Llegó como profesor a Santa Rosa de Cabal en 1955 y pasó a Pereira al Colegio Nacional Deogracias Cardona. Alternaba con clases de su materia en la Facultad de Sociales de la Universidad Tecnológica.
Hugo Correa Londoño*
¿Quién es este pisco?, se preguntó para sí, el que fuera mi profesor de Historia Universal en el Deogracias Cardona, apenas pretendí saludarlo en la esquina de Calle 22 con Carrera 7ª; desconcertado, no supe más que decir y me alejé consternado.
Sí, mi viejo maestro no me había reconocido. Temí lo peor, un alzaheimer quizá, pero se le veía bien. En mis visitas a Pereira, cuando lo encontraba en la calle entablábamos alguna pequeña charla y averigüé con mi hermana Ada María, quien tenía para esos momentos negocios con la esposa del maestro; ella me sacó un poco de la angustia:
-Hermano, voy por lo menos una vez a la semana, él está en toda su lucidez, es muy seguro que te haya olvidado con tus visitas tan esporádicas y espaciadas.
Decidí hacerle llegar al maestro algunas páginas que he escrito en memoria del colegio en el que mi titulé como bachiller clásico en el año 76.
Con ocasión de la muerte de Doña Regina, la esposa de Tilo, le pedí a mi hermana me acompañara a la visita, presentía que si acudía solo, y de improviso, lo más seguro era que no me recibiera; no estaba en su apartamento. Una de sus familiares nos atendió y nos propuso esperarlo. Cuando llegó saludó a mi hermana con fina galantería y ella me presentó ¡A mí que había sido su alumno! Se quedó mirándome, pensativo. Entonces dije para ahorrar el comentario:
–¿Quién es este pisco?
Sonrió y explicó: – Con tantos estudiantes y tantas generaciones no es fácil retenerlos a todos.
Luego nos sentamos y entablamos la charla que había quedado trunca; gracias a él pude ser menos drástico en el juicio que tenía sobre algunos profesores como Hernando Ríos, a quien todos llamábamos Careperro, Para atender los gastos de fin e inicios de año, éste se ingeniaba cursos vacacionales (luego institucionalizados como remediales, última oportunidad para pasar la materia), para lograr un ingreso extra; una verdadera cuchilla. Todo esto se explicaba porque era una constante que a los profesores y demás personal de educación no les pagaran las mesadas de fines de año y sólo hasta marzo del año siguiente recibían sus salarios; aunque el maestro no compartía el método de su colega, lo justificaba por esas razones. Había sido víctima de la indiferencia con que todos los gobiernos han tratado a la educación y a sus educadores.
Me confió su afición por el billar:
–Es un juego muy completo, uno camina mucho alrededor de una mesa, hay que ver la cara y los gestos de los billaristas, sus angustias, sus aciertos, además de las preciosas carambolas y el sano esparcimiento con los amigos.
Con Roberto Rivas, Boñiga y Obdulio Restrepo, Gato Triste, recuerda cómo éste había comenzado a lamentarse de la carestía de la vida, le habían subido al transporte, los huevos valían veinticinco centavos y la leche a más de un peso. En el campo eso era muy duro, arriar las vacas para llevarlas a los establos, manearlas para el ordeño y los olores, cuando interrumpe ante la risa de todos los presentes, Roberto:
-¡Ya te vas acercando con el apodo bellaco!
Recuerda la partida que le ganó a un excelente jugador de billar en Girardot. Habían apostado y sabía de las virtudes de Valderrama, su contrincante; en medio del juego alcanzó a distinguir la figura de Sangre Negra (un bandido de la violencia de los 50 en nuestro país). Estaba a la entrada del salón y fue no más decirle a su rival de juego que mirara con disimulo a la mesa donde estaba uno de los matones más temibles y sanguinarios.
– Ese si fue mucho el susto de Valderrama durante el juego. No pararon de temblarle las piernas
– ¡Pisco tan cobarde, no había visto jamás en mi vida y gané sobrado!
Quién es
Tilo Salgado Cañón nació en la vereda El Quipe del municipio de Caldas, en Boyacá, el 10 de diciembre de 1929. Fue registrado como nacido en Chinquinquirá, en enero de 1930. Dialéctico, marxista y librepensador, hincha del Santa Fe desde 1948 (dato referido por Hugo Ocampo Villegas y corroborado por el maestro), se graduó en la Normal Nacional de Tunja, sección de Ciencias Sociales en 1952, de la cual sólo hubo seis graduandos; llegó como profesor a Santa Rosa de Cabal en 1955 y pasó a Pereira al Colegio Nacional Deogracias Cardona. Alternaba con clases de su materia en la Facultad de Sociales de la Universidad Tecnológica.
La lectura
A él debo en parte mi afición a la lectura. Asistíamos con gran entusiasmo a sus clases, echaba mano a todos los recursos pedagógicos para trasmitirnos su conocimiento. Tenía una forma muy agradable de contar la historia universal. Nunca terminaba algunas palabras como las acabadas en eta o ece, y por ello se refería a Maria Antonie… y Luis doshe más uno y sus piruetas de catre; si uno preguntaba…
– ¿Qué dijo maestro?, el respondía:
–Este pisco es sordo, así como oyó ¡copie!
Para nuestra primera evaluación se mostró muy desconsolado con los exiguos resultados; muy pocos habíamos pasado el umbral del tres y nos dijo que él no era el hombre para dar consejos, pero nos recomendó hacer un esfuerzo para adentrarnos en la lectura.
Desde el inicio de las clases él nos había advertido que debíamos complementar con el libro de historia y asistir a la biblioteca para investigar y profundizar sobre el tema. Debíamos repasar, pero sobre todo, aprender a resumir.
Nos dijo que valía la pena leer una obra clásica por mes, para que al año hubiéramos leído por lo menos una docena de libros, en diez años ciento veinte y, al cabo de cincuenta, unos seiscientos; así contaríamos con una mediana cultura que nos permitiría adelantar una charla en el futuro.
Alegría
Durante la visita me alegré cuando me pidió que le buscara en las librerías de Bogotá tres títulos de difícil consecución en nuestra ciudad. Me encomendó con gran caballerosidad hacerle saber el importe para girarme el dinero; de los tres títulos conseguí dos. No pude encontrar el de Historia Constitucional de Tulio Enrique Tascón, y se los remití con una nota en la que le pedía recibir los libros que le enviaba como modesto agradecimiento a su rol de formador.
En mi última visita, me comentó:
–No sé por qué me ha dado por pensar en la muerte de mi abuelo a manos de un tal Paulino Murcia, quien lo había asesinado saliendo de su finca en el Alto de Simijaca en 1900…
Le había dado por hacer memoria de un detalle de infancia, el mismo asesino le había confesado años después de suceso, haberlo matado, así sin más.
– Ala Correa, raro… muy extraño; fue su comentario final.
Don Tilo Salgado, fue uno de mis profesores más emblemáticos. Moldeó con su voz y pensamiento a varias generaciones del Deogracias Cardona, entre los años sesenta y el primer lustro de los ochentas; a él con sus ocho décadas y uno año demás, dedico estas líneas, en un gesto más que justo de reconocimiento a su excelsa labor de educador en nuestra ciudad.
Bogotá D.C. mayo de 2011
*Abogado y escritor, radicado en Bogotá, Director del Taller de Escritores Gabriel García Márquez de la Universidad Autónoma de Colombia



