Oscar Aguirre Gómez*
“Beethoven se instruyó a sí mismo”. Romain Rolland.
Un lector voraz
Antes de radicarse definitivamente en Viena, en 1792, Beethoven se había relacionado en Bonn con mentes sobresalientes. Franz Gerhard Wegeler, citado por Solomon Maynard, dice que cuando se organizó en la capital austríaca una serie de conferencias sobre Kant, el músico no quiso asistir ni una vez, desatendiendo la invitación de su amigo. “Beethoven prefería educarse por sus propios medios —expresa Maynard—, y leía vorazmente las popularizaciones de las obras de los principales pensadores; se asomaba a la poesía, al teatro y a la ópera; y sobre todo conversaba y comentaba con las mentes lúcidas en ambientes agradables: el salón o la taberna, el palacio o el café”.
En 1800, el 29 de junio, Beethoven dijo a su amigo Wegeler en una carta que Plutarco lo había guiado a la resignación, lo que denota que leía al autor de las Vidas paralelas. En 1809 Beethoven escribía a un editor de música que desde su niñez se había esforzado “por comprender adónde apuntaban en sus obras las personas mejores y más sabias de todas las edades”. Palabras honestas que definen el ansia de saber de un creador para estar a la altura de sus pretensiones. En otra carta —Viena, febrero 10 de 1811—, manifestó a Bettina Brentano, la amiga que lo relacionó con Goethe: “Para Goethe, si le escribes sobre mí, busca cuantas palabras le expresen mi admiración y mi más profundo respeto. Estoy a punto de escribirle con respecto a Egmont, para el cual ya he compuesto la música, y esto nada más que por amor a sus poesías que me hacen tan feliz. ¿Cómo agradecer lo suficiente al gran poeta, el tesoro más precioso de una nación?”.
Al poeta Grillparzer le escribe en 1823 sobre la posibilidad de discutir los términos sobre poner música a la historia medioeval de Melusina, según la versión de aquél. En otra ocasión (1824), escribe a la Dirección de la Sociedad de Amigos de la Música, de Viena, refiriéndose a su oratorio Cristo en el Monte de los Olivos: “… en cuanto a mí, preferiría más poner música al mismo Homero, a Klopstock o a Schiller. Por lo menos, si con ellos también hay que vencer dificultades, esos poetas inmortales se las merecen”.
Teniendo en cuenta la sordera de Beethoven, su visión del mundo fue visual. Su instrucción fue autodidacta. “Beethoven recibió una educación inconexa —anota Marion M. Scott—, de forma que no era un matemático, pero sabía algo de francés, latín e italiano, mientras que la gama de sus intereses y la cualidad mental que puso al servicio de los mismos, le situó junto a los grandes intelectuales en una época en que el intelecto estaba pasando por una fase de suma agudeza. Se familiarizó con la filosofía persa, egipcia e hindú. Un cuarto de siglo después de su muerte, Giulietta Guicciardi, hablando con Thayer, recordó especialmente la nobleza, el espíritu refinado y la cultura de Beethoven. Es fácil de aceptar contemplando los libros de su biblioteca, aunque el único testimonio que tuviésemos para ello fueran los pocos libros que han quedado. Incluía la Teoría del cielo, de Kant. La Biblia, en francés y en latín, los Evangelios apócrifos, las Fábulas de La Fontaine, la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, Goethe, las obras completas de Schiller y de Klopstock, el teatro de Shakespeare, las Vidas paralelas de Plutarco, las Epístolas de Cicerón, así como veinte volúmenes de los Cuentos para niños, de Campe…”. Añade Scott que la poesía estaba indiscutiblemente ligada al pensamiento musical del compositor. En sus comienzos, a éste le atraía Klopstock, que fue desplazado por Goethe, Schiller, Homero y Ossian. Goethe, sobre todo, opacó a Klopstock, según las propias palabras de Beethoven: “Goethe vive… y quiere que vivamos con él. Esa es la razón por la que se le puede poner música”. En una carta Beethoven recomendaba a Teresa Malfatti la lectura de Wilhelm Meister. Pero Goethe no escuchó la voz de Beethoven, a pesar de que, de acuerdo a Bettina Brentano, el músico exclamara que lo disponía y excitaba a la composición la lengua de Goethe, “que se organiza con tan elevado orden, como arquitectura levantada por la mano de los espíritus; en sí misma lleva ya el secreto de las armonías”. Según Bettina, Beethoven ansiaba ser escuchado por el coloso de Weimar: “¡Hablad de mí a Goethe! ¡Decidle que debe oír mis sinfonías! Entonces me concederá que la música es la entrada única e inmaterial en un mundo más alto del saber, mundo que envuelve al hombre sin que éste pueda poseerlo… Lo que de ella percibe el espíritu por medio de los sentidos es una revelación espiritual encarnada… Escribid a Goethe acerca de mí, si es que me comprendéis… También yo quiero, con todo mi corazón, que me instruya…”.
Un gusto literario depurado
A pesar de su descuidada educación, Beethoven tenía un gusto literario depurado. Fuera de Goethe, Homero, Plutarco y Shakespeare le eran caros. De Homero prefería la Odisea. De Plutarco, su héroe preferido era Bruto, como lo fue para Miguel Ángel. Tenía una estatuilla del romano en su cuarto. En cuanto a Shakespeare, convirtió en música a Coriolano y La Tempestad. Augusto Schlegel y Tieck, citados por Herriot, publicaron en Berlín, entre 1797 y 1811, una traducción célebre de las obras de Shakespeare, en once volúmenes. Karl Amenda dijo que Beethoven le manifestó que el adagio —¡música de una belleza extraordinaria!— del primer cuarteto de Beethoven se inspiró en la escena de la tumba de Romeo y Julieta. Herriot señala que el actor Enrique Anschütz encontró un día a Beethoven paseando. Habló con éste de Shakespeare y le aconsejó que escribiera una partitura sobre Macbeth: “La idea pareció sugestionarle. Se detuvo, como clavado en el suelo, me lanzó una mirada penetrante y casi demoníaca y me contestó enseguida: ‘Ya me había ocupado de eso, Las brujas, la escena del asesinato, el banquete del fantasma, la cocina mágica, la escena del sonambulismo, la locura mortal de Macbeth…’ ”. En una nota de sus cuadernos de conversación el músico indica que también siguió la exaltada vida de Byron.
Así mismo, gustaba de leer a Platón y su República. En el cuaderno de conversaciones, entre 1819 y 1820, escribió: “Sócrates y Jesús han sido mis modelos”.
Beethoven citaba con alguna frecuencia algunas frases de Kant en sus conversaciones, lo cual no quiere decir que era un conocedor del pensamiento del filósofo de Königsberg. La suya era más bien una concepción popularizada de Kant. En las biografías del maestro suele citarse como punto de referencia intelectual su culto por el pensamiento de Kant. Y no es que estuviese familiarizado, repito, con las doctrinas intrínsecas del filósofo, quien estaba de moda en la Viena de su época y en toda Europa. “La transformación de la ley moral en Kant en noción de la trascendencia divina, incluso bajo la forma de panteísmo, se hace evidente en los apuntes de Beethoven, que, por otra parte, reflejan un conocimiento aproximado de la terminología técnica de la filosofía kantiana”, señala un crítico. Beethoven en sus reflexiones se acercaba al panteísmo. Podría, en fin, considerársele como panteísta. Mediante su música establecía un contacto con el mundo ideal y la realidad. Su pensamiento se ubicaba más allá del mundo de los fenómenos. Como un mensajero mágico, fue un mediador entre un mundo superior y uno inferior. Su lenguaje fue la música. El idioma de todos. En los cuadernos del último período hay testimonios de una forma de espiritualidad casi oriental, que se pusiera de moda en el período romántico. El inventario final de la biblioteca de Beethoven muestra, de acuerdo con el clima cultural de la época, que su criterio intelectual se formaba de atisbos aquí y allá, sin orden ni método, incorporando nociones de la más diversa índole a su inquieta personalidad.
Un artista libre
El músico no desconocía a las demás artes dentro de los linderos de su oficio. “Describir es propio de la pintura —dijo—. La poesía puede también considerarse dichosa en esto, comparada con la música, pues su reino no es tan limitado como el mío; pero, en cambio, el mío va más allá en otras regiones, a las que no es tan fácil llegar”. Nótese cómo se refiere a la música como su reino. Así mismo, manifiesta que ese reino va más allá en otras regiones, que pueden ser inaccesibles para el común de los mortales.
Romain Rolland, al decir —con razón— que Beethoven es la inmensa voz libre, la única, quizás, del pensamiento alemán de entonces, no hace sino reafirmar una verdad. ¡Una voz que se expresa con música, el lenguaje universal!: “Las palabras están presas, pero las notas, afortunadamente, están aún libres”, exclamó un día el maestro de Bonn. Las notas beethovenianas clamaban por una “humanidad futura” que velara por “la pobre humanidad presente”. Es decir, de despertar a los hombres de su sueño. Y él lo logró con su arte, traspasando por medio del sonido los límites de la palabra, como lo hizo con Novena sinfonía, asomo a otra humanidad. En ese sentido, Beethoven fue un hombre libre, cuyo pensamiento fue más allá de su entorno. Y fue un precursor. Lo dicen sus intrincados últimos cuartetos, que, a su vez, nos llevan de la mano con sus sonoridades hacia otras esferas. No en vano para Beethoven el imperio mejor de todos es el del espíritu, según sus propias palabras: “primero de todos los reinos temporales y eternos”.
*Director de la revista IRIS



