A las 8:00 a. m. no debes llorar

Ángel Gómez Giraldo

¡Quién lo creyera! Solo es martes y Pereira amanece trasnochada. La verdad es que no duerme.

“!Qué duerman los gatos!”, dijo una muchacha rumbera que se pega de lo que primero encuentra en cuanto a ritmo musical en “San Pues”, la discoteca de la calle 24, frente al Lago Uribe Uribe. Y no se apaga la algaraza durante toda la noche con roce de cuerpos en la intermitencia de las luces.

Es una barahúnda sin control que se te mete por los pies y no atinas a saber por dónde va a salir.

Ritmo del patas que arrastra al peatón, al público que pasa por la calle imaginando orgías diabólicas.

Fantasías que inspiran hordas de jóvenes de piel tatuada. Cuerpos sentados sobre las escalinatas de acceso a la discoteca.

En la mañana nadie sabe cuántos cuerpos  ardieron en los reverberos de carbones encendidos durante la noche anterior.

Pero como hace rato amaneció y a Pereira le guardan siempre sol para la mañana, ahí lo tenemos y entonces a las 8:00 a. m. nadie debe llorar.

Sus rayos llegaron al parque El Lago y la mañana es primaveral. Hasta los más viejos se ven frescos, rozagantes. Tienen el olor del primer “tinto” del día.

Sin embargo me parece ver en uno de sus costados, el de la calle 24 entre carreras 7a. y 8a. un cuerpo con las puertas abiertas de par en par. Como descuartizado. Mas no sangra.

 

Adentro

Lo que muestra adentro  son libros. Son un centenar de libros con todos los géneros literarios: novela, poesía, historia, ensayo etc. También las satinadas revistas como Semana y Arcadia, ésta de llamativos pechos literarios. Los principales periódicos impresos, El Tiempo, El Espectador y El Diario de Pereira.

Esta anatomía abierta al público no repugna, por el contrario agrada porque tiene la belleza de los libros y las revistas.

La verdad es que es un paradero de lectura o programa que tiene la Alcaldía de Pereira con la Secretaría de Cultura y la Biblioteca Ramón Correa para que la gente limpie la mente leyendo.

Y sí, allí encuentro personas “explayadas” obteniendo información a través de los periódicos. Otros hundidos en la revista Semana y algunos, los menos a la literaria Arcadia, porque son los más cultos. Pura cultura encierran estos armarios metálicos para que no jodan.

 

Y son cuatro

El parador de lectura de El Lago es uno de los cuatro instalados en el centro de la ciudad. Los otros tres aparecen en la Plaza de Bolívar, el parque La Libertad y el parque Gaitán, frente a urgencias del hospital universitario San Jorge. Y esto ayuda a la recuperación de la salud de los hospitalizados que sueñan con salir a leer.

Este ubicado en El Lago lo atiende Gloria Martínez, una caleña hecha de sol, quien se tropezó con un pereirano que estaba de paso en la capital del Valle del Cauca y siguieron caminando juntos por la vida hasta que llegaron a la capital de Risaralda para fabricar con cariño el nido de amor.  De esto hace ya más de dos décadas.

Mientras abre el armario de los libros, todas las mañanas, dice “lo bueno de los pereiranos es que sonríen todo el tiempo”, y añade: “Es que a los serios se los lleva el diablo”.

Hay que agregarle a esta dama que es tecnóloga en gestión documental y asistencia a varios seminarios de bibliotecólogía.

Hace cuentas y revela que el puesto proporciona lectura a unas 800 personas al mes.

Los viejos solicitan la prensa de la fecha, y los más jóvenes como es el caso de Andrés Felipe Melchor Taba (20 años), se acercan por Una Dosis de Vitamina para el Espíritu, del escritor Humberto Agudelo G.

Los veteranos de la vida evocan los tiempos en que se prohibía leer, y se pierden con los libros del escritor colombiano Vargas Vila.

Para otros es  Historia de una Ciudad, de Fernando Uribe Uribe. El Olor de la Guayaba de Gabo es para los de mejor olfato.

Lee hasta nuestro León Ruiz, un hombre que llegó a la Perla del Otún bastante joven, de Sopetrán Antioquia, y se quedó viviendo en la calle porque no encontró el trabajo que deseaba, y de la calle no ha podido salir desde hace 30 años. “Ya no salgo”, me dijo con tono de persona desahuciada.

Son las 10:00 de la mañana y están los que vinieron a leer, los otros se empelotan y se bañan en la fuente como si nada.

 

Andando

Así pues que prosigo con la curiosidad de ver cómo se está cocinando el sancocho de letras en los demás puestos de lectura.

Con la curiosidad atragantada en el pescuezo llego a la Plaza de Bolívar.

Con paso furtivo y mirada de iguana me acerco al puesto, y ¡Oh Dios! No es una anatomía descuartizada ni un armario de puertas abiertas.

Es un cuerpo cerrado, virgen. No abierto. Está frío a pesar de que el sol lo calienta todo.

La anatomía está pinada de verde pero eso si bien ajustada. Tiene buena seguridad.

Me le acerco aún más al armario y lo encuentro totalmente sellado. Ajustado como las señoritas cuando existían.

Mirando bien encuentro que tiene dos cinturones de castidad. Dos candados finos que no los abre ni el diablo con la fuerza que tiene.

“Esto no puede ser”, pensé, y desistí de buscar los otros dos puestos de lectura, optando por otra cosa.

Envié un mensajero con un recado para la directora de la biblioteca Ramón Corra, la muy diligente y simpática Karen, pidiéndole que me enviara las llaves para abrir el puesto de lectura de la Plaza de Bolívar.

Empezó la misa de 12:00 del día en la Catedral, y el mensajero no regresaba a mí. Y no aparecería jamás puesto que le había pagado la vuelta por anticipado.

Moraleja: el que paga la música por adelantado, jamás escuchará un buen concierto.

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