Ángel Gómez Giraldo
Encontrar un joven, ya maestro en artes plásticas, no es nada fácil. Sin embargo ese hombre que cambió el carriel antioqueño por el pañuelo del bambuco para arraigarse en Pereira, llamado Alfonso Vélez Uribe, me aseguró que con él lo encontraría, y así fue como a la mañana del sábado 12 de este mes me recogió en su automóvil, un Zotye Camero, que aunque parece un carro de fuego lo conduce con la misma facilidad con la que maneja a su mujer.
Tan cierto es que no reparó en el cielo cubierto con cortinas grises, amenazando torrencial aguacero que no cayó porque en esa amistad que mantiene con Santa Bárbara a la que se le pide con devoción y ahuyenta las tempestades, ella le dio gusto cual boba enamorada.
Tomamos dirección vía a la ciudad de Armenia y llegamos rápido al Restaurante Ecohotel La Casona, kilómetro 7, donde todo es verde menos la cocina que no es vegetariana.
Una vez allí se dirigió a un hombre de juventud mediana y de estatura suficiente. Rostro de monje, apacible quiero decir, cabellos peinados en cola de caballo encabritado que le llega a cubrir la mitad de la ancha espalda, ojos oscuros de mirada limpia. De traje lucía camisa de tejido grueso, color verde, para pantalón clásico de caballero tradicional.
El maestro
“Aquí tienes a John Freddy Villa Londoño, maestro en artes, muralista, escultor y decorador, porque ahora se dedica al arte comercial”, dijo mi compañero de viaje con entusiasmo.
Una vez entramos en diálogo y confianza le aceptamos al maestro de artes un café tan caliente que parecía haber sido preparado en la estufa de los mismos infiernos.
Pasada la deliciosa bebida nos invitó a su casa ubicada en una finca a unos 2 kilómetros de donde nos encontrábamos.
El nos guió yendo adelante sobre el espinazo de una moto carranguera, para caminos escabrosos.
Alfonso y yo nos apeamos al llegar a la parte más alta, desde donde se veía allá a bajo pero a corta distancia la vivienda. Parecía que estuviéramos encima de la edificación, lugar de nuestro destino final.
La casa al fondo, pequeña, en una hondonada de la finca La Soberana de una naturaleza de verde en azul, al lado de otras edificaciones embellecidas con techos de colores.
Cuando alcanzamos a John en corto viaje a pie se encontraba ya en su casa como rey que espera ser servido por cortesanas.
Nos recibió como a los buenos amigos, con abrazo y arrimadita de corazones.
Afuera una mujer que para no ser tan joven me pareció muy Palmolive. Luego supimos que era la señora madre del pintor. “Y si ella es la mamá cómo será la pareja”, pensaba yo muy adentro.
Al proseguir hasta el interior de la vivienda sorprendimos otra mujer, esta sí muy joven, de tez blanca, cabellos negros y largos. Ojos tan grandes como la cama de matrimonio cuya cabecera va de pared a pared.
Mientras observábamos las pinturas como decoración de las paredes, su compañera “Dany”, permanecía haciendo bellezas en la cocina, pues es la chef del mismo Ecohotel La Casona.
A la hora del almuerzo nos sirvió trucha a la manera de mujer enamorada, plato que consumimos acompañado de vino blanco y elogios para la hermosa muchacha haciendo de anfitriona.
La vida
Tan excelente plato me lanzó de bruces a la vida de Villa.
Nació en Manizales por el barrio Campo Hermoso que parece ser las alas del otro barrio cercano, Chipre, en el año de 1981.
Estudió lo que el quería y no quería su familia: artes plásticas en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Caldas.
Hecho como para el dibujo no fue sino nacer para que a los 3 años estuviera rayando las paredes de la casa con un lápiz que manejaba como un juguete.
De más edad iba al Parque del Agua y dibujaba las busetas del transporte urbano en perspectiva y las incendiaba con los colores de la paleta del pintor.
Había empezado a imaginar y pintaba según su psíquis. Ya dibujaba, con gestos surrealistas.
El surrealismo como arte pictórico surgió alrededor de 1924 y se le llamó así mismo Arte de Vanguardia. Y es arte que expresa el mundo interno del artista.
Dalí llamado “El Divino” era tan surrealista que “soñaba hacer de pan los muros de la casa que habitaba”.
Y qué decir de Picasso que sacó toda la angustia de la muerte de la guerra civil española y creó Guernica.
Revela el maestro Villa que ha realizado exposiciones en catálogo con el título de Espacios del inconsciente y en el año 2012 participó en la Cruzada de Artistas del Eje Cafetero que se cumplió en Pereira.
Para vivir a todo chorro la pintura, llegó al muralismo, “que me ayudó a crecer como artista”.
Sus murales en Pereira están en el Aeropuerto Internacional de Matecaña, en la Institución Educativa Rafael Uribe Uribe y en el Parque Lineal del barrio Kennedy con temas ecológicos. Además sacó adelante el proyecto mural de fachadas con paisaje cultural cafetero del Municipio de Pereira para los corregimientos de Arabia y Altagracia, conjuntamente con los artistas Juan Carlos Salcedo y Néstor Gómez.
El muralismo rechaza la pintura de caballete y es movimiento de carácter indígena que surgió después de la revolución mexicana para socializar el arte.
¿Su artista más admirado en las artes?
El maestro Ramón Giraldo, el escultor que me enseñó a hacer los moldes para las esculturas comerciales.
¿En qué piensa?
En continuar con las esculturas como arte comercial y continuar pintando.
John Freddy Villa es un romántico desde la adolescencia: “Tuve novias por montones pero me traicionaron. Por eso amo tanto a “Dany” (Daniela) mi mujer, tan niña que no sabe de infidelidades y me prepara buen pescado para que viva contento”. Este maestro en artes reside en Pereira desde el año pasado y no se las pica a pesar de que Mario Lozano, otro maestro de la pintura se atreviera a decir de él: “Yo amo la obra de Villa”.



