Ángel Gómez Giraldo
En el almacén donde se puede comprar ropa con el dinero que llevamos en un solo bolsillo canta Demicky Jan una canción de melodía golpeada y titulada, “Piensas en mí”.
Esto mientras la voz fortachona del pregonero de buna pinta y de buen nombre, Yeison Federic Reina Cortés , invita al público a seguir al interior del establecimiento comercial.
Algunas personas atienden su llamado y el anunciante siente que la satisfacción lo pone contento.
También a pensar en sus dos hijos, un niño y una niña, angelitos de 2 y 3 años que se le entraron a la casa al menor descuido de los adultos de la familia.
Son las personas que lo esperan en el hogar al terminar su jornada de “hablantinoso”.
Llega el momento en que la música de Nicky Jam deja de sonar y un olor a mango verde y a papaya madura me lleva hasta la peatonal de la calle 22, tan solo una cuadra adelante con dirección a la Plaza de Bolívar.
Son las 3 de la tarde y hay una queja de depresión entre la gente y un anuncio de pesimismo de los artesanos que tienden sobre el piso sus tenderetes a la intemperie y de quienes administran sus puestos de mercancía. Asimismo los comerciantes de almacén.
Puerta que no hay
Ingreso por la puerta que no existe en esta calle peatonal del centro de la perla del otún y me encuentro con el abigarrado cuadro que hacen las frutas exhibidas en una modesta carreta de madera sin cepillar en la carpintería.
Su dueño es Aicardo Jaramillo con la raza antioqueña en sus ojos claros, hombre que tiene el secreto para que las frutas maduren en pocas horas pero que se niega a transmitir a otro porque nadie le ofrece dinero por ello.
“He 43 años que le pongo presencia a este puesto y vea usted sus resultados: no me deja morir del todo”.
Y de verdad que a pesar de que este hombre pasa por la llamada tercera edad se ve de buenos guesos.
Ah, y aunque se negó a revelarme el secreto para madurar las frutas en un mínimo de tiempo, sí me hizo saber que las que no vende se las come porque curan el mal genio y la artritis.
Avanzo unos cuantos pasos y me encuentro es con las de coser y bordar, las franjas y los botones, todo esto en el interior de los almacenes bien organizados donde se atiende diariamente a quienes se dedican a la confección de ropa femenina.
Observo desde afuera al personal de empleadas, con muy pocos hombres, y la expresión también es de depresión porque si la amenaza de aguacero vespertino se cumple, nadie compra una aguja de coser.
Sin embargo los girasoles amarillos de la floristería que sobrevive allí, le brindan mucha luz a la calle y le envían un mensaje positivo a todos los comercializadores del sector, tanto formales como informales.
“Pa qué si esta calle fue durante décadas atrás pasarela de travestis que salían de noche a la calle para ir a morir un rato a los sórdidos hoteles de camas sin cobija”.
El comentario perteneciente a la picaresca histórica de la ciudad, lo hizo a buen volumen de voz una anciana que caminaba cerca de mí ayudada por un bastón de palo.
Si nos atenemos al mensaje de los girasoles y lo que acaba de decir la anciana, se hace necesario que la calle embellezca más su paisaje y tenga mejor iluminación nocturna ya que está comprobado que donde hay suficiente luz los ladrornes y delincuentes no se amañan.
Hoy por hoy
No olvidar que al llegar la noche el centro de Pereira queda en manos de aquellos que son una peligrosa mezcla de drogadicción y delincuencia, fantasmas que con solo verlos el ciudadano corre el riesgo que se le desprenda el corazón.
Que la dirigencia, la clase política y los gobernantes digan algo y no coman entero ya que se pueden atragantar.
Salven por favor el corazón del centro comercial de la querendona, morena, ya no trasnochadora, puesto que no volvió a salir de noche a la calle por temor a ser atracada y hasta más.
Lo demás
Lo demás en esta calle no es lo de menos porque hay un arco iris para que no llueva más.
Se trata de Evolution café bar restaurante y peluquería para un negocio sin pelos en la lengua.
Casa antigua y solariega con huerto aún para conservación de los recuerdos de un pueblo que se desarrolló urbanísticamente y se hizo ciudad con un himno a la alegría.
Saliendo a la carrera 7a., una venta más de frutas y jugos que son buenos aunque no se sienta sed. Aquí mismo como un sabio griego que descansa recostado sobre la pared de la fachada de la antigua edificación de bahareque, una “ruma” de libros usados y cientos de sopa de letras para que las personas mayores hagan gimnasia mental y no se les pierda la cuchara para tomar la sopa a la hora del almuerzo.
Entre tantos liboros y cartillas al sol y al agua, asomado con cierta discreción, un volumen del escritor, cantante y compositor italiano Sergio Falatsi quien falleciera en Milán en el año de 2.014.
Antes de abandonar esta calle peonal pasó el joven poeta Dufay Bustmante sin ninguna expresión de depresión, por el contrario iba estrenando sonrisa y camisa azul, y me dio lo que portaba en la mano: un mini cuadernillo con poemas cortos de su propia inspiración titulado: El artífice.



