Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
El “Movimiento Lento” es un estilo de vida que nació en 1986 cuando la cadena emblemática del “fast food”, McDonald’s, abrió su local en la Piazza di Spagna, hecho que muchos consideraron una afrenta contra la cultura gourmet romana. Fue así como el sociólogo, periodista y gastrónomo italiano Carlo Petrini lideró un pequeño grupo de activistas que salieron en defensa de las tradiciones culinarias italianas. Tres años más tarde, la idea cruzó fronteras y continentes para convertirse en “Slow Food”, una tendencia multidisciplinaria que hoy cuenta con miles de asociados en el mundo.
Petrini no imaginó el alcance contracultural de una propuesta que era sólo, en sus inicios, un asunto de cocina. Con su lema “bueno justo y limpio” y un pegajoso adagio (“Contra el vicio de la rapidez, la virtud de la lentitud”), echa a andar un caracol “amuleto contra la velocidad, la distracción exasperante, la impaciencia para sentir y gustar, la avidez por olvidar lo que recién se ha terminado de devorar”. En 2004 la revista “Times” lo convierte en uno de los cien héroes del mundo y en 2008 lo erigen como una de las cincuenta personalidades que podrían salvar el mundo.
Temas controversiales tales como crisis agroalimentaria, biotecnología, cultivos transgénicos, gastronomía de la liberación, pornografía alimentaria, des-ruralización, desarrollo insostenible, globalización de la miseria, geopolítica del hambre, guerras del agua, desfronterización agrícola, etc., han obligado a replantear el discurrir dialéctico del movimiento y sus compromisos éticos, históricos y socio-políticos. Esto quedó evidenciado en el lanzamiento de “La vuelta al mundo en 80 proyectos” en el festival “Terra Madre” de Turín que se celebra cada dos años desde 1996.
Las granjas-tejado de Brooklyn, las “cajas de la vida” de Seattle, los reparadores de ciudad de Portland (Oregon), el boom de las ecoaldeas surgidas hace 20 años con el proyecto Itaca, el renacimiento del dinero social con la propuesta de una divisa propia para una ciudad británica (“la libra de Bristol”) y los “huertos accidentales de increíbles comestibles” del Reino Unido, son algunos ejemplos de la fuerza sociosistémica que ha desatado la filosofía Slow en la aldea glocal. Uno de esos programas, es el conocido como “4Cities4Dev” (“Cuatro Ciudades para el Desarrollo), financiado por la Unión Europea.
A Través de él se protocolizó el acuerdo entre las ciudades de Bilbao, Turin, Torino y Riga para adoptar varios proyectos en siete países del África, entre ellos un exótico café que se produce en Harenna (Etiopía) y un yogur hecho con leche de cabra mezclado con cenizas del cromwo, llamado el árbol eterno. Todos ellos son proyectos relacionados con nuevas formas de consumo, relación social y contacto con la naturaleza. “Se trata de reemprender un cambio de conciencia y reaprender el arte de cambiar de marcha”, puntualiza uno de sus militantes. “Comida buena, limpia y justa para todos”, es uno de sus lemas.
Carl Honoré (1947) es un periodista canadiense de origen escocés que irrumpe en la escena mundial como “el gurú antiprisa” y uno de los baluartes de la “Cultura Slow” con su obra “Elogio de la lentitud” (2004). Al hacer una radiografía crítica de los males de nuestro tiempo, propone una salida: reducir nuestra frenética marcha y buscar un tiempo justo para cada cosa. Frente a los detractores de su tesis, aclara que no se trata de un movimiento inocuo, diletante y burgués, sino de un cambio histórico-cultural que no entiende de fronteras ni diferencias socioeconómicas y políticas.
Proclamar el advenimiento de una cultura reactiva e insurgente basada en la lentitud necesitó, en su momento, de las afirmaciones de Klaus Schwab, presidente y fundador del Foro Económico Mundial de Davos sobre el carácter infernal e inexorable de la cultura de la rapidez (“Ya no solo el grande se traga al chico, sino el rápido se come al lento”) y del término “la enfermedad del tiempo”, vocablo acuñado por el médico estadounidense Larry Dossey (1982) para tipificar ese prejuicio obsesivo de que el tiempo es insuficiente, se aleja, es nuestro verdugo y debemos acelerar nuestro paso para mantenernos a su ritmo.
Para el movimiento Slow la hiperactividad actual nos lleva a vivir dedicando toda nuestra energía a metas que se oxidan con el paso del tiempo y olvidando los asuntos importantes de la existencia… Se viaja por el carril rápido, sobre – estimulados, cargados de emociones y adrenalina y eso hace que no se tenga nunca el tiempo y la tranquilidad necesarios para reflexionar y preguntarse qué es lo realmente importante en nuestra vida. Las estadísticas demuestran que se trabaja 200 horas más al año que en 1970 y que cunde por doquier la insatisfacción vital y la velocidad que definen, hoy por hoy, nuestro estilo de vida.
Hablamos de un estilo de vida signado por ciertos estándares: impaciencia, hiperestimulación, consumismo, superficialidad, multitareísmo (“abarcar mucho y apretar poco”). Más allá del controvertido, prematuro y desgastado tema sobre el impacto vital de la eficiencia y productividad, muchos etólogos se están preguntando de manera recurrente: ¿para qué nos sirve la vida? Confundimos una vida plena con una agenda llena, un inútil memorándum que gobierna nuestras vidas a sabiendas que muchas cosas que nos planteamos como urgentes, son postergables y muchas veces, intrascendentes.
“Vivir de prisa no es vivir, es sobrevivir”, afirma el taumaturgo de la lentitud. La hiperactividad nos ha llevado a dedicar nuestras energías a metas banales y grandilocuentes que nos hacen olvidar el valor de las pequeñas cosas, aquellas que son las realmente importantes en nuestra vida. Somos esclavos del horario, la velocidad, el ruido y el consumo, vasallos de lo fácil o de lo dificultoso, de lo mucho o poco que se espera de nosotros y eso equivale simplemente a sobrevivir a base de vanas exigencias, pero no a vivir de manera consciente, creativa, comprometida y responsable.
Todo ello explica por qué se ha disparado el consumo de ansiolíticos, esteroides, antidepresivos, suplementos vitamínicos y revigorizantes. Surge así, la propuesta reivindicativa de la lentitud como praxis vital (“Decálogo Slow”). Hay que decrecer el ritmo alocado en qué vivimos para no auto-degradarnos más; saborear cada momento priorizando lo imprescindible; recortar y no permitir que un “breviario de vida” -acertado nombre-. nos gobierne a través de tareas irrelevantes y anodinas; pasar más tiempo a solas y en silencio; escuchar nuestra voz interior; meditar sobre nuestra vida y su entorno…
Escribir un ranking de verdaderas prioridades; revisar críticamente todo aquello que lleve el rótulo de “urgente”; desenchufarse; practicar rituales de desaceleración (yoga, lectura y meditación); controlar los indicadores de velocidad. Unas veces el diálogo y otras tantas, la compañía silenciosa (“un amigo es aquel con quien se piensa en voz alta”, decía alguien), son los medios de comunicación más antiguos y expeditos que existen. Otros códigos y señales los tenemos que encontrar cada uno de nosotros, por su cuenta y riesgo y a lo largo de nuestro cotidiano deambular por el mundo.
Aquí se plantean alternativas a esa aceleración que condiciona nuestras vidas: comida, desplazamientos, relaciones personales… Todo está impregnado por una velocidad que no deja saborear el sentido de las cosas y nos aboca a una sociedad neurótica y despersonalizada. “Más y más” no son sinónimos de “mejor”. Aplicar esta afirmación en la escuela es una de las cuestiones a las cuales hay que dar respuesta. Replantear el tiempo, no desde el punto de vista organizativo, sino desde la intencionalidad de encontrar nuevas dimensiones que den sentido, entre otros, a la diversidad de ritmos de aprendizaje.
Educar en la lentitud significa ajustar la velocidad al momento y a la persona. Hoy tiene sentido elogiar este modelo educativo entendido como una pieza clave en el proceso de humanización de la sociedad. El tiempo no puede colonizar nuestras vidas y las de la escuela, sino que hay que devolverlo a los niños y al profesorado para que pueda ser un tiempo vivido plenamente y, por tanto, plenamente educativo. Atender la diversidad, personalizar el aprendizaje reconociendo diferentes ritmos de aprendizaje, reconocer la existencia de un curriculum común, es un reto importante de la educación en la actualidad.



