Juan Carlos Acevedo
Omar Ortiz Forero es una voz mayúscula en las letras colombianas, su nombre se extiende como su obra en todo el territorio nacional. Son más de 15 títulos los que ha publicado después del libro inicial La tierra y el éter (1979). Con los años llegaron libros como: “Que Junda el Junde” (1982), “Las muchachas del circo” (1983), “Diez regiones” (1986), “Los espejos del olvido” (1991), “Un jardín para Milena” (1993), “El libro de las cosas” (1995), “La luna en el espejo” (1999), “Diario de los seres anónimos” (2002), “Las calles del viento” (2004), “Cequiagrande” (2011), “Lista de Espera” (2017) o “Pequeña historia de mi País” (2021).
Toda esta trayectoria viene acompañada de premios como el XII Concurso Nacional de Poesía Universidad de Antioquia con “El libro de las cosas” en 1995, o de ediciones en España y poemas suyos publicados en revistas y libros de muchos países del continente americano y traducciones de sus poemas en otros idiomas como el francés, recordemos que la editorial francesa Éditions L›Harmattan publicó su libro “Diario de los Seres Anónimos” bajo el título “Journal Des Êtres Anonymes”, en una bella edición bilingüe.
Son más de 40 años dedicados a la literatura sin contar que dirige la prestigiosa revista de poesía Luna Nueva. Revista para nocheros hace 36 años. Así se construye una obra poética entre las lecturas y la escritura. Él lo sabe.
Sin embargo, no es de su recorrido literario a lo que quiero referirme sino a su último libro El árbol es un pueblo con alas. Antología personal publicado por la prestigiosa editorial Nueva York Poetry Press en su colección Piedra de la Locura, que dirige con acierto la poeta argentina Marissa Russo y edita bellamente el poeta mexicano Francisco Trejo.
Toda antología personal es un testimonio de vida, de querer dejar detenido cada instante entre papel y tinta y aquí quisiera entender ese testimonio como nos lo hace comprender Charles Simic en su ensayo El flautista en el pozo cuando nos dice que:
“El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo. El poeta desea rescatar un rostro, un estado de ánimo, una nube en el cielo, un árbol en el viento y tomar una especie de fotografía mental de ese momento en que el lector se reconoce a sí mismo. Los poemas son instantáneas de otras personas en las que nos reconocemos a nosotros mismos”.
Es así, como he comprendido la lectura de la obra de Ortiz Forero como un testimonio del tiempo que le ha tocado vivir, que es el tiempo de todos nosotros. En su poesía la ironía y lo profano toman estatus de hecho poético, Es a través de su poética que el territorio se nos hace reconocible, que la palabra toma además ese carácter de cartografía donde podemos hallarnos, donde discurrimos como seres que habitamos un mismo infierno o un mismo paraíso.
Si detener el tiempo en el poema o acercarnos a la cotidianidad como sino no fuera ya bastante importante, en la obra de Ortiz Forero empiezan los rostros de los antihéroes como sujetos poéticos a perfilarse en el espejo de su escritura.
Qué encontramos allí, no sólo oficios, sino que encontramos al otro. Sabemos que en el inicio la poesía cantaba a los dioses, a los guerreros y a los héroes, de eso da fe Homero y Virgilio, por ejemplo. La inmortal Safo de Lesbos en su poesía dio valor a lo que sentía por el otro y desde hace 2800 años ella y los otros ocho poetas líricos griegos cambiaron la forma de reconocernos en el poema.
Omar Ortiz no es sólo un poeta que observa y escucha al mundo, sino también que se nutre de la mejor savia que puede nutrirse uno: la lectura de libros o lectura de vida y es tan avanzada ésta que ella se deja entrever en muchos de sus poemas.
Trazando esta visión de la poética que edifica el escritor Ortiz Forero llegamos quizás al poeta en que se ha convertido al sumar todo lo anterior. Leer el mundo le hace ver en el otro la manera de ser testigo de su tiempo, de dar testimonio del tiempo que le ha tocado vivir como decía Heidegger.
No, no es sólo amistad, es admiración y respeto por la tradición poética lo que me mueve a seguir la obra de este hombre, lo que me hace escribir sobre él y su nuevo libro El árbol es un pueblo con alas; un libro que recoge la obra, sí la obra poética de un ser que fue capaz de olvidarse de los egos, del yo poético, de los flashes y las cámaras para mirar que en el otro hay pérdidas, injusticias, dolores, vacíos, felicidades, amores y porque no, esperanzas de vivir mejor, de vivir sabroso como ha vivido Ortiz Forero a través de su poesía. Este poeta generoso es capaz de unir generaciones de lectores y escritores y ahora que ha sido designado Director del Festival de Poesía de Cali esperamos que su encuentro con voces del país y de todo el mundo sigan enriqueciendo su trabajo con la palabra y nos siga brindado su poesía muchos años más.

1 Primero fue la región de la guayaba,
Tierra de los cinco huecos,
el trompo bailador
y la bola mara.
Al Sur,
los eucaliptos hacen parpadear las estrellas.
Al Norte,
la madre camina por el sendero de la leche,
la leche tibia y espumosa del ordeño.
Dicen que el sol sale por Occidente
pero tengo mis dudas,
nunca despierta las cometas
ni calienta el agua de Vitelma.
En cambio al Oriente,
los copetones gorjean su única canción:
la oración de la tarde, entre cerezos,
pantalones raídos,
raspaduras
y máscaras del Santo.
Todos los carpinteros van al cielo.
Y también los sastres, los zapateros, los albañiles,
las costureras, los peluqueros, los artesanos,
y por supuesto, las putas y algunos buenos poetas.
Los malos poetas, en cambio,
llegan directamente al infierno
donde son condenados a construir
un único y eterno poema
que sea como Él, perfecto.
Una muchacha de San Petersburgo.
Anna Ajmátova, casó con un poeta,
Nikolai Gumiliov, fusilado por orden de Yezhov,
jefe de policía y mal sujeto.
Su hijo, Lev Gumiliov, murió en la cárcel
a los veinte años.
De ella habló mal Maiakovski
antes de suicidarse, pero le perdonamos.
Anna Ajmátova, sufrió el terror.
Compuso Réquiem para que no olvidáramos.
Pero nuestras mujeres que ven morir sus hijos,
sus novios, sus esposos, asesinados,
no pueden leer más que la lista diaria de los muertos.
Lloran de rabia, de impotencia,
mientras cierran la tapa de los féretros,
y de su alma.
Por eso hoy les hablo de Anna Ajmátova
para que sepan que no están solas en su congoja.
Héctor Fabio Díaz.
Llevo encima el traje azul, la corbata naranja,
la camisa que tanto gusta a Margarita, la del 301,
los zapatos negros recién lustrados, una pinta de hombre,
como dijo mi madre después del beso ritual de despedida.
En la Kodak me tomaron la foto para la solicitud de empleo.
Pero de pronto me empujaron a un auto,
me pusieron dos armas en la cabeza y acabé tirado en una pocilga
donde me preguntaban por gente desconocida.
No señor, decía y me pegaban.
Sí señor, respondía, e igual me pegaban.
Duro, lo hacían,
como si no tuviera carne, ni huesos, ni sangre, ni alma.
Ya no tengo traje azul, ni corbata naranja,
ni puedo abrazar a Margarita.
Ahora soy una desteñida foto que mi madre
lleva a cuestas en plazas y desfiles.
Pandi.
Eran los años en que los sueños me habitaban.
Como el malabarista que se juega el alma
en compañía de la muchacha que se alimenta de fuego,
transitábamos mi madre y yo sobre los muertos
que en el día simulaban ser pájaros ciegos.
Peregrinos de la piedra, en romería a las aguas termales,
olorosas a azufre,
topábamos los límites del inframundo,
donde reinaba el jinete sin cabeza.
Mi madre, como si nada ocurriera,
iba señalando los nombres de los árboles:
éste es un guayacán, decía, aquel, un arrayán,
el que está junto a las grandes rocas, un guayabo,
y así uno tras otro, desfilaban ocobos, guanábanos,
gualandayes, almendros,
mientras yo recordaba el golpeteo de los cascos sobre las losas.
Hoy, cuando sólo quedan guijarros calcinados,
y no existen arboledas que podamos bautizar,
la voz de mi madre dibuja en mi memoria hermosos follajes.



