En Apía con la edición 100 de “El Cóndor”, un medio escrito local, se afianza el culto a la identidad porque hace parte del bien personar público.
Guillermo Gamba
El viento silba en el bosque, acaricia la floresta y silba su melodía, roza el suelo y en las piedras rumorea un destino; lo respiramos y fluye, habla con nuestra voz. Su ventisca refresca el poblado y zumba en la esquina como “Eolo”, el personaje mítico de Grecia. “Eolo el guardián de los vientos”, tanto para calmar la guerra como para provocarla.
El vocablo persona es nuestro signo del habla milenaria: per-ser, sona-sonar. Persona es el ser que suena. Tu sonido nos llama a ser buenas personas, malas voces excitadas incitan el desencuentro y la enemistad, pensadas y serenas son generativas del bien obrar. ¿Cómo quieres sonar vos? Decía mi abuelo. Me lo recordó entre el saber de un aguardiente un maestro ancestral cuando ejercí el magisterio a la edad de 16 años bajo las estrellas de Apía.
Los maestros de música, Carlos Echeverry García, Alirio Gómez, Rubo Marín y otros del siglo XX, enseñaban a sonar en grupo, con instrumentos de cuerda y aerófonos: tiples, guitarras, trompetas, trombones, tuba; personaban con semillas, timbales, golpeteos y el raspeo y frotado de la mano; imitación melódica que los humanos aprendimos de sonidos animales y la naturaleza. La música y el canto han sido la tecnología de nuestra identidad. Somos con la música, hemos de ser melódicos, armoniosos y a sonar bien para no estar mal, con voces y gestos personamos.
El ideal del desarrollo ha de generar una sociedad armónica y ritual. Nuestro personar es vida en común, porque uno no es solo, somos con los demás. Las palabras son del personar común, uno no puede personar solo, las interacciones humanas armonizan nuestros pensamientos para los acuerdos hacia la prosperidad y el bienestar como habitantes de la tierra donde el viento suena. La tierra con sus seres más diminutos nos llama. Personamos con mejor armonía cuando admiramos el sonido de grillos y pájaros, o nos reconocemos con los seres más diminutos que nutren el suelo para la agricultura y la floresta que embellece nuestro entorno.
El bienestar común es el resultado del ejercicio colectivo, personamos, acordamos, y realizamos. Es la unión de esfuerzos acumulados entre mujeres y hombres que aprendimos y confiamos en sí mismos y los demás. Personas que cuidan su propio cuerpo, su mente y su entorno del barrio y la vereda, calles y lugares de encuentro y ritualidad. Personas que valoran sus aprendizajes comunes y su cultura, con el apoyo de las instituciones.
Lo público debe administrarse transparentemente, porque la calidad y transparencia de su gestión refleja el esfuerzo y el personar que nos comunica para rescatar la credibilidad y confianza con el buen manejo de los recursos públicos. Somos las palabras que nos llenan, nos mueven y nos conmueven. En Apía con la edición 100 de “El Cóndor”, un medio escrito local, se afianza el culto a la identidad porque hace parte del bien personar público.
Cuando personamos en un ejercicio grupal para los acuerdos, aprendizajes y la ritualidad de la vida cultural del goce, la identidad, o celebrarnos, incluso hasta la muerte, ejercemos una orientación común que promueve, un concepto de vida en el cual, cada participante aprende y es responsable de su proyecto de vida. Cada persona crece y logra mayores capacidades y las ejercita para vivir con bienestar; lo hace como hombre o mujer que cambia de manera gradual, avanza, se detiene, madura y se perfecciona en conocimientos y atributos mentales, físicos, emocionales, productivos y sociales; poco a poco, año a año, e incluso, minuto a minuto, en espacios de vida plena y con libertad.
Cada persona para su crecimiento y avenencia, requiere educación, atención en salud, convivencia social, política y cultural, actividad física, servicios públicos y su trabajo. Es incapaz de lograrlo solo, necesita a su familia, sus amigos, vecinos y colaboradores. La misión de las instituciones es facilitar y prestar servicios para apoyarlos en sus anhelos, necesidades e intereses comunes, cumpliendo sus funciones con el marco de la constitución y las leyes.
El reconocimiento de pertenecer al “Paisaje Cultural Cafetero como patrimonio de la humanidad” significa un compromiso colectivo con su vida y su entorno, y con el mundo. Simboliza lealtad y reconocimiento con quienes en el pasado han habitado y hecho de este municipio un territorio distinguido y el compromiso de hacerlo mejor para los hijos y descendientes.
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