Julián Chica Cardona*
En su “Oda al aire”, el poeta Pablo Neruda, dice en el primer verso: “Andando en un camino encontré al aire”, y más adelante: “por eso eres transparente, / para que vean lo que vendrá mañana…”. El aire como cualidad de transparencia en la sentencia de lo que el futuro nos depara, y es personaje permanente en la literatura, pero ahora nos aterra por el peligro de la pandemia. Lo que ahora está pasando en tiempo real en todo el mundo. Y pareciera una novela de terror pensar que el Coronavid19 pueda tener la inteligencia de dirigirse específicamente hacia el árbol pulmonar del ser humano para diezmar la especie, e incluso saber que las manos en razón de sus hábitos de contacto con los demás objetos, en una ronda permanente de rutinas con el cuerpo, son su cómplice.
Ni la estructura social ni en el poderío de la nación donde se instale cuenta, creencia religiosa, edad, nivel cultural, poder económico o político, estrato o género, porque se multiplica exponencialmente al igual que el resto de las plagas de una manera tan simple que cada uno de nosotros resulta ser el facilitador perfecto para la desgracia de los otros luego de tocar el pomo de una puerta, un estornudo, o el humo del cigarro que cobra vida en quien lo fuma. Y ahí fue Troya. El artilugio del caballo de madera que los aqueos fabricaron para introducir al enemigo en la ciudad amurallada y destruirla desde adentro, es el aire reciclado de nosotros mismos completado con los fluidos que se adhieren a los objetos y las cosas que conforman la realidad que nos rodea: prendas de vestir, muebles, utensilios, herramientas, dispositivos electrónicos, vehículos.
Otrora fue la pestilencia de las cámaras la señal de espanto que el aire transportaba con su brisa por las calles y los campos, y a la que el cronista Joan de Castellanos alude en su Elegía de Varones Ilustres de Indias cuando describe la muerte del Adelantado y conquistador Rodrigo de Bastidas, dos años después de fundar a Santa Marta en 1525, y los primeros pobladores de la histórica ciudad:
“Morían con grandísima miseria
Del mal de flujo dicho disenteria”.
(Castellanos, 2206)
(…)
“Pocos de los enfermos escapan,
Antes fué tan crüel la desventura,
Que dos y tres y mas cuerpos echaban
Juntos en la misma sepultura:
A muchos cuasi no los enterraban,
A causa de hallar la tierra dura
Y tener debilísimas las manos
los de mayor vigor y los más sanos …”
(Castellanos, 2208)
Las siete plagas de Egipto son la alegoría de una amenaza latente que se cierne sobre la vida humana en el planeta desde el inicio de los tiempos. Eso no es un secreto. Y la literatura ha ocupado su lugar de preminencia en mantener viva en la memoria la necesidad de prevenirnos, pero a nuestros líderes no les ha interesado lo que enseña la literatura. El milenario conflicto entre la Política y la Filosofía, que planteaba Platón, al querer poner la primera al servicio de la segunda y que lo enfrentó al fracaso. El desarrollo tecnológico, el crecimiento de la economía global son los componentes que realmente cuentan, lo demás, el daño colateral y la pérdida de vidas, se asumen como un costo ya previsto. Pero los líderes del mundo no previeron la debilidad en los sistemas de salud de los países, y que se les saldría de las manos en caso de pandemia, porque sí sabían de la existencia y el almacenamiento en laboratorios de micro-organismos, y formaban parte de su horizonte de negocios.
Las epidemias llegaron para quedarse en nuestra América luego del contacto con los españoles, y el sarampión y la viruela, con sus estados de delirio, fiebres altas, puntos rojos en la piel y bubas o postemas, según el caso, arrasaron con las poblaciones originarias, mientras la disentería hacía lo propio con las hemorragias abundantes que los españoles llamaban pujamiento de sangre, pero las epidemias fueron por docenas con la cuota inicial de la sífilis, la lepra, la tuberculosis, entre otras. Pero la diarrea era frecuente entre los españoles como sucedió con las tropas de Pedro Fernández de Lugo (Gobernador de Santa Marta), quien envió a Jiménez de Quesada a remontar el Río Grande de la Magdalena en busca del Dorado (1536), cuando llevaron igualmente la viruela a la meseta cundiboyacense, y luego de repetirse con su saldo de muertes en el siglo XVII, y al siguiente se presentó un brote epidémico (1840), que coincidió con la Guerra de los Supremos, cuyos ejércitos se encargaron de propagarla por todo el territorio, según consta en ilustraciones y documentos que reposan en la Biblioteca Nacional.
Pero la diarrea o disentería se mantuvo imbatible, y que en el siglo de Oro Español a se le llamaba el mal de cámaras, según consta en el Quijote o en las Novelas Picarescas, y que dio lugar a la novela de Albert Camus, La Peste, (1947), basada en los acontecimientos ocurridos en la ciudad de Orán, Argelia, Norte de África, cien años atrás (1849), durante el período de la ocupación francesa. En los años de 1849 y 1850, esa misma peste o también llamada cólera se tomó el litoral del Caribe y la Gran Cuenca del río Grande la Magdalena (García, 1982), un episodio real que dio lugar a la magistral novela El amor en los tiempos del cólera, de nuestro nobel Gabriel García Márquez, en el que rescata del olvido este infausto momento que diezmó a la población del siglo XIX, de donde se desprende que la literatura cumple una función social de primer orden al servicio de la morada del hombre, sus valores y la casa de su ser corpóreo, que por extensión es estar al cuidado de la Filosofía.
El cólera se extendió por el mundo cuando de Bengala pasó a India, luego a Europa y a los Estados Unidos. A nuestro suelo ingresó en enero de 1849 por el puerto de Colón, en Panamá, cuando el istmo formaba parte de la Nueva Granada, y el doctor Domingo Arosemena, profesional de la medicina y senador de la república fue testigo de excepción en este hecho. El germen había llegado en el vapor Falcon, proveniente de Nueva Orleans con gentes atraídas por el oro de California, y en mayo otro barco procedente de Nueve York trajo el resto de los enfermos que propagaron el contagio. (Serpa, 1992, Vol. 12, 3-4). La epidemia se propagó por los puertos del gran río Magdalena, y en el país hubo veinte mil muertos cuando Bogotá solo contaba con 40.000 habitantes. (Mejía, 1985,19)
En Cartagena, de los diez mil habitantes con que contaba la ciudad, perecieron dos mil cuatrocientos por el agua contaminada con las heces de quienes padecían el cólera morbo, el equivalente a una cuarta parte de la población. (Camacho, 1923). El primer caso conocido sucedió en plena plaza de mercado, y el doctor Vicente García lo diagnosticó en presencia del general Joaquín Posada Gutiérrez, testigo del incidente y escritor:
“De las personas que fueron atacadas ninguna vió ponerse el sol. En la noche de ese día la mortandad se duplicó y en los siguientes en progresión creciente. El gran patio del cementerio se llenó de cadáveres: fue preciso hacer largas y hondas fosas para sepultar a los muertos: Se hacían tiros de cañón creyendo que podía purificarse el aire con las detonaciones…” (Posada, 1865)
La idea de que en el aire residía el mal que padecían y en su volatilidad residía la pestilencia, era posible espantarlo con las detonaciones, quemarlo con los fogonazos del potasio de la pólvora, dio lugar al mito de que el agente del contagio se podía quemar a cañonazos. Sin embargo, cuando la sinrazón de la Política se impuso en un momento crítico por encima del consejo sanitario de los facultativos para imponer la cuarentena como única medida eficaz para detener la propagación de la epidemia, o tomar medidas de emergencia en cuanto a la sanidad pública en las poblaciones, las discusiones se trasladaron al lugar perfecto para lograr resonancia y la figuración como lo fue el Congreso de la República, que, de espaldas al deber científico, aprobó la ley 9 de junio 1850, considerada un paradigma de estos tiempos, que decretó la abolición de:
“Cuarentenas, cordones sanitarios, u otras medidas que, so pretexto de prevenir la introducción y propagación de alguna enfermedad, impidan la libre comunicación en el interior de la Nueva Granada, o entre esta y los países extranjeros”. (Congreso, Leyes, 1850)
Para los médicos de mediados del siglo XIX el aire era la fuente del contagio como lo sostenía el doctor Arosemena y quien fungía igualmente como senador. (Serpa, 3-4). No era una bacteria, un bacilo, ni la famosa salmonela; era el aire, y así los médicos (con sobradas excepciones), asumían la pose de los magos porque podían ver al aire transfigurado en cólera, y les daba a los habitantes la sensación de que el remedio estaba en el poder de Dios. Ese mismo aire inocente del que en su realismo mágico puso Gabo a volar a un hombre con unas alas muy grandes, y en Cien años de soledad hizo flotar al padre Nicanor doce centímetros del suelo luego de tomarse una taza de chocolate, pero para los galenos del siglo XIX era el aire la fuente de transmisión del cólera.
La peste, como la denominó Albert Camus en su novela del mismo nombre, y donde puso en perspectiva la capacidad de sacrificio y solidaridad universal del médico cuando opta por exponerse al contagio de la epidemia y a la muerte con tal de honrar su juramento a Hipócrates. La misma que para Gabo se llamó cólera en El amor en los tiempos del cólera, en cuyas inolvidables líneas nos lleva de la mano de una indeclinable espera de varias décadas del personaje Florentino Ariza hasta el momento en que su gran amor, Fermina Daza, ya estando viuda, lo aceptara, y se ingenió el artilugio de fletar un vapor que enarbolara la bandera amarilla de la peste con la complicidad del capitán, so pretexto de no detenerse en ningún puerto, para llevar al clímax el romance de una pareja de ancianos atrapados en el deseo reprimido de una relación plagada de imposibles, río Magdalena arriba hasta el punto de fondeo y de retorno, entregados a la fantasía de sus dorados años y el deseo de no querer desembarcar jamás.
Una magistral obra que recrea el hecho histórico de la peste y la crudeza masiva de las muertes causadas por el contagio, a la par que rescata el capítulo histórico de la navegación a vapor en el siglo XIX, la arteria fluvial más importante de Colombia por donde se propagó la pandemia, en el contexto de la Guerra de los Supremos y la militarización de los puertos con la presencia de un capitán del ejército que desde su puesto de mando interrogaba al capitán del barco para decidir la cuarentena. Pero ya sabemos que la prohibió el Congreso y que la novela se da igualmente la licencia literaria de desacatar la ley en vista del absurdo. Y está la visión que Gabo pone en los labios del narrador cuando al llegar al sitio de leñateo, describió el puerto de La Dorada de casas iluminadas por un sol pálido cuyos tonos dorados en sus techos de hojalata les hizo entender por qué llamaba La Dorada, cosa en el tiempo cronológico y estrictamente histórico no sería posible ni que hubieran visto hervir el alquitrán de las calles, porque en 1850 La Dorada no existía, y que como una licencia propia de la literatura el autor invoca una descripción de la segunda década del siglo XX.
El caso es que para 1850 (año de la peste en que Florentino y Fermina decidieron navegar juntos), los barcos a vapor solo llegaban hasta la curva de Conejo de donde regresaban porque los saltos de Honda impedían continuar río arriba, y el poblamiento solo vino a darse luego de la construcción del ferrocarril en cuya idea inicial se abrió camino el Privilegio otorgado a Nicolás Pereira Gamba, hijo de Francisco Pereira Martínez, en cuyo nombre se bautizó al municipio de Pereira, y lo cual vincula a ambas ciudades con las raíces de una mutua historia:
“No hubieran pensado en salir del camarote de no haber sido porque el capitán les anunció en una nota que después del almuerzo llegarían a La Dorada, el puerto final, al cabo de once días de viaje. Fermina Daza y Florentino Ariza vieron desde el camarote el promontorio de casas iluminadas por un sol pálido, y creyeron entender la razón de su nombre, pero les pareció menos evidente cuando sintieron el calor que resollaba como las calderas, y vieron hervir el alquitrán de las calles. Además, el buque no atracó allí sino en la orilla opuesta, donde estaba la estación terminal del ferrocarril de Santa Fe”. (García Márquez, 187).
(…)
“El capitán, desde el puesto de mando, contestó a gritos a las preguntas de la patrulla armada. Querían saber qué clase de peste traían a bordo, cuántos pasajeros venían, cuántos estaban enfermos, qué posibilidades había de nuevos contagios. El capitán contestó que sólo traían tres pasajeros, y todos tenían el cólera, pero se mantenían en reclusión estricta. Ni los que debían subir en La Dorada, ni los veintisiete hombres de la tripulación, habían tenido ningún contacto con ellos. Pero el comandante de la patrulla no quedó satisfecho, y ordenó que salieran de la bahía y esperaran en la ciénaga de Las Mercedes hasta las dos de la tarde, mientras se preparaban los trámites para que el buque quedara en cuarentena”. (García Márquez, 190).
Así es como la literatura nos recuerda en un proceso de repaso continuo, nuestra propia historia, nos enseña a aprender de los errores y los desaciertos, para la toma de mejores decisiones y dar el paso siguiente evitando a tiempo caer en la cadena de equivocaciones de las otras sociedades que traen consigo repetirla, como lo estamos viendo alrededor del mundo con respecto a la pandemia.
FUENTES CONSULTADAS
CAMACHO ROLDÁN, Salvador. Memorias. Librería Colombiana. Camacho Roldán y Tamayo, Bogotá, 1923.
CASTELLANOS, Joan. Elegías de varones ilustres de Indias. Imprenta Nacional. Bogotá, 1955.
CASTELLANOS, Joan. Elegías de varones ilustres de Indias. Libro total. Biblioteca digital de América, https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=3458
FERNÁNDEZ SOLA, Cayetano. Ponencia: Estrategias de ayuda para el afrontamiento, Nacimiento y Muerte. III Congreso Nacional de Enfermería del Mediterráneo, Barcelona, 2002.
FEUERBACH, Ludwig. Pensamientos sobre muerte e inmortalidad, Traducción e introducción: José García Rúa, Alianza Editorial, Madrid, 1993.
GARCÍA JJ. Crónicas de Bucaramanga. Imprenta y Librería de Medardo Rivas. Bogotá, 1986. Talleres Gráficos Banco de la República. Bogotá, 1982.
MEJIA, Germán. “City and living conditions: an approach to Bogota 1793-1905”. University of Miami, 1985, Mimeo.
POSADA GUTIÉRREZ, J. Memorias Histórico Políticas, Bogotá, 1865.
SERPA FLÓREZ, Fernando. Historia del cólera en Colombia, Revista biomédica, vol. 12, 3 y 4, 1992



