi alma, no lo sé.
El problema es que después de la primera o segunda o tercera o cuarta o quinta, no importa en qué ocasión sea, pero en algún momento hallo algo de melancolía en cierto punto donde me ubicaba tan dichoso en otras ocasiones.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de estas dos sensaciones que en muchos momentos es imposible saber cuál es la que verdaderamente está dominando en cierto momento. Me confundo. Aunque me veo obligado a convivir así, aceptándolo. Y me gusta. No solo me produce placer el hecho de reírme, del gozo en mi rostro. Existe algo mágico en los recuerdos que aparte de golpear tan fuerte en ciertos momentos, también producen complacencia. Son esos recuerdos que se quieren revivir y aunque no se puede, por el cuerpo pasa una corriente de melancolía satisfactoria en la que no se sabe si es mejor recordar u olvidar.
Siempre que tengo la disponibilidad de buen tiempo suelo frecuentar cafés, bares, restaurantes de la zona central de la ciudad. Lugares que nos reconfortan cuando estamos vueltos mierda. También a menudo voy a visitar primos, amigos o simplemente voy al cine.
Son tantos lugares que me han producido placer a lo largo de mi trayectoria en la vida que me siento incapaz de quedarme en uno, siempre tengo que encontrar otro para intentar sentirme mejor, pero son esos mismos sitios que en cualquier santiamén resultan incomodos, desvelando cierto grado de angustia en mí. Todos los días me encuentro intentando hallar “el lugar más feliz”, aunque sé que está en mi cabeza. Pero uno es tan terco y testarudo que sigue en la búsqueda.
La sanación del mar
Por: Ángela Vanegas Montoya
Avanegas14@estudiantes.areandina.edu.co
Sin duda alguna, el mar es mi lugar favorito, siempre había deseado verlo, sentirlo, olerlo, pues en todas las novelas que veía junto a mi madre podía ver lo hermoso y majestuoso que es, así que desde muy pequeña mi mayor deseo había sido ir a un lugar que tuviera mar. Hace 10 años en mi cumpleaños número 12 tuve el placer de conocerlo, desde el momento en que iba en el avión lo imaginaba, sus colores, su sabor salado, su sonido, para mí era como si fuera a conocer un dios y ahora en mi actualidad entiendo que no estaba tan errónea porque aún sigue siendo eso para mí, un dios.
A él acudo cada que quiero sentirme tranquila, cada que quiero liberarme del ambiente en que me encuentro, me frena el estrés, el sonido de las olas me recarga, solo la idea de pensar que voy a estar en el mar me produce una gran relajación, me alejo de las preocupaciones del dia a dia , aparte de que me encanta, he leído y comprobado que tiene fines terapéuticos, en enfermedades reumáticas ,traumatológicas, dermatológicas, del sistema respiratorio o del sistema venoso, entre otras, demuestra que la naturaleza a veces puede hacer mucho por nosotros.
Sí, creo en el poder de la naturaleza, en que hay pocos paisajes que logran esa sensación de relajo o de felicidad con tan solo verlos y la playa es uno de esos. La profundidad, la grandeza y las olas del mar me hipnotizan, me seducen hasta lograr que me sienta más relajada y feliz. Pero sin lugar a duda lo que más amo de él es la unión familiar que logra, cada que organizamos un viaje a la playa toda la familia se une, al estar allá puedo verlos sonriendo a cada instante, unidos , amándonos y eso me hace apegar más a él.
El Paraíso de las flores
Por: Candy Lisbeth Maldonado Garay
cmaldonado7@estudiantes.areandina.edu.co
En mis vacaciones del colegio amaba ir al paraíso de las flores, finca de mis abuelos maternos ubicada en las afueras de Cúcuta cerca de un pueblo llamado chinácota. Alistar la maleta y esperar a que mi abuelo me recogiera, llegar a la finca y sentir la alegría con la que mi abuela nos recibía era mi felicidad en aquella época.
Escuchar los pájaros cantar desde temprano, el ruido de la quebrada, el olor a café hacia las 6:00 am es inolvidable. Me levantaba, me organizaba, me dirigía a la cocina saludaba a mi abuela y me asomaba por el corredor con mi taza de café en la mano. Observaba el leve sereno que quedaba de aquel amanecer, la neblina pareciera absorbiéndose por cada rayo de sol que se posesionaba sobre aquel cielo radiante.
Caminaba con mi abuela por el corredor regando cada flor y escuchando la historia de cada una de ellas, disfrutaba de sus aromas, sus colores, su textura y el canto de los pájaros acercándose a ellas.
Hacia las 9:30 de la mañana, salía en compañía de mi abuelo a recorrer la finca en caballos, llevábamos el café y la parva para los empleados, disfrutábamos del paisaje, observábamos los cultivos, bajábamos hasta la quebrada para que los caballos tomaran agua y descansaran; Mientras tanto me sentaba en una piedra a escuchar las historias de mi abuelo.
Terminábamos de hacer el recorrido y volvíamos a casa, nos esperaba una limonada fría y mis primos para jugar. Corríamos alrededor de la finca hasta agotarnos, luego nos sentábamos en la sala y jugábamos parqués. En las noches disfrutábamos mirando la luna, las estrellas brillar, las luces de las luciérnagas y una taza de chocolate caliente hecho por mi abuela.
El sábado por la mañana alistaba mi maleta, me despedía de mi abuela con un fuerte abrazo, subía al carro con mi abuelo y emprendíamos el camino para regresar a casa de mis padres. A un costado de la carretera mi abuelo se estacionaba y observábamos lo hermosa que se veía la finca rodeada con las flores.



