Charlar con un psicólogo aparte de necesario debería ser obligatorio, para los colombianos, como dirían por ahí ‘¡esto es mucho voltaje!’. Si en la actualidad la oleada de homicidios en Pereira y Dosquebradas tiene prendidas las alarmas, la imaginación se queda corta para pensar en lo que vivieron quienes vivían en Corocito y Villasantana hace 20 años, cuando tratar de visitar esos sectores de la ciudad era imposible por la presencia de pandillas que se disputaban el territorio.
Todavía mejor si el psicólogo nació en Corocito, conoce toda la historia, es deportista, entrenador y cuenta cómo a través del fútbol los niños empezaron a pacificarse y no engrosaron las filas de la violencia.
Rodrigo Buitrago Cárdenas es una institución en Pereira, le dicen el profe y tiene un discurso muy interesante sobre los seres humanos, la sociedad y el deporte que lo ha tenido durante 26 años en el trabajo del fútbol formativo como psicólogo deportivo, asistente y director técnico, también han sido muchos clubes: Deportivo Pereira, Selección Risaralda, Fantasías New York, Estudiantes del Otún, Envigado Pereira, la Cantera, La Florida, Fair Play Colombia, Audifarma Pereira, Foot Looker FC de Armenia y Cuba FC en el cual trabaja hace tres años. Buitrago también es el fundador del ‘Mundialito de fútbol callejero’ de Corocito.

En la cancha y en el diván
¿Qué fue primero, el deporte o la psicología? “Estoy vinculado al deporte desde niño, practiqué fútbol de salón desde los 11 años, hice toda mi carrera deportiva, todavía participo en la categoría Senior máster, pero cuando terminé la vida activa en el deporte, me enfoqué en la psicología, porque me puse a mirar a futuro y había muchos preparadores físicos, muchos técnicos y busqué otro campo de acción”.
¿Pero percibió la falta de un psicólogo cuando fue deportista? “Sí, porque adentro del mundo del deporte, resulta que en el contexto latinoamericano los mayores referentes son en su orden Brasil y Argentina, ¿pero cuál es su característica principal? Ellos desde muy temprana edad trabajan el tema mental, contrario a Colombia, en donde primero los ponemos a correr, les desarrollamos la parte motriz, las habilidades, los perfeccionamos y si acaso, después nos preocupamos de su salud mental, porque no se considera importante. De hecho, la mayoría de clubes no utilizan el servicio de psicología porque tenemos la concepción de que el jugador solo tiene que dar resultados y se va dejando de lado la parte de la confianza”.
Un proceso de toda la vida
Las intervenciones sociales profundas son las que arrojan resultados, pero eso requiere pasar parte en la comunidad y eso no fue mayor trabajo para el profe, porque el Corocito y la Villasantana de hace dos décadas, era al mismo tiempo su realidad. “No tengo amigos de mi edad, a todos los mataron”. Esas palabras captan poderosamente la atención de cualquiera que sea su interlocutor, sin restarle importancia a todo lo interesante que ya había contado.
“Corocito y Berlín fueron de los barrios más peligrosos de Pereira y empecé a ver que los niños, unos 200, se agredían constantemente y empezaron a matarse entre ellos. ¿Por qué tomé la decisión de empezar a ayudarlos desde el plano de la psicología deportiva? Porque me tocó mucho que una vez unos niños empezaron a pelear le cortaron la cabeza a uno de ellos y ahí en plena calle, como trofeo, se pusieron a jugar fútbol con esa cabeza”.
En ese momento surgió la idea del ‘Mundialito de fútbol callejero’, en evocación a la vecindad que se vivía en los barrios de la ciudad en las décadas de los años 60 y 70, cuando con dos ladrillos en cada portería y a los muchachos les daban las diez y once de la noche con toda tranquilidad.

Canalizar las energías
“Empezamos a reunirlos, los fuimos calmando, nos organizamos con árbitros, se jugaba por medallas y trofeos, así se fue canalizando la violencia de los que quedaron vivos y a la vez fomentábamos valores como el respeto, la convivencia, la tolerancia y todos se fueron arropando en eso”.
Para la década de los 90, el profe llegó al barrio Las Brisas, en donde los problemas, según él, eran peores, porque aparte de los cobros de ‘impuestos’ a tiendas y transporte público, encontró que eran aproximadamente 400 niños entre 10 y 14 años, los que hacían escuela en el sicariato. “Les pagaban 20, 30, 40 mil pesos por matar una persona y pues uno a los 11 años con esa plata y entrenamiento, no sale de ese mundo”. Los proyectos allá se hicieron con base en torneos de microfútbol infantil y juvenil en alianza con el señor Reinaldo Guarín, líder de la Comuna.
“Fuimos orientando, orientando y eso se volvió una cultura. Puedo decir abiertamente que ayudamos a extinguir las pandillas de Corocito y Berlín, ayudamos también a acabar con lo que llamaban ‘baby sicarios’, los niños tienen una vida un poco más tranquila.
¿Ha recibido amenazas por su trabajo? “No, porque uno tiene que ser astuto, es decir, cuando uno se enfrenta a este tipo de situaciones obviamente no lo amenazan, lo agreden, pero yo lo he hecho más bien desde el tema de la concientización. Han visto que el trabajo es serio, que hay respeto y todo el mundo se alinea en lo mismo, terminan apoyando y cuidando. ¿Cuál fue el problema en Villasantana? La agresividad de los niños al principio, uno estaba pitando un partido y empezaban a amenazarme, ‘sin me pita esta le doy bala’, imagínese un niño de 12, amenazándolo a uno, entonces todo tuvo que ser muy suave y con mucho diálogo”.

“Me gusta mucho trabajar en las partes vulnerables y en la parte rural. Mi mayor herramienta es transformar el pensamiento, así cambia la calidad de vida”.
Dato
El profe también es conocido como el padre del ‘Deporte social’ en Pereira.



