A no ser que decidamos romperla y para eso debemos recuperar la capacidad de pensamiento perdida en algún recodo del camino.
Gustavo Colorado Grisales
Los expertos en mercadeo político y religioso lo saben muy bien: una mente confundida y sin facultades críticas puede precipitarse por el despeñadero de cuanto fanatismo le ofrezcan en el portafolio de servicios. Sólo se necesita una buena dosis de miedo y la promesa de una cura para todos los males.
De ahí que la retórica de iglesias y partidos se pueda intercambiar con tanta facilidad: palabras como salvación, abismo, infierno y perdición abundan en los pronunciamientos de candidatos y pastores. O de candidatos-pastores, porque cada vez estamos más atrapados en el viejo contubernio entre política y religión.
Y confundir una mente es lo más simple del mundo. Usted toma una buena dosis de información falsa, le suma algunos datos imprecisos o un manojo de verdades a medias que al final resultan ser las peores, las cuece a fuego lento, las viste con un ropaje incendiario y puede lanzarse a la carrera política o sacerdotal sin fijarse en gastos.
Del resto se encargan los medios de comunicación con su poder multiplicador.
Tomemos nada más tres casos de gran repercusión en tiempos recientes: la masacre perpetrada contra el pueblo palestino por parte del actual gobierno de Israel, la llegada de Javier Milei a la presidencia de Argentina y la campaña electoral en Estados Unidos. Con algunas excepciones, en los tres casos el abordaje de las noticias se ha caracterizado por la inmediatez de un lenguaje tremendista al que los análisis de “expertos” le dan apariencia de seriedad.
Un dato clave: tanto Trump como Milei se lanzaron como figuras públicas a través de espacios televisivos bastante próximos al formato del reality- show.
Este último concepto es elocuente: la realidad como espectáculo o el espectáculo como realidad. Para los medios, y más aún sí circulan a través de la internet, la frontera entre los dos mundos se diluye. Desde que CNN asumió la información sobre la Guerra del Golfo como un espectáculo transmitido en vivo y en directo, con franja de comerciales incluida, cualquier distanciamiento crítico se hizo imposible. Entre el mercadeo del Super Bowl y las noticias de la guerra no hay diferencias.
En Gaza
Algo similar pero peor sucede con la desinformación acerca del drama en la Franja de Gaza. Si ustedes se han fijado, las notas “periodísticas” se presentan bajo un encabezado en letras mayúsculas que dice: “GUERRA ISRAEL- HAMAS”. A continuación se muestran imágenes de edificios destruidos, de heridos o muertos cubiertos con sábanas, seguidos de cuadros con cifras y más cifras.
Con los cada vez menores niveles de discernimiento de la masa humana alienada
por toda suerte de poderes, no es difícil prever las consecuencias de esa manera de abordar las cosas. Lo he comprobado en la calle hablando con algunas personas. Muchas de ellas creen que sí Israel es un país en guerra con Hamas, entonces este último también es un país. Así las cosas, Palestina desaparece de la mente de los consumidores de información… si alguna vez estuvo.
De cuajo queda suprimida una historia que se remonta a los días del Antiguo Testamento con sus conflictos milenarios. Leamos los relatos sobre filisteos, cananeos, babilonios, persas y tendremos una ruta más segura que la señalada por los medios. Sólo entonces la abstracción “GUERRA ISRAEL- HAMAS” pierde consistencia y el drama de los palestinos se revela en toda su dimensión.
Con Israel pasa algo parecido. Como la información es pobre y tendenciosa, no se hace claridad sobre la diferencia entre la cultura y la religión del pueblo judío, que son patrimonio de la humanidad por un lado, y el programa sionista de poder político y económico a nivel planetario por el otro. De ese modo los elementos de comprensión se reducen a cero.
Presidentes
El caso de la dupla Milei-Trump es ejemplar por lo peligroso. En ambos el uso de la mentira para manipular la mente de masas carentes de todo criterio dio unos resultados que se traducen en un nada prometedor modelo para el mundo. Ambos hablan de devolverle a sus países una improbable y pérdida grandeza: la misma invocada por los nazis para garantizar su llegada al poder o por los estalinistas para restituir el paraíso terrenal a la clase obrera. El norteamericano dice que le robaron las elecciones pasadas y que su triunfo en las próximas debe ser algo así como un acto de justicia universal. A su vez el argentino ha repetido en todas partes que su país llegó a ser el más rico del mundo, y que su misión consiste en devolverle esa condición. Los datos de los historiadores y economistas más conservadores desmienten esa versión. Tampoco Trump ha podido probar el robo y, sin embargo, sus fieles devotos lo repiten en las plazas y en las redes sociales, ese imparable agente multiplicador de imprecisiones y falacias.
Y es aquí donde aparece el concepto más peligroso: el de “misión”. A lo sumo, un político pude tener un proyecto o un programa de gobierno realistas y realizables.
Pero eso no vende. Mejor dicho, no es mercadeable ni mueve las potencias instintivas de los eventuales electores. Así las cosas resulta más rentable a nivel electoral apelar a la movilización de los instintos, empezando por el miedo y la necesidad de imponerse sobre los otros. Como una vez alcanzado el objetivo de hacerse con el poder la misión resulta imposible de cumplir, sólo queda el recurso de huir hacia adelante, aumentando así los niveles de confusión y de paso creando nuevas necesidades de redención.
El Leviatán ha aprendido entonces a alimentarse de sí mismo; es decir, de la masa acrítica que lo constituye. En ese punto la noria empieza de nuevo a girar… a no ser que decidamos romperla y para eso debemos recuperar la capacidad de pensamiento perdida en algún recodo del camino.



