Alonso Marulanda A.
Director “blanco y negro teatro”
El oficio del teatro, este síndrome de delicadeza extraña, grata ocupación, estimulante disciplina de unión, que ha incidido en generaciones y que nos obligó a querer a nuestros antecesores. Esta casa grande de piedras, de colores y ladrillos grises, de tragedias y comedias, lo han acompañado, ni las distancias más invisibles le han derrotado su extraña manera de ser, su corazón flamante nos ha ofrecido su amistad. El teatro nos ha hecho su gran amigo, nos ha permitido profundizar, tocarlo, moldearlo, su popular acontecer y a la vez manipulado por deseos fastidiosos, arrogantes y excluyentes, pero su tiempo es propio, está en sus manos y se ha hecho libre y sin mezquindades, nos ha pedido ayuda y, por tanto, no ha sido orgulloso.
Del teatro se ha desprendido lo sencillo, nos ha proporcionado conversatorios, charlas, foros, ricas tertulias, él ha sido bien enfocado. Del teatro ha surgido una gran empresa humana, que ya lleva muchas arrugas en su frágil y a la vez fuerte piel, su geografía escucha, fascinado de pies a cabeza, su obsesiva preocupación por representar la vida, se preocupa por lugares tranquilos y por lugares terribles y a la vez perversos, con el efecto de sus palabras en los oyentes, las miradas, los cuerpos y su gesto.
Cuando se expone describe con objetividad, sólo, lo que ha podido comprobar. Pese a las tormentas, el teatro alberga la esperanza, el entusiasmo, con el pasar del tiempo ha tomado una conciencia cabal, todo lo hace abiertamente con muecas audaces. Él impresiona con su seriedad y no juega con su independencia, nos hace suyos, es mío, de todas y todos, aúlla como lobo centinela, el arte de pensar lo anima, sus piernas, sus brazos no ignoran lo bajo, lo alto, nada quiere olvidar, su estado de ánimo no baja la guardia, cada vez más, está más animado y libertario, nunca abrumado.
Todas y todos lo esperan con impaciencia para escuchar sus testimonios, atrocidades y alegrías que despiertan sensaciones, emociones que acarician los sentidos, porque tiene suficiente información, la historia, la cultura lo nutren, porque lo indignan, lo alegran.

Como águila vuela, perturba, desequilibra, lo miman, lo golpean, pero, el teatro es de mentalidad y consistencia fuerte, muda de piel, es y sabe mucho de resiliencia, no es sencillo derrotarlo, pocas y también son muchas las cosas que le producen malestar, vive con angustia, pero también se sana de forma muy rápida, vive a la orilla de la locura, pero su gran voluntad hace que su cuerpo pronto se recupere, porque sabe que la humanidad desdichada, no puede perder la esperanza para que la horrible rapiña vertiginosa, no tenga futuro, para que los abrumados y vencidos, curen sus cicatrices.
El teatro ofrece antídotos que ayudan a sobreponerse, la disciplina, la cultura teatral, significa la pobre postura del delito, propone resarcir, por eso lo escuchan más allá de la razón y de la existencia. Los espectadores lo esperan de pie, como esqueletos animados, porque son ellos los que lo hacen funcionar, no hay fuerza social que cambie su sistema, que nadie se equivoque, el idealista llamado teatro, porque él no se altera ante ningún detalle, entiende que es semilla frágil, pero comprende que no nació para quejarse, se hace fuerte y está fuerte como un torrente, siente que no se desplomará, siente que está como un árbol, azotado, pero continúa de pie y permanece, el teatro sigue siendo como el canto de los invisibles, de la tierra, de la vida.
Hoy que nos celebramos, tenemos que tener muy claro, que nosotros, la gente de teatro, tenemos al frente, un gran cuerpo incalculable que es de todos y de gran valor, que nuestro oficio alimenta, entrega a las miradas todos sus afectos, que nos enseñó la fraternidad, los abrazos, nos ha depositado la paciencia, nos salvó de las ansias y nos ha otorgado la resistencia.
Seremos siempre fuertes; Viva el Teatro!


