Gobiernos y Peste. Bien general, supervivencia o sentido común. La política de la Peste
Ricardo de los Ríos Tobón *
Aeristas y Contagionistas
La historia ha identificado, en el manejo de las grandes pestes del milenio anterior, dos actitudes de los líderes de las comunidades: los “Aeristas”, que defendían la difusión de la peste por el aire corrompido; y los “Contagionistas” que decían que la difusión era por el contacto físico entre apestados y sanos. Aeristas fueron médicos y curanderos, empeñados en estudiar las razones de la corrupción del aire y la posible manera de evitarla, y más empeñados aún en dar la lucha frontal contra la enfermedad; y Contagionistas, los líderes políticos, que entendieron, antes que nadie, que había que evitar el contacto físico con los enfermos e inventaron lo que hoy llamamos flamantemente “la distancia social” o la cuarentena, es decir no enfrentar la enfermedad sino aislarla para dejarla acabar sola, por “sustracción de materia”, como dirían los abogados.
Dos Duques
Y como no era época de grandes naciones sino de ciudades prácticamente independientes, los llamados gobiernos urbanos, entonces fueron los líderes de cada ciudad importante los que fueron creando todo un esquema de aislamiento para la Peste y sus víctimas. En 1374, el Duque de Milán ordenó trasladar fuera de la ciudad a los apestados y aislar, durante catorce días, a quienes hubieran atendido o trasladado enfermos o a quienes empezaban a mostrar signos de la enfermedad. (Curioso que hoy, 646 años más tarde, otro Duque ordene lo mismo, por los mismos catorce días y para lo mismo!).
La Junta del Morbo
No. No es una reunión de Esperanza Gómez y Nacho Vidal para planear una película. La Junta del Morbo fue el nombre que llevaron, en las ciudades renacentistas, los grupos de dirigentes que dirigían el manejo de las epidemias. Porque en aquellos días del castellano joven, morbo era una palabra inocente, enfermedad. Aunque en catalán sonaba mejor: la Vuitena del Morbo, porque eran ocho miembros.
(En buen castellano podría decirse, entonces, que la reunión diaria del Presidente Duque con sus asesores en el Canal Institucional, a las seis de la tarde, es una Junta del Morbo. Y hasta será que, por ese nombre tan sospechoso, la Alcaldesa le pone pereque a todo lo que resuelve dicha Junta!).
La Cuarentena
En Venecia, el primer puerto europeo en los siglos 15 y 16, inventaron la Cuarentena: todo buque que llegara del Oriente, cuando había rumores de Peste, debía permanecer cuarenta días en el mar, alejado del puerto, tiempo que se consideraba suficiente para contagio, muerte de algunos, recuperación de otros y extinción de la enfermedad. (Porque no sabían que el virus simplemente abandonaba al hombre y volvía a su hábitat natural, las pulgas de las ratas del fondo del barco, que se bajarían, parejo con carga y pasajeros, una vez la cuarentena lo permitiera).
Y en Venecia también inventaron un anticipo de las Zonas Francas, cuando los dueños de los barcos sospechosos crearon unas zonas especiales para pasar la cuarentena con menos dificultades que frente al puerto. E interesante es la manera como los inspectores médicos llegaban a inspeccionar a la tripulación, porque lo hacían aproximando su lancha a contraviento, para evitar que el aire que les llegaba a la cara hubiera atravesado antes la cubierta del barco infectado. Y al recibir los papeles de procedencia del barco y de la mercancía, los bañaban con vinagre, antes de recibirlos.
Guerra bacteriológica
Imagínese que Usted está en una ciudad sitiada por fuerzas enemigas, con todas las complicaciones y las pésimas condiciones de salud que ello implica, cuando, de pronto, viene algo por el aire, que acaba de sobrepasar las murallas, y cae a su lado (o encima suyo!), el cadáver maloliente de un apestado. En pleno siglo 14, se acaba de inventar la guerra bacteriológica! Una catapulta, ubicada bajo las murallas ha lanzado el cadáver, en vez de una bola de hierro o de fuego. Todos los que manipulen el infecto bulto, para enterrarlo, quedarán contagiados. Con la peste dentro, la ciudad sitiada se rendirá más pronto.
Éxito contagionista
Los contagionistas terminaron ganando. Las ciudades eran independientes y sus líderes responsables de su éxito económico y urbano. Entonces, ante la epidemia, la obligación era no dejar acabar la ciudad (como había sucedido siglos antes), sino sacarla adelante, así fuera al precio de muchos muertos, porque los jefes debían mantener la ciudad-estado y su economía, con los que estaban sanos. Como no se sabía la causa del mal ni la manera exitosa de combatirlo, entonces se bloqueaban las entradas, se aislaban apestados, contagiados y quienes hubieran estado con ellos, y la vida debía continuar. Tan obligatoriamente cruel tuvo que ser esta actitud que un historiador portugués, en 1697, dijo: “Se rehúsa toda piedad a los amigos, puesto que toda piedad es peligrosa”. (Qué parecido tan maluco a las tristes pero necesarias muertes en la soledad de una UCI, en el 2020!)
Todavía hay Contagionistas
Los contagionistas tenían razón. Aislar la enfermedad no la curaba, pero tampoco la dejaba expandir. Hoy, con el difícil coronavirus, que tampoco es curable por el momento, también se aísla, pero para que su ataque sea más lento (mientras llega la vacuna) y el sistema de salud pueda ayudar, aunque sea “por los laditos”, a los enfermos. Pero ésto parece no gustarle a algunos.
Los interesantes enfrentamientos entre una Alcaldesa inteligente, activa y ególatra, con un Presidente inteligente y más hábil de lo que creíamos (suponiendo, de buena fe, que la pelea es por la enfermedad y no por el poder), parece ser la continuación de los viejos enfrentamientos entre aeristas y contagionistas. Cuál es cuál?
* Presidente de la Academia Pereirana de Historia



