Ricardo de los Ríos Tobón*
El primer problema de los médicos, al tomar el liderazgo de los humanos en la batalla contra la Pandemia (la Peste en el idioma de la época), fue tratar de quitarle el monopolio de la enfermedad a los dioses, escaramuza que tomó varios siglos. Porque era más cómodo decir que la Peste era un castigo divino que afrontarla. Y los poderes religiosos, desde los administradores griegos del Olimpo hasta los cristianos de San Pedro o los imanes de la Meca no querían dejarse quitar otro monopolio, el de ser los únicos intermediarios directos entre Dios, el hombre y la Peste.
Algo tan feo no debía ser divino
Pero fue calando la idea de que aquello tan terrible, tan pustulento y tan sucio, como la Peste, debía tener su origen aquí abajo. Y la primera gran deducción científica fue que la Peste tenía que ver con el aire “el elemento vital más básico”. Pero como la Peste no era universal, entonces en las zonas afectadas debía presentarse “un cambio contranatural en la substancia del aire”, es decir, que el aire se corrompía, lo que hacía surgir la Peste. Y era tan contagiosa precisamente porque la llevaba el aire podrido.
Pero, por qué se podría corromper el aire? Aquí fueron más prudentes los médicos de la antigüedad (por si de pronto era verdad el asunto del origen divino) y dejaron una rendija: la causa de la corrupción del aire estaba arriba (en la región de los dioses): en combinaciones zodiacales, en eclipses, en cometas o en lluvias de estrellas, o sea que la responsabilidad por la Peste seguía siendo sobrenatural. Y esta teoría fue válida por varios siglos. (De allí la mala fama de los cometas, que fueron vistos, por siglos, como el signo de algo malo. Y, de pronto, el interés por el zodiaco, con tantos seguidores aún hoy, se explique por la comodidad de achacar lo bueno o malo que suceda, a la interposición de astros y planetas, más que a los actos humanos).
La Peste Bubónica
En tal estado de la ciencia, la Peste, la Gran Peste, llegó a Europa hacia 1350, llevada, como se dijo, por las pulgas de las ratas negras que se habían salido de los barcos y habían pasado a casas y bodegas. Y mediante las pulgas, a cualquier comunidad viva, mediante la transfusión de la sangre.
Sus síntomas iniciales fueron iguales, muy semejante a los del actual Coronavirus. Pero pronto presentó tres variantes: la aparición de los bubones, abultamientos dolorosos y visibles en los ganglios, especialmente en ingles, axilas y cuello; otra la pulmonar, más parecida a la 2020, porque atacaba los pulmones hasta bloquearlos; y la más cruel, la diseminación de la enfermedad por todo el cuerpo, desde los bubones infectados de pus azulada, por lo que se llamó Peste Negra.
Por esta razón uno de los paliativos fue colocar sapos o gallos desplumados recostados a los bubones de los enfermos, para que absorbieran los venenosos humores y hacer sangrar las venas correspondientes a cada sector de ganglios. Y, claro, el médico o sangrador, sin guantes.
Y el único remedio que se buscó fue mejorar la calidad del aire, llenando las casas con aromas fuertes de plantas, de incienso o mirra, o con olores agradables.
Esta primera oleada le costó a Europa, que tenía 75 millones de habitantes, la tercera parte de su población. Pero la enfermedad quedó sembrada porque pulgas y ratas seguían ahí, aunque nadie maliciara que fueran la causa. Y se mantuvo en Europa por quinientos años, con ataques esporádicos, hasta 1894 cuando los médicos, cuando su última aparición, (traída desde Hong Kong, como otra que conocemos bien) identificaron su causa, el bacilo Pasteurella Pestis. Y atando cabos de quinientos años se encontró que el bacilo viajaba en pulgas.
Un triángulo alimenticio
Y empezó a aclararse que la causa ya no eran los dioses, o los astros, o el aire, sino simplemente el hombre, que había decidido, con su manía de comerse todos los seres vivientes, integrarse al ciclo alimenticio de roedores salvajes. Chinos de la parte central domesticaron roedores y uno de ellos, la rata, prefirió quedarse a vivir con el hombre. Y como tenía un ciclo alimenticio natural con las pulgas de su pelambre, el hombre terminó siendo el tercero en ese triángulo alimenticio. Por eso el bacilo Pasteurella, viajando en su vehículo natural, la pulga (Cheopis), encontró sangre mejor, o, al menos, más evolucionada. Y así llegó la Peste a entronizarse en el mundo.
Una pulga en las cobijas
Leyendo esta historia, tiende uno a recordar a nuestras mamás, cuando hallaban una pulga en las cobijas. Porque ellas, tan buenas, se volvían crueles y, con una sonrisa casi sádica, hacían estallar la pulga entre las uñas de los dos pulgares. Sería que, por algún atavismo de la raza, necesitaban vengarse de aquella raza de bichitos brincones que habían intentado acabar con la civilización occidental durante cinco siglos?
Porque matar pulgas es más fácil que vencer a la Peste Negra con aromas, sangrías o rezos.
* Presidente Academia Pereirana de Historia



