Berlín, el barrio

Berlín es un barrio emblemático de nuestra ciudad no solo por su fundación; además, por extranjeros como Boscher y Walker que irrumpieron la escena cotidiana con sus ansias modernas de tecnificar la localidad y reseñarla como prototipo de la urbe que estaba en expansión.

Wilmar Ospina Mondragón*

“Definición de barrio bonito: lugar en el que uno no puede permitirse vivir”. Charles Bukowski.

En general, la historia de una ciudad no está centrada, necesariamente, en su núcleo, en sus primeras construcciones, en esa Calle Real, en ese centro histórico e institucional a través del cual se teje todo el entramado de una urbe en desarrollo. En muchas ocasiones, sino en todas, la historia de una metrópoli está remarcada por la fundación periférica de sus barrios.

Y es así porque el barrio se funda por medio de otros imaginarios, con necesidades diferentes, porque su identidad es, en el fondo, una marca honda y profunda que se instaura en cada uno de sus pobladores y que, de una u otra manera, instaura en sus habitantes una genética de proximidad tanto en el comportamiento, los valores, las actitudes e, incluso, en el sentido de pertenencia, pues entre un barrio y otro pueden existir afinidades o, tal vez, rivalidades y antagonismos, situaciones que dinamizan no solo el barrio al que se pertenece; también a la gente que los habita.

En este sentido, la zona originaria se descentraliza y los barrios que surgen en la ciudad ramifican otras vertientes a la historia fundacional, lo que posibilita, entre otras cosas, que la historia no sea plana, rígida, monotemática, sino todo lo contrario: atestada de matices, de sobresaltos, de tonalidades, de maneras de ver y vivir tanto la zona donde se levanta el barrio como la ciudad misma de la cual hace parte; en sí, cada barrio es cuna de la transformación social y cultural en la metrópoli.

Así las cosas, la ciudad, porque al igual que el hombre vive, crece, se reproduce y muere, extiende sus tentáculos de piedra hacia las afueras y, de esta misma manera, ciencias como la Sociología, la Antropología y la Historia descubren allí, en esas colonizaciones aparentemente lejanas y distantes, el vestigio, el dato, la anécdota, esa fisura mediante la cual el relato fundacional de la ciudad también crece y se populariza, promoviendo, en cierta medida, una especie de dinamismo urbano que revitaliza, una y otra vez, la historia de la ciudad.

Berlín
En tal caso, Berlín, como barrio de Pereira no es la excepción. Y no lo es porque este poblado, que se halla sobre un altillo es, quizás, el más antiguo de la ciudad. El año de 1870, al parecer, fue la época en la cual se registró la fundación de este caserío ubicado en la periferia de una metrópoli apenas naciente.

Para entonces, la tenacidad de su gente y la constancia con las labores propias de una capa social marginada gestaron el progreso, en cuanto a las necesidades básicas que cualquier ciudadano del común debía satisfacer, en aras de una tranquila y sana convivencia con las altas esferas de esta capital.

Sin embargo, solo fue hasta 1917 cuando el sector tomó, galantemente, forma de barrio popular, puesto que el alemán Wilhelm Boscher compró allí unos terrenos en los que construyó unas cuantas casas al mejor estilo bávaro. Hoy, de esas viviendas no quedan retratos fotográficos y pocos vecinos del lugar las recuerdan con sus relatos. No obstante, en el costado lateral del centro comercial Arboleda, hay un puñado de edificaciones que aún conservan esa arquitectura germánica de entonces.

Boscher, a quien relacionan con ser el dueño de la línea ferroviaria o, por lo menos, desempeñar un alto cargo administrativo en dicha red, regresó un día a su tierra natal. Los pobladores del sector, agradecidos y honrados por la buena voluntad del alemán, adjudicaron al caserío en progreso el nombre de Berlín[1].

Descendiente
Otro descendiente extranjero que fijó su mirada en Berlín fue Luis Jaramillo Walker, quien, en aras de tecnificar su empresa cafetera en la región promovió proyectos tan importantes para el barrio como la planta eléctrica; asimismo, el sector se benefició con el primer acueducto denominado La Julia porque, Walker, construyó un sistema de canales por medio del cual encauzó las aguas del Egoyá para llevarlas hasta su trilladora de café.

Berlín es un barrio emblemático de nuestra ciudad no solo por su fundación; además, por extranjeros como Boscher y Walker que irrumpieron la escena cotidiana con sus ansias modernas de tecnificar la localidad y reseñarla como prototipo de la urbe que estaba en expansión.

Hacia 1915 apenas había unas cuantas casas de bahareque con tejas de barro regadas aquí y allá en una gran extensión de tierra. No obstante, el auge del ferrocarril, la energía eléctrica y la instalación del acueducto animaron a los pocos pobladores a desarrollar, con tesón, trabajos en función de dichos proyectos porque sabían de la valía para la zona. Así, poco a poco, esa tierra alejada del centro histórico de la ciudad se fue poblando porque, en definitiva, allí el progreso se vivía a flor de piel.

Este barrio es representativo porque en sus calles ha crecido una generación de pereiranos de casta humilde pero que, en general, se han formado al calor de los buenos valores, de esa necesidad humana de salir adelante y festejar sus triunfos académicos, laborales, deportivos, culturales, con esa templanza y orgullo que caracteriza al poblador de los sectores populares de una ciudad en gestación.

Los domingos
De hecho, los domingos, en un principio, era un día crucial para el barrio porque, después de asistir a la respectiva misa, los pobladores compartían, en las esquinas de las calles polvorientas, no solo sus sueños; asimismo, comidas rápidas que, con el tiempo, se volvieron emblemáticas de la zona; hablamos de las empanadas, las arepas, las papas guisadas. En la actualidad, esta tradición no se ha perdido, puesto que en la carrera 12 entre el parque de Corocito y el de la Rebeca, pueden verse carpas multicolores, fogones y perolas con dichos antojos culinarios, lo que hace de este sector un lugar cotidianamente gastronómico.

Las cosas que podrían relatarse en relación con el barrio Berlín son, con toda sinceridad, casi infinitas, como, por ejemplo, la construcción de la primera iglesia, la donación de las campanas que hizo Bavaria, la casa cural e, incluso, el aspaviento que promovió el nombre del barrio después de conocerse información sobre el holocausto nazi, pero por la extensión del texto y porque quiero antojarlos a que averigüen la historia de nuestro barrio, solo referenciaré unas cuantas.

Con el paso del tiempo, la generación de jóvenes que nacieron y crecieron en Berlín trajeron consigo otras prácticas citadinas relacionadas con el ocio, entre las cuales destacan el juego de billar, el fútbol o picadito en las calles, bares para tomarse unas “amargas”, de los que se destacan por su historia y tradición Rigoleto y, en especial, La Milonga, que funciona, tal vez, hace más de 50 años en Berlín.

Grupos de jóvenes
Como todo barrio popular pueden hallarse grupos de jóvenes dedicados a ciertas actividades ilícitas; sin embargo, no me centraré en ello porque, en muchas ocasiones, estas actividades florecen en las comunidades por falta de programas gubernamentales que muestren a estos chicos otras maneras de formarse para que la vida no sea una cruda carrera contra el tiempo, sino esa manera sana de disfrutar la felicidad y la tranquilidad desde lo poco o mucho que se tenga.

En este sentido, y estoy seguro de lo que expondré porque nací y crecí en Berlín, la mayoría de los pobladores del barrio nos hemos formado con pujanza, con entereza, con esa verraquera que fluye por nuestras venas y que nos ha dado la posibilidad de ocupar un lugar honesto y sensato como ciudadanos tanto en la urbe en que habitamos, como en el barrio que nos vio crecer, porque las calles de ese Berlín me habitan y recorren mis venas, en un fino rumor, sus historias, su geografía, su forma de su ser.

Berlín no es barrio bonito, y, tal vez, ello es lo que más encanta, porque en los barrios bonitos todos son extranjeros que se miran desde las ventanas medio iluminadas; en cambio, en los sectores populares nadie es forastero y detrás del cortinaje rojo encendido no necesariamente hay un burdel de paso; puede vivir, en ese hogar, una familia alegre que no se siente ultrajada por el qué dirán de los vecinos.

En fin, así es Berlín, una cortina roja que no esconde las vísceras putrefactas nuestra urbe, sino que, al descorrerla, ante los ojos de sus pobladores y de sus visitantes se proyectan rayos de luz en los que se descubre que, en el barrio, realmente palpita el corazón de la ciudad.

[1] Sobre Boscher y Walker habrá mucho que decir; no obstante, hago una referencia básica al respecto porque mi interés en este texto consiste en resaltar el valor que trae el barrio para la evolución histórica de la ciudad.
*https://ojoaleje.wordpress.com

El autor

Pereira. Estudió Español y Comunicación Audiovisual en la Universidad Tecnológica de Pereira, con maestría en lingüística. Actualmente es docente en el colegio Ciudad Boquía y en la Universidad UTP y UCP. Su primera novela es “Carne para caníbales.”

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