Libro sobre Marsella celebra bodas de plata

Este mes se cumplen 25 años de haberse publicado, en mayo del dos mil, la primera edición del libro “Historias y leyendas de pueblo”, de Jorge Emilio Sierra Montoya. Con tal motivo, Las Artes reproduce el prólogo que entonces escribió el maestro José Consuegra Higgins, rector-fundador de la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla.

Con su libro “Historias y leyendas de pueblo”, el escritor Jorge Emilio Sierra Montoya se une al gran Otto Morales Benítez para conformar el prestigioso dúo del occidente colombiano, que canta a su región para valorar las virtudes de un pueblo y la hermosura que la naturaleza le prodiga.

Estas historias son todas poesías, aunque sólo unas páginas están escritas en verso: ternura en el decir, azúcar del recuerdo, pero, sobre todo, limpieza en el estilo, bajo el rigor de la pureza idiomática.

Sierra Montoya cuenta el pasado, pero aclara versiones del acontecer. Y dice la verdad, como corresponde a la historia. Deja a un lado la leyenda disfrazada con tintes de ternura y despeja el camino al relato real y mundano.

La colonización

Es la historia de una región de Colombia y de una familia, pero también la de nuestros pueblos latinoamericanos. 

Porque aquí está el relato de costumbres ancestrales, de pasiones, de complejos racistas, de prejuicios sociales, de ambiciones dinerarias y de devoción por el oro, que se busca en El Dorado, a la manera de los conquistadores españoles.

Aunque, bien debe aclararse, la colonización paisa, que se adelantó en el Viejo Caldas, empuñó machetes no para descabezar indígenas sino guaduales y espesuras, en procura de espacios para los cafetales.

Y para convertir esa región montañosa, de fecundas tierras y aguas abundantes, en la productora del mejor café del mundo. 

En la nostalgia

El autor se deleita en los detalles pintorescos de los suyos de entonces. Entre ellos, la exagerada religiosidad que en veces fue causa de separaciones matrimoniales. Heredada, aunque no con la misma exigencia, por descendientes y paisanos.

El poeta se confiesa y hace saber que en Marsella, la ciudadela de su niñez, por todas partes, en cada una de sus estrechas calles y en la puerta de la escuela, vuelan los recuerdos, al igual que las cometas que elevaba por encima de los guaduales. Porque allá sigue viendo, en el espejismo de la nostalgia, al profesor Tomás Issa, empeñado en dar lecciones de decencia.

Sin embargo, confiesa también, Marsella no era ni es solamente el Jardín Botánico, ni la Escuela Normal, sino, por encima de todo, su gente. Los abuelos que cultivaron el espíritu de los colonizadores antioqueños, ancianos que madrugan para ir a la misa de cinco, sin temor al atraco, con sonrisas inocentes de aldeanos.

Hay valores, repite entusiasmado el hijo agradecido de Marsella, que sólo se descubren en la lejanía y ellos son las raíces y los lugares donde jugamos en la infancia: el patio del colegio y las calles y potreros donde se soltaba la pita a las cometas para que alcanzaran el cielo.

Noble misión

Las memorias del periodista Sierra Montoya instruyen y deleitan, Porque al autor lo respalda la autoridad de la vivencia. Las buenas historias, se ha dicho, son aquellas contadas por sus protagonistas o por los que heredaron el conocimiento de los hechos. Ya exclamaba Cicerón: “La historia es el testigo de los tiempos, la antorcha de la verdad, la vida de la memoria”.

Y qué misión más noble que rescatar del olvido los acontecimientos, sean estos buenos o malos. Porque en el primer caso se valora el hecho para que sirva de ejemplo, y en el segundo, como muestra de errores rechazables.

Sea la cuestión del triste relato de los dos amigos aprisionados por los efectos del licor. Su lectura obliga a recordar al personaje que lo pusieron a escoger entre muchos descarríos y conductas reprochables (violencia, dejadez, abusos, homicidios, etc.) y aceptó la bebida sin control. Después, borracho, cayó en las redes de todas las demás.

Así les sucedió a Luis Jiménez y Antonio Duque, los amigos y colegas en un oficio que les otorgaba categoría social en su pueblo. La borrachera de varios días los condujo al homicidio, el cual sembró discordias y dejó la huella del rencor en sus familias, con diversas reacciones y aconteceres que parecen extraídos de las páginas de una novela.

Brujas y entierros

Las brujas deambulaban en las noches oscuras de todos los pueblos de Colombia antes de la iluminación de las calles con los bombillos de la energía eléctrica, pero en la región caldense sirvieron de instrumento amedrentador, en los tiempos de la violencia política, y de escudo en el actuar de los personeros de los dogmatismos y los odios partidistas.

En cuanto a los entierros, las creencias eran semejantes a las de otras regiones colombianas. Siempre los campesinos ambiciosos esperando al difunto que los guiara al escondite del tesoro.

En Marsella se tumbaban casas y se perforaban calles en respuesta a la leyenda. Y no se titubeaba al afirmar que el aparecido había señalado, con el dedo anular de la mano derecha, el sitio del escondite añorado.

Bueno, todas las historias de Marsella y sus alrededores obligan al retorno de un ayer distinto con estas lecturas agradables, con las historias de Jorge Emilio Sierra Montoya. 

 

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