Si Dios fuera hombre, estoy seguro que sería zurdo como yo y jugaría siempre con la número 10.
Wilmar Ospina Mondragón*
“En el fútbol, la capacidad es mucho más importante que la forma, y en muchos casos, la habilidad es el arte de convertir las limitaciones en virtudes”. Eduardo Galeano.
Alguna vez el escritor argentino Jorge Luis Borges dijo que el fútbol era un deporte para estúpidos porque despertaba las peores pasiones. Si en el mundo académico esta afirmación es válida, y muchos intelectualoides fruncen el ceño al ver una partida de ajedrez ante la cual maquinan una infinitud de jugadas con los peones o con los alfiles, déjenme gritarles que esa partida también es bárbara, pues juegan allí dos hombres que buscan, de una u otra manera, y al igual que en el fútbol, una estrategia para derrotar al rival.
En este sentido, considero yo, que el argumento de Borges es vago y sucinto, y obedece mucho más a un tema distinto: el gusto, la afición, la empatía por algo que nos sacude el corazón. Asimismo, olvidó Borges que lo más bello del hombre no surge de la mesura de sus actos, sino de esas bajas pasiones que hierven en su sangre; en sí, la polifonía del mundo subyace de esas conductas censurables a través de las cuales la luz brilla con otro resplandor.
Por tanto, el fútbol está dotado de belleza porque, precisamente, nos desvela como seres emotivos, pasionales, pues en un grito de gol hay tanta humanidad como en el jaque mate pastor que sufre el ajedrecista incauto en su primera partida; incluso, una gambeta, un zigzag, un enganche, un túnel o un remate al ángulo, no dejan de ser un poema épico en el que se vislumbra no solo la física pura, sino, también, el desarrollo del pensamiento lógico-espacial que tiene el futbolista en su mente atestada de picardía.
La malicia
Muchos pseudointelectuales borgianos argumentarán que la malicia en el fútbol es obrar la trampa en el deporte. Ante este juicio que supongo, yo pregunto: ¿acaso la ciencia en todas sus variantes, y la mayoría de las teorías geniales que ha patentado el ser humano no han surgido, en muchas ocasiones, de la suspicacia, de ejecutar a rajatabla planes en los que ni siquiera importa la vida? ¿No hay allí estupidez y barbaridad?
Calificar es muy fácil; argumentar, bastante difícil. Por ello, en este escrito he hecho las dos cosas. Incluso, no pretendo persuadir a nadie con mi disertación; simplemente, deseo exponer, con mis palabras, por qué el fútbol es el deporte más hermoso del mundo, como comentaba Luis Omar Tapia, cada vez que narraba un partido de la Champions League.
El fútbol, a pesar de ser monstruoso para muchos, para mí es tan fenomenal como esa obra que nos desgarra o que nos brinda placer. Porque así es el fútbol: un deporte con el puedes reír o llorar, con el que puedes saborear qué tan dulce o amarga es la vida en muchos pasajes de la existencia. De esta manera, un gol a favor es ese rugido que te lleva al éxtasis o ese golpe que te tiende en el césped cuando es en contra.
Qué artístico es el fútbol porque no requiere, necesariamente, de una cancha y un balón con las medidas legales. Este deporte trasciende esos límites y el juego puede llevarse a cabo en el patio de la casa, en la calle del barrio, en el lote baldío, en el parque al que íbamos con nuestros padres o en el potrero de la finca del vecino. En este sentido, el fútbol no es por lo que exige; en realidad es por lo que ofrece: salud, vida, alegría, pasión.
Es más: dos piedras hacen las veces de arco y una media rellena de papel puede ser el esférico con el que se marque un bonito gol. Así es el fútbol: no solo apela a la física como ciencia, sino que, además, permite el desarrollo de la creatividad, tanto en la planeación del cotejo como en las piruetas que se hagan al interior del terreno. Es un performance en todo el sentido de la palabra. A raíz de ello me surgen unas cuantas inquietudes: ¿qué tiene de bárbaro o de estúpido que un niño cambie una esquina por un “picadito” en la cuadra? ¿Qué hay de malo en preferir el balón a un cigarro? ¿Es más importante festejar el robo en la tienda del barrio o compartir la Coca-Cola ganada con el último gol?
Tiempo y espacio
De hecho, el fútbol no tiene tiempo ni espacio, ni un día obligatorio en el calendario, y es de este modo porque un cotejo se juega en cualquier momento: un día estás bajo el sol inclemente y en una grama motilada al rapé, pero una semana después el terreno es un planchón de tierra que la lluvia convirtió en lodazal; sin embargo, ello no importa, porque, en el fondo, el fútbol no es un fin en sí mismo, sino un medio a través del cual aprendemos a controlar la frustración, el fracaso; asimismo, a disfrutar de la felicidad inmensa y del jolgorio desaforado. Incluso, el error en la cancha, sea esta un estadio o un barrizal, es una oportunidad para mejorar los desaciertos en la vida del futbolista.
Para nadie es un secreto que las sustancias psicoactivas desfiguran tanto el cuerpo como la sombra de quien se abandona al consumo; en cambio, el fútbol moldea, delinea, demanda un desarrollo psicomotor de alta competencia, lo que significa que el joven, a la manera de los griegos, debe tener la mente sana en un cuerpo sano, porque este deporte no solo se trata de veintidós “pelotudos” que corren tras una pelota; el fútbol va mucho más allá y exige disciplina, control, responsabilidad; involucrar las funciones motoras y emocionales al servicio de la técnica y del pensamiento situado, respectivamente, porque el fútbol no me despoja de lo que soy; al contrario, me habita para transformar mis debilidades en fortalezas y, así, forjar un mejor ser humano.
Lo que aprendí
Es innegable que con el fútbol aprendí a caminar con el otro, a ver a mis compañeros de equipo como un punto de apoyo y no como sujetos condicionados a mis necesidades, porque el fútbol no se funda en el egoísmo; es al revés: se patenta en la otredad, en la solidaridad, en la credibilidad, en comprender que no soy nada ni nadie sin la ayuda de los demás jugadores, pues la victoria o la pérdida, como sucede con los tres mosqueteros, no es de uno sino de todos, puesto que un equipo de fútbol se parece a un barco: puede llegar a puerto seguro o zozobrar en el intento y, en ambos casos, no hay triunfos o culpables particulares.
Para finalizar, el fútbol me enseñó que el espíritu de la sociedad es más colectivo que individual, porque en el estadio no cabe un alma, sino el purgatorio entero, y allí todos cantan al fragor del juego bonito, al vaivén de las intrigas de un contragolpe mortal, a la alucinación de un amague que va para allá pero sale por acá, al delirio que genera esa media chalaca que pone la bola entre la red y a la fuerza de la gravedad en entredicho.
Si Dios fuera hombre gambetearía rivales, haría rabonas, tiraría un túnel suspicaz o un doble sombrero en la lateral. Si Dios fuera hombre filtraría un pase al vacío y, cuando tuviese la oportunidad, engancharía al portero y definiría con un toque sutil o, quizás, en un tiro libre, con una comba monumental, pondría la “pecosa” donde hacen su nido las arañas; a lo mejor, en una jugada celestial, anotaría el tanto del triunfo con una vaselina tan pulcra que, para el respetable, el balón besaría el fondo de la red en cámara lenta, con ese suspenso atroz que se vive antes del gol. Si Dios fuera hombre, estoy seguro que sería zurdo como yo y jugaría siempre con la número 10.
ojoaleje.wordpress.com
* Pereira. Estudió Español y Comunicación Audiovisual en la Universidad Tecnológica de Pereira, con maestría en lingüística. Actualmente es docente en el colegio Ciudad Boquía y en la Universidad UTP y UCP. Su primera novela es “Carne para caníbales.”



