Los guardianes del café: jóvenes le apuestan al relevo generacional

En Mistrató, un municipio de Risaralda asentado en los límites del Chocó Biogeográfico, un grupo de jóvenes ha decido apostarle al café como alternativa de vida y como fórmula para propiciar el relevo generacional en el campo. Ellos conforman el grupo de “Empalme Generacional” de la Asociación de Caficultores Asojardín, el cual ha contado con el apoyo de entidades como la ONG Solidaridad. El grupo se ha convertido en un laboratorio de pensamiento donde se está gestando una nueva generación de productores de café que le están apostando a la profesionalización, a la diversificación del negocio, al mercadeo y a la innovación, indica Solidaridad en una nota especial publicada en su página Web sobre este interesante proyecto. Solidaridad promueve el rescate de la cultura cafetera a través del arte, la educación y un proceso sucesional que encuentre puntos de convergencia entre los padres y los hijos. “Nosotros buscamos esos puntos de unión entre las familias, y desde allí promovemos el diálogo para que los padres no se sientan relegados por los hijos, ni los hijos sientan que no tienen cabida en el manejo del cafetal” dice Isai Galvis, técnico de campo que trabaja con el grupo de más de 20 jóvenes que hoy conforman el grupo de empalme. Acerca de la labor que cumplen los Guardianes del Café, hablamos con uno de sus integrantes, Juan Sebastián Vélez Jaramillo, de 29 años.

¿Quién es Juan Sebastián?

Soy Caficultor, apicultor, estudiante y tengo también un negocio en el municipio. Estoy haciendo un Técnico en Saneamiento Ambiental con la Universidad de Caldas y con un programa de Universidad del Campo junto con apoyo del Comité de Cafeteros.

¿Qué trabajo adelantan en Mistrató los jóvenes cafeteros?

En el municipio existe la Asociación AsoJardín Café que tiene 155 asociados y nosotros pertenecemos al Comité de Jóvenes, integrado por 20 jóvenes, nietos, hijos, sobrinos de los asociados. El tema asociativo inició con nuestros padres, pues ellos vieron la necesidad de organizarse y adquirir conocimientos, sabemos que mediante la asociación podemos, además de recursos, podemos tener capacitación lo que nos puede ayudar para mejorar los procesos y para mejorar las condiciones de nuestras fincas.

¿En su caso particular, cómo fue la vinculación al grupo?

Mi abuela siempre hizo parte de la AsoJardín y cuando yo llegué al grupo ya estaba muy conformado. Me puse en contacto con estos jóvenes y con Rodrigo Muñoz que fue uno de los pioneros y quien tomó la iniciativa de formarlo. Cuando empiezo a conocer más el proceso me doy cuenta que la búsqueda que teníamos era generar valor agregado y generar mejores ingresos para nuestras fincas, para mejorar la calidad de vida de nuestras familias. Ese es como la base de todo, mejorar la calidad de vida y la calidad del producto, nuestro café cuenta con un gran potencial y estamos en la tarea de transformar y de evidenciar eso con hechos.

¿Cómo han venido trabajando para alcanzar esos objetivos?

El propósito de nosotros es generar ese empalme o el relevo generacional, porque se ha detectado que la fuerza laboral en el campo se está envejeciendo, por decirlo de alguna manera. Siempre nos han incentivado que hay que salir a las ciudades, hay que tener una carrera, hay que trabajar en una empresa, pero nosotros también nos dimos cuenta de que tenemos una responsabilidad muy grande y es asumir las riendas de este nuestro campo. Lamentablemente quienes han estado a cargo de las fincas van pasando, van perdiendo su etapa productiva por decirlo de cierto modo, entonces es necesario un empalme generacional y que nosotros asumamos la responsabilidad y no dejemos perder la tradición cafetera. Entonces yo creo que la necesidad principal es el empalme generacional

¿Y en general cómo les ha ido en este proceso?

Nos ha ido excelente, nos ha ido muy, muy bien. Hemos recibido capacitaciones  una organización internacional que se llama Solidaridad Latinoamericana en como emprendimiento, procesos de café, dentro del grupo tenemos muchachos que están capacitándose en temas de catación ya van en niveles avanzados de tostión de café. Hemos logrado conformar un grupo muy sólido y además con conocimientos, porque mientras tenemos un muchacho que puede tostar el café, tenemos otro que lo puede catar, otro que tiene idea sobre procesos y así vamos retroalimentando todo eso.

¿En ese sentido, hacia dónde están apuntando? ¿Cuál es su meta?

Hoy por hoy estamos tratando de avanzar proyectos, queremos tener una marca de café, queremos tener una marca de café, una edición de jóvenes dentro de Asojardín y queremos impulsar la asociación en general, que  no sea un grupo visible sino que sea en realidad una asociación como tal y que nosotros seamos como un impulso para que todas estas familias y todos nuestros asociados también tengan beneficios dentro de sus proyectos y las gestiones que se hagan.

“El propósito de nosotros es generar ese empalme o el relevo generacional, porque se ha detectado que la fuerza laboral en el campo se está envejeciendo”

¿Ustedes demuestran que el café sí tiene futuro?

Sí, claro, tiene todo el futuro por delante. De hecho nosotros miramos una cantidad de posibilidades a nivel regional porque lastimosamente, el café pasa por un intermediario y se pierde la cadena de proceso. Nosotros vemos el potencial de que podemos participar en toda esa cadena de proceso de producción, transformación, comercialización, y generar ese valor agregado y contar una historia. Es una cantidad de posibilidades que nosotros creemos que tienen un futuro gigantesco.

Los jóvenes cafeteros

Rodrígo Muñoz. Es heredero de la tradición de Lisandro, su abuelo y de Rodrigo, su padre. Migrando desde el Valle, llegaron en búsqueda de una zona alejada del conflicto para asentarse en una tierra con fama de buen café. La familia de tres comenzó “levantando una finca que estaba caída”, según recuerda Rodrigo, pero con trabajo fuerte y algo de inversión fue floreciendo como su nombre, La Primavera. En esta tierra fue la primera vez que Rodrigo Muñoz sintió que era caficultor, en esa primavera florecía el fruto de su sudor y de su esfuerzo, así como el de sus padres.

Sofía Amaya. “Vine por tres meses y llevo dos años”.  Así comienza a narrar su historia de amor por el café y por Mistrató Sofia Amaya Toro. Hace apenas 24 meses era investigadora en la Universidad Javeriana, pero un día decidió que en su tierra natal también podía alcanzar sus sueños y le apostó todo lo que tenía a Mistrató. Sofía es nieta de Antonio, un prolífico caficultor que junto con su esposa trajeron a la vida a 11 hijos, a los que la violencia les arrebató de las manos la oportunidad de continuar con la tradición familiar y los obligó a migrar para sobrevivir.

Melia Alzate Perea. Es hija de Margarita y nieta de Pascuala, es poeta y también caficultora. Siendo la mayor de siete hermanos, creció acostumbrada al trabajo en el cultivo, y a valerse por sí misma. Como muchos jóvenes de la zona, dejó el cultivo para encontrarse a sí misma, para buscar nuevos rumbos, para saber qué es vivir tras las montañas de Mistrató. A su regreso se dedicó a trabajar con los jóvenes del grupo de empalme generacional.

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