Una crónica recuperada

Mauricio Ramírez Gómez

LA AVENTURA DE LOS LIBROS

La gorda de Botero, en la esquina de la calle Colombia con carrera Bolívar; la iglesia de la Candelaria, el café Pilsen, el palacio del Anteojo, la estatua de don Pedro Justo Berrío y la estación del metro, matizan el contraste que el forastero se encuentra en la plaza principal de Medellín, hoy también, como ayer, con:

“Cosas de todo día.

Sucesos banales.

Gente necia,

local y chata y roma.

Gran tráfico en el marco la plaza”.

En este Parque de Berrío, uno de los símbolos de Medellín, a las 8:00 de la mañana de un día cualquiera, policías como perros de presa persiguen jóvenes mal y regularmente vestidos, mientras que la estación del metro se desborda de personas.

Durante la mañana el ruido no está presente, excepto el de zapatos sobre el pavimento, los parlantes del metro y las campanas de la iglesia; pero a lo largo del día pitos, gritos, motores, voces, música, campanas, insensibilizan el oído y recuerdan que esto es una ciudad donde todos tienen que sobrevivir. Aquí no es difícil encontrarse asaltado en la buena fe por indigentes, lindas niñas vendiendo chance, lotería o dulces viejos; o, en fin, envuelto en una red de embaucadores hambrientos amparados por el perdón de Dios.

Era lunes 6 de marzo y quien esto escribe debía cazar una historia digna de ser contada, usando para narrar un hecho verídico toda la vocación que tiene para la ficción. Así que vestido con jeans y camisa azules, y botas cafés, armado con un lápiz, una libreta recién comprada y un libro de poemas hindú, enfiló sus pasos hacia el parque de Berrío. Pero cuadras antes, en la Plazuela San Ignacio, primero, y por la avenida La Playa después, la misma escena: un transeúnte apurado y un lustrabotas que sale de la nada.

– Le desmancho las botas, amigo- dice el primero, señalando mis pies.

– No, gracias- le respondí un poco avergonzado.

Pasos más adelante:

– Yo se las desmancho-. Otro lustrabotas

desarrapado.

– No, gracias, amigo- dije, esta vez ya enojado por su imprudencia y mi descuido.

Por fin en el parque, en busca del mejor punto de observación, escogí los bajos de la estación del metro, donde hay ‘otra ley’. Luego, una cafetería sin nombre, una gaseosa, sentarse en una mesa, leer y mirar de reojo, escuchar todo cuanto se dice alrededor, tomar nota, atender con cortesía a todo aquel que se aproxima y habría reportaje. Sin embargo, al cabo de una hora, nada, ya había pasado mi mano tres veces por el bolsillo, para pagar la gaseosa, dar limosna y comprar una caja de chicles podridos, y no tenía historia.

De pronto, un joven negro (un negrito, como decimos aquí) se acercó y me dijo:

– Lustro

– ¿Cuánto vale?

– Mil pesos.

– ¡Hágale!

Yo estaba feliz, porque la romantización de la pobreza es un tema exitoso en el periodismo. Encaramé mi pie en su caja mientras diseñaba el cuestionario de rigor. Él hacía lo suyo: alistaba betunes, cepillos, trapos.

– Yo le quito esas manchas- dijo, refiriéndose a mis botas.

– ¿Y por qué se manchan?- le pregunté convencido de su autoridad en el tema.

– Por el petróleo del betún, pero yo se las quito.

Entonces comenzó una operación consistente en mezclar líquidos, uno negro y otro café, y aplicarlos con un pincel grueso en la punta de mi bota derecha. Después, vino el trapo, enseguida el cepillo y, por último, la oferta. La bota estaba brillante, como nueva, en su punta.

– Mire cómo queda

– Bien- le dije-. ¿Cuánto vale todo?

– Dos mil el “bañito”.

Yo nunca me había hecho lustrar y este negrito desarrapado, con mirada triste, venido de Buenaventura, a pesar de no responderme las preguntas con que intentaba obtener su historia de vida, me inspiraba confianza y su trabajo con mis botas no contrariaba para nada esta impresión. Lo único que me desagradaba era su murmullo de explicaciones, emitido sin muchos deseos de que yo lo escuchara. Terminando de embadurnar mi bota derecha volvió a hablarme en voz alta:

– Son tres “bañitos” en cada una, para que le queden bien, y cada bañito le vale dos mil.

Él me había quitado los cordones y convertido en el centro de atención de ese lugar, el trabajo estaba a la mitad y yo no tenía historia, así que no podia echarme para atrás.

Había contado mi dinero hacía poco, sabía que conservaba cinco mil pesos. Le pedí que sólo aplicara el primer “baño”  en ambas botas, porque no contaba sino con tres mil pesos.

– Con los tres “bañitos” en cada una no se le vuelven a cuartear- me respondió sin parecer entender, o sin querer-.

– Sí, pero yo no tengo sino tres mil.

– Es que nosotros a esto sólo le ganamos dos mil.

– Sí, pero yo no tengo sino tres mil.

Yo ya estaba atolondrado, por el temor a la violencia del negrito, que callaba y embetunaba, mientras yo sólo atinaba insistirle en que solamente le daría tres mil pesos, aunque ya estaba haciendo cuentas con los cinco mil.

– La embetunada es gratis-. Volvió a hablar, una vez hubo terminado-. Con todo el tratamiento no se le vuelven a manchar.

– Sí, pero yo pensé que todo valía dos mil… No, deje, yo me pongo los cordones… mire los tres mil.

– Una Iástima, patrón, vea que un trabajo de estos nunca se le vuelve a hacer.

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